El crecimiento del poder en la democraciaPor Manuel Llamas El Estado contemporáneo actual se encuentra caracterizado por un indudable crecimiento y ampliación del poder político, puesto que la esfera de intervención pública se ha expandido de forma exponencial a poco que lo comparemos con las funciones encomendadas al Estado liberal moderno (laissez-faire) e, incluso, en relación con los regímenes monárquicos de aspiración absolutista propios del sistema del Antiguo Régimen. Ahora bien, ¿cómo se concibe y aplica ese poder en el seno de un modelo democrático? Crecimiento del poder A propósito de la historia y evolución del poder, Bertrand de Jouvenel señaló ya hacia 1945 que la instauración de la democracia moderna incrementó de modo exponencial los dos recursos y símbolos centrales del poder en el Estado-nación: los recursos militares y los fiscales. Es decir, se había producido una simultánea generalización e intensificación de dos políticas interventoras relevantes, las referidas al reclutamiento forzoso y obligatorio de soldados y las imposiciones tributarias, resultando ambas de una particular relación causalmente asociada. La lógica de tal dinámica sigue el trazo de una línea evolutiva y secuencial clara y consecuente:
Intervención estatal Jouvenel nos advierte también acerca de los peligros de tal intervención estatal, pues el Estado no crece sólo como respuesta desinteresada a las demandas de la sociedad, sino también como respuesta natural a la dinámica de unas burocracias dispuestas siempre a extender su particular ámbito de competencias. Además, la administración, por el hecho de no estar sometida a la implacable vigilancia del mercado, se vuelve lenta, poco ágil, ineficiente y, por tanto, excesivamente costosa. Además, si se acepta el axioma apriorístico consistente en que el ser humano es egoísta por naturaleza, no habrá dificultad en reconocer entonces como un hecho autoevidente que los políticos utilizarán instintivamente el poder en beneficio propio. De este modo, el ejercicio del poder, que es la cuestión central de toda relación política, tan sólo se convierte en un reflejo más de la naturaleza humana individual, imprimiendo así lo privado su particular sello en lo público. Reducción de la libertad Finalmente, a fin de constatar de modo fehaciente la hegemonía y preeminencia del poder político estatal, tan sólo se precisa centrar nuestra atención sobre el retroceso que el pleno ejercicio de los derechos individuales ha experimentado en el último siglo. Con el fin de demostrar fehacientemente este hecho, tan sólo hemos de centrar nuestra atención en el evidente cambio interpretativo del que ha sido objeto el concepto de libertad clásica, en tanto libertad negativa, pues frente a los derechos naturales de vida, libertad y propiedad, se contraponen ahora los recursos estatales referidos a la enorme capacidad de guerra, legislación y fiscalidad, cuyo desarrollo y preeminencia trae como consecuencia lógica la limitación y reducción de los primeros.
El crecimiento del Estado Finalmente, cabe señalar también el particular fenómeno en torno a la crisis del Estado-nación como consecuencia de la progresiva cesión de competencias en favor de la conformación y configuración de superestructuras estatales. En este sentido, tal proceso parece indicar que el único medio de asegurar la existencia humana sobre la base de la hegemonía estatal consiste en formar un solo Estado que llegue a abarcar toda la superficie de la tierra: un "Estado mundial". A este respecto, existen a juicio de algunos autores, dos hipótesis contradictorias sobre los efectos de tal traspaso ascendente de poderes (regímenes internacionales o supranacionales):
Ahora bien, la creación de una superestructura de tal tamaño y entidad no puede hacer otra cosa que continuar el progresivo e imparable avance a favor de la concentración de poder, de modo que creo lícito postular dos efectos plausibles propios de tal dinámica: en primer lugar, una mayor autonomía, autoridad y potestad por parte de la elite política supraestatal gobernante (véase la UE), puesto que es de suponer que de no ser así no adoptaría tales medidas; pero, por otro, y de modo paralelo, una tendencia contraria en el sentido de transferencia hacia abajo. Una reacción opuesta que surge con el objetivo de profundizar un paulatino proceso de descentralización política y administrativa, presente ya en la actualidad.
Es evidente que, en función de cuál sea el movimiento que salga victorioso de esta pugna política contrapuesta, ello acabará por determinar una nueva dinámica que transformará de modo sustancial las bases, prácticas y fundamentación del sistema político vigente a lo largo del siglo XXI. |
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