liberalismo.org

Todo un hombre de Estado: Julio 2005

31 de Julio de 2005

¿Qué ocurriría si no hubiera Estado? No, ¿qué ocurre cuando hay Estado?

Los detractores de la desaparición del Estado, de la coacción sistematizada, frecuentemente arguyen que las mafias se apoderarían de los individuos; los más pobres serían extorsionados y amenazados al no haber ningún tipo de seguridad universal.

Nunca he entendido que a los defensores del Estado basen parte de su argumentación en generalizar la extorsión y la amenaza. ¿Es qué el Estado no obliga a pagar una cuota por sus servicios bajo la amenaza de ir a prisión?

Sin embargo, este argumento es excesivamente simplificador. Ni el anarcocapitalismo implica la proliferación de las mafias, ni el estatalismo su completa ausencia. Si bien es fácil construir una imagen pueril de una sociedad libre, los defensores del Estado deberían explicar cómo su esquema de jurisdicción jerarquizada favorece que las mafias desaparezcan. Si la existencia de mafias es un argumento tan poderoso que desmerece el anarcocapitalismo, quizá algunos deberían empezar a criticar el estatalismo por cosas como ésta.

24 camiones han sido quemados en Valencia presumiblemente por una mafia que pretendía percibir una contraprestación por no hacerlo. La ineficiencia del sistema de protección estatal es tan grande que no ha sido capaz de evitarlo. Nadie niega que sin Estado estos hechos podrían acaecer, sin embargo habría una diferencia fundamental. Las empresas que no pudieran prevenir el crimen se quedarían sin clientes; el Estado no puede verse despojado de impuestos precisamente porque los obtiene al estilo mafioso.

La existencia de delincuentes y mafias es consustancial a la sociedad. El anarcocapitalismo no supone que el ser humano es bueno por naturaleza, sino que la mejor manera de garantizar la seguridad es no otorgarle el monopolio a su principal violador. El resultado del estatalismo ha sido la institucionalización de la violencia y su coexistencia con la de las mafias. Precisamente, donde mejor pueden prosperar las mafias es allí donde la seguridad se proporciona de una manera más ineficiente (seguridad socialista). Si apreciamos la seguridad, privaticémosla, sólo así podremos garantizarla.

Actualización: Como ejemplo adicional de mafias que operan bajo el paraguas del Estado, podéis visitar la última anotación de Toni. Otra muestra de que para garantizar la seguridad hay que privatizarla.

30 de Julio de 2005

Igualdad y Libertad, por Erik von Kuehnelt-Leddihn

Después de traducir el capítulo IV y el I, paso a traducir el segundo de The Leftist Mind, primer libro Leftism Revisited de Erik von Kuehnelt-Leddihn. Como siempre, aun discrepando en varios puntos, su lectura es altamente interesante y recomendable.



Igualidad y Libertad


Los legisladores y los revolucionarios
Que prometen igualdad y libertad
al mismo tiempo son o bien
unos psicópatas o unos charlatanes.

Goethe



Varios clichés en relación con la igualdad deben ser comentados nada más empezar. Uno es el popular cliché que dice que todos los hombres son iguales, no físicamente o intelectualmente, sino "a los ojos de Dios". Esto, por supuesto, en ningún caso es así. Más bien al contrario, en las Sagradas Escrituras podemos ver que Cristo amaba más a unos discípulos que a otros. Ni tampoco ninguna religión cristiana mantiene que la gracia se les da en una misma cuantía a todos los hombres. La doctrina católica, más optimista que el luteranismo o el calvinismo, enseña que a todo el mundo se le da la suficiente gracia para ser capaz de salvarse. Los reformistas, al ser deterministas, ni siquiera garantizaron ese mínimo. El Marqués de Sade, San Juan Vianney o el Pastor von Bodelschwingh no eran, claro está, "iguales a los ojos de Dios". De otra manera, el cristianismo no tendría sentido; los pecadores serían iguales a los santos; el mal sería lo mismo que el bien.

Es interesante, sin embargo, observar la influencia que el pensamiento secular democrático ha tenido sobre los teólogos. Aunque la libertad es mencionada en muchas ocasiones en las Sagradas Escrituras, la igualdad no aparece ni una sola vez. Aun así, demasiados pensadores religiosos tratan de superar la laguna entre religión (su fe cristiana) y sus nociones políticas. De esta manera, se refieren a una igualdad adverbial, inconscientes de que están gastando una broma pesada. Empiezan diciendo que todos los hombres tienen almas de igual manera, que están llamados a la salvación de sus almas de igual manera, que han sido creados a la imagen de Dios de igual manera, etc. Pero dos personas que tienen narices o cuentas bancarias de igual manera no tienen narices iguales y cuentas bancarias iguales.

Mientras que nuestras diferencias físicas e intelectuales -nuestras inferioridades y superioridades- pueden ser bastante obvias, nuestro estatus espiritual es mucho más difícil de determinar. Dado que no sabemos quién entre nosotros está más cerca de Dios, deberíamos tratar al prójimo como igual. Esto, no obstante, es meramente procedimental. Actuamos de manera similar al cartero que lleve dos cartas lacradas sin discriminarlas, una con un contenido trivial y la otra portadora de una gran alegría, inconsciente de que hay en el interior. La comparación es sin lugar a dudas bastante imperfecta, porque todos los seres humanos, al tener el mismo Padre, son, por tanto, hermanos -incluso si lo somos con distintos niveles espirituales y con distintas funciones en la sociedad humana. (Socialmente, una persona puede ser más importante que otra; pero dado que todo el mundo es único, todo el mundo es indispensable. Afirmar lo contrario es nihilismo democrático).

Otro cliché sentencia que somos iguales ante la ley. En ocasiones, esta igualdad constituye un recurso administrativo para ahorrarse dinero y la dificultad de hacer largas investigaciones. En otras palabras, la igualdad ante la ley puede ser práctica. Pero ciertas cuestiones se imponen: ¿es deseable? ¿es justa? ¿deberíamos defenderla?

Un niño de cuatro años que haya cometido un asesinato debería ser, obviamente, tratado de manera distinta a un adolescente de 17 o a un adulto de 30. Los igualistaristas estarían de acuerdo con esto, pero rápidamente añadirían que todos los hombres y mujeres de 30 años deberían ser castigados de idéntica manera. Sin embargo, muchos tribunales tienen en cuenta las circunstancias. Santo Tomás insistía en que robar en una situación de emergencia real -un mendigo desesperado roba un trozo de pan para alimentar a su familia- no es pecado. Y en Austria, la ley en tales circunstancias invocaría la unwiderstehlicher Zwang (urgencia irresistible) y el criminal obtendría una sentencia suspendida o sería liberado. Y, de nuevo, cuando los alemanes se estaban congelando en el invierno de 45-46, el Cardenal Frings de Colonia dijo a los creyentes que, dadas las ciscunstaqncias, robar carbón no era pecado, no era crimen a los ojos de Dios (De ahí la locución Kohle fringsen, a carbón fringsize).

En otros casos, la diferencia entre sexos pone trabas en la igualdad ante la ley. Las mujeres, por ejemplo, pueden decidir tener hijos y, por lo tanto, conseguir permiso por maternidad con paga, los hombre no pueden. Cuando el bikini topless apareció en la Alemania de 1964 un periódico denunciaba a la policía de manera humorística la violación de la altísima ley básica del país, democrática e igualitarista, que prohibía toda discriminación entre sexos - ¿por qué debían las mujeres ser obligadas a cubrirse la parte de arriba de sus cuerpos y los hombres no? ¿Pero no había discriminado Dios entre los sexos? La igualidad ante la ley puede ser tremendamente injusta: atención a la protesta, Summum ius, summa iniuria ("La ley más estricta puede ser la mauor de las injusticias). Es más, la justicia está mucho mejor descrita por el principio de Ulpiano anteriormente citado -Suum cuique, a cada uno lo suyo.

Un tercer cliché que se invoca a menudo por mucha gente es el de la igualdad de oportunidades. En el sentido estrecho del término, nunca puede conseguirse, y nunca debería intentar conseguirse. Al contratar a un trabajador debemos distinguir entre trabajadores habilidosos y torpes, los esforzados y los vagos, los lerdos y los inteligentes, etc. Por desgracia, la tendencia de muchos sindicatos es la de protestar contra tales discriminaciones e insistir en pedir salarios iguales y seguridad laboral. Sería mucho más sabio pedir la abolición de la discriminación injusta, aquella que no se fundamente en ningún hecho reseñable. Algunos sindicatos tienen el lamentable record de discriminación racial, como los de la República de Sudáfrica donde el hombre común tendía a ser racista mientras que los hombres de negocios solían dar poca importancia al color.

La discriminación justa, o la preferencia basada en el mérito, está conscientemente excluida de un proceso santificado que tiene gran influencia en nuestra sociedad -las elecciones políticas. Tanto si se trata de una genuina elección democrática en Occidente o de una comedia plebiscitaria en el Este, el principio de "un hombre un voto" es un lugar común hoy en día. El conocimiento del votante, la experiencia, el mérito, el sexo, la riqueza, su jerarquía militar, su influencia en la comunidad…-nada cuenta excepto el principio vegetal de la edad: tiene que tener 18, 21 o 24 años. La prostituta semianalfabeta de 21 años y el profesor de ciencias políticas de 65 años que perdió un brazo en la guerra, tiene una gran familia, paga una considerable porción de los impuestos, y ha estudiado los problemas políticos de las votaciones, son políticamente iguales como ciudadanos. Incluso comparándolo con un estudiante del gobierno de 19 años, nuestro prostituta tiene una mayor consideración como votante. No es sorprendente, por tanto, que en muchas naciones emergentes -y en muchas otras- la alfabetización no sea un requisito para votar. El igualitarismo de los votantes ha engendrado psíquicamente otras nociones de igualitarismo y ha sido criticado en muchas ocasiones por el Papa Pío XII. Y no sólo por él.

Pero volviendo a la igualdad de oportunidades: en cierto sentido, ni siquiera una tiranía totalitaria puede realizarla ya que ningún país puede decretar que un niño recién nacido, tenga los mismos padres. Podrán ser iguales a otros padres en lo relativo a la riqueza, pero, ¿tendrán las mismas habilidades pedagógicas? ¿le otorgarán la misma herencia? ¿Le darán la misma nutrición que otros padres? ¿La misma educación?

La petición de una educación igual e idéntica ha emergido una y otra vez en todas las democracias, totalitarias o no; de acuerdo con ello, la variedad en las escuelas es profundamente antidemocrático. Para conseguir sus fines, los igualitaristas se han visto forzados a defender no solamente la escolarización intensiva, y el internamiento en las escuelas de manera que puedan contrarrestar el hecho de que muchos padres son diferentes (cada matrimonio ofrece otra "constelación"). Los niños, argumentan, deben ser sacados de sus hogares y educados colectivamente 24 horas al día. (En la Unión Soviética un plan -apoyado por el "liberal Khushchev, carnicero de Ucrania y Hungría- dictó que el 90% de todos los niños por encima de 6 años debían estar internados por 1980. Cómo está idea hubiera afectado la baja tasa de natalidad es otra cuestión). Pero incluso estas medidas nunca conseguirían una completa igualdad de oportunidades a menos que los atributos así como la capacidad y la habilidad fueran ignorados. Si esto ocurriera, padeceríamos una decadencia general a todos los niveles.

Tenemos también el problema de la desigualdad racional y/o intelectual. Dios ha dotado a las diversas naciones con distintas cualidades y defectos. Los japoneses tienen relativamente poca vista, los Bambutis (los enanos africanos) tienen piernas cortas, los Watussis piernas muy largas, los esquimales raramente sufren de infartos, los meditarréneos tienen un sistema nervioso que reacciona más rápido que el de los norteños. Y, en tanto el cerebro es parte del cuerpo, los IQs difieren por todo el mundo. Para una persona religiosa preocupada especialmente con la eternidad, esto no supone ningún problema; para una persona pagana, representa un problema vital. Negar estas diferencias es acientífico y demuestra un infantilismo ideológicamente condicionado.

Pero como Friedrich August von Hayek señaló, una cierta igualdad en el trato es necesaria en una sociedad libre. Sólo al tratar a la gente igual uno puedo descubrir quién es superior a quién. Un mismo grupo tiene que realizar las mismas pruebas para clasificar a sus miembros; los caballos en una carrera tienen que empezar desde la misma línea. Por tratar a la gente de igual manera (volvemos al adverbio), no los convertimos en iguales, ya que en una sociedad libre y abierta los mejor cualificados avanzarán más rápido ("Honrad a quién merece ser honrado").

No puede haber ninguna duda de que, desde el punto de vista del bien común, la sociedad abierta es mejor, ya que los talentosos tienen una mayor oportunidad de desarrollarse que en sociedades dividades en castas o estamentos. Pero sería un gran error pensar que la ausencia de desventajas estructurales incrementa la felicidad personal. Los dotados burgueses que fracasaban en la Francia prerrevolucionaria tuvieron el consuelo de culpar al malvado sistema por su incapacidad de llegar a lo más alto. Aquel que fracase en una sociedad libre debe o bien culparse a sí mismo (lo que provoca la melancolía de los afligidos por complejos de inferioridad) o arremete contra conspiraciones imaginarias emprendidas por personas ruines o por enemigos pérfidos. Así, psicológicamente su posición ha empeorado en mucho. Una sociedad móvil puede contribuir a alcanzar grandes logros pero, por la naturaleza de las cosas, incluso a más frustraciones. Las perturbaciones psicológicas -crisis nerviosas o suicidios- pueden incrementarse en una sociedad móvil (así como en aquellas que han perdido las convicciones religiosas). Todo ello, sin embargo, no elimina la superioridad intrínseca de una sociedad abierta sobre una cerrada.

El igualitarismo, tal y como hemos indicado, no puede progresar sin el uso de la fuerza: la perfecta igualdad es sólo posible en la total esclavitud. Dado que la naturaleza (y naturalidad implica libertad de restricciones artificiales) no está predispuesta en contra de grandes desigualdades, la igualdad tiene que imponerse por la fuerza. Imaginad una clase medio de estudiantes en un internado con su variedad de talentos, intereses e inclinaciones por el trabajo esforzado. Un buen día, el principio dictatorial establece que todos los estudiantes saquen una B en una determinada asignatura. Los estudiantes C, D o E serían compelidos a trabajar más duramente, hasta el punto de que muchos se colapsarían. Por otro lado, los estudiantes A tendrían que ser contenidos -mediante drogas o encerrándolos con ejemplares de Playboy o The New Masses, o simplemente golpeándoles en la cabeza. En resumen, la fuerza debería ser usada, tanto como Procrusto la empleaba. Pero el uso de la fuerza limita y en muchos casos destruye la libertad.

Un paisaje libre tiene montañas y valles. Para hacer el paisaje "igualitario" habría que destruir los picos de las montañas y rellenar los valles con los escombros. Para mantenerse nivelado, un seto tiene que ser recortado con regularidad. Para igualar la riqueza (de la manera en que lo hacen muchos países progresistas en ambos lados del Telón de Acero) el gobierno tiene que ordenar iguales salarios o acabar con el exceso a base de impuestos -en la medida en que los que reciban un salario por encima de la media deberían rechazar el realizar trabajo adicional. Dado que los trabajadores esforzados son gente dotada con resistencia e ideas, el que rechazaran trabajar iría en contra del bien común.

En otras palabras, un antagonismo real, una incompatibilidad, una mutua exclusión existe entre libertad e igualdad por la fuerza. La situación es curiosa dado que en la menta popular estos dos conceptos están estrechamente ligados. ¿Se debe ello a que la Revolución Francesa eligió como slogan "Libertad, Igualdad y Fraternidad" o a otra razón?

Ninguna me viene a la cabeza excepto el nexo mencionado más arriba. Si A es superior a B -más poderoso, más hermoso, más inteligente, más influyente, más rico- entonces B se sentirá inferior, intranquilo, probablemente temeroso de A. Y, como hemos visto, la desigualdad engendra miedo -y envidia, aunque pocas veces se diga. El miedo y la envidia son hermanos gemelos, o quizá trillizos con el odio para más inri.

Sin embargo, cuando uno se fija, la igualdad y la libertad son mutuamente hostiles. Dado que la igualdad es un elemento motriz de la democracia y la libertad se encuentra en la base del auténtico liberalismo, los conceptos son mutuamente excluyentes.

Es necesario señalar algo acerca de la igualdad en EEUU. Como es bien sabido, aquello de lo que presume la gente es lo que usualmente carece. Los hambrientos hablan de comida, los pobres de dinero, los gordos de la delgadez, los enfermos de salud, etc. Esto es cierto por igual en todas las naciones. Uno escucha hablar de la lealtad de los alemanes, del corazón de oro de los vienneses, de las tendencias colectivistas de los rusos, de la frivolidad de los franceses, del individualismo de los Reformistas, de la obediencia de los católicos -todos ello son mitos.

Así también el deseo de igualdad en los EEUU. Los americanos sólo "siguiendo el programa" son igualitarios, y esto da lugar a una actitud esquizofrénica hacia la vida. Se les ha dicho que tienen que admirar la democracia, una ideología importada desde Francia, ellos piensan (al ser gente seria) que tienen que "vivir al máximo". Pero por naturaleza, ellos no son nada igualitarios; al contrario, están muy interesados e la cualidad y en los rendimientos individuales, tal y como se evidencia en su vida profesional que es (según los estándares europeos) brutalmente elitista. Si tú no lo haces bien, fracasas, y si el fracaso es la pesadilla de todo americano; no desean ser igual, sino triunfar, ser excelentes. Una continua prueba de comparación se lleva a cabo en los EEUU.

"Un hombre es tan bueno como otro" se dice con poca sinceridad, pero sin creerlo -menos mal. ¿Podría alguien en su sano juicio imaginar una sociedad competitiva e igualitaria? Los tres campos más importantes de la vida americana son los negocios, el deporta y la política, y en todos ellos la medida, que expresa la cantidad y la cualidad, tiene un lugar prominente. La histeria igualitarista que actualmente está arrasando los EEUU, que invade su vida a través de innumerables y en ocasiones ridículas leyes y regulaciones, es altamente antiliberal y por entero una importación antiamericana. William Dean Howells en su "Impressions and Experiencies" (1896) dijo una simple verdad: "La desigualdad es tan apreciada por el corazón americana como la libertad en sí misma".

28 de Julio de 2005

¿Por qué seguimos desempleados?

Ésta es la pregunta que debiera formularse todo keynesiano alemán. El paro vuelve a subir en Alemania hasta el 11.5%; una cifra descabellada. Constraste este continuo crecimiento del paro con el incumplimiento, por quinto año consecutivo, del Pacto de Estabilidad. ¿Es que acaso cinco años de política fiscal expansiva no deberías haber servido para reducir el paro?

La lógica keynesiana es demasiado simplista (que no simple): las crisis representan una insuficiente demanda agregada que, por tanto, el gobierno tiene que contrarrestar. El impulso gubernamental de la demanda agregada incrementará el empleo lo que, a su vez, incrementará aún más la demanda agregada gracias a las rentas salariales. El problema es que en Alemania se ha seguido el camino opuesto: cuanto más se ha gastado, más ha aumentado el paro.

La realidad del ciclo económico es más bien la contraria. No hay una insuficiencia de demanda, sino más bien un exceso de demanda. Este hecho, que puede parecer contraintuitivo, se comprenderá mejor si recordamos las causas del ciclo económico.

Olvidémonos por un momento de la estructura de capital en cuanto a bienes duraderos (que puede complicar innecesariamente la comprensión) y centrémonos en los métodos de producción indirectos. El método de producción indirecto requiere tiempo, no nos centramos en obtener directamente el producto deseado, sino primero pasamos por otros estadios más alejados. Por ejemplo, un método de producción directo es la recolecta de frutas, un método de producción indirecto la agricultura (pues requiere arar el campo, sembrar, regar y cosechar). Los métodos de producción indirectos hábilmente seleccionados son más productivos que los directos. Por ejemplo, la agricultura proporciona una mayor cantidad de frutos que la rudimentaria recogida de frutos silvestres.

Sin embargo, desde el momento en el que aramos el campo hasta que recogemos los frutos transcurre un tiempo durante el cual tendremos que alimentarnos de alguna manera; es decir, para poder emprender un método de producción indirecto necesitamos "ahorrar", atesorar un "fondo de subsistencia" que sostenga los factores productivos desde el inicio de la inversión hasta su maduración.

Como ya digo, cuanto más largo sea el método de producción indirecto, más productivo será. Sin embargo, la longitud de ese método de producción viene limitado por la cuantía del fondo de subsistencia. En las sociedades capitalistas, esto se regula a través del interés: un elevado interés expresa que la gente no está dispuesta a esperar mucho tiempo para consumir (bajo fondo de subsistencia, esto es, pocos ahorros: alta preferencia temporal), un interés bajo, en cambio, da muestras de que la gente no tiene prisas por consumir el fruto de sus inversiones, de manera que se dispondrá de un fondo de subsistencia grande.

Como ya vimos ayer, el ciclo económico comienza cuando el Estado amplía, a través del Banco Central, la cuantía de ese fondo de subsistencia en términos nominales (con billetes), pero no en términos reales. Los empresarios, por tanto, emprenderán métodos de producción indirectos de mayor duración que, sin embargo, no serán "sustentados" (o más correctamente, financiados) por el fondo de subsistencia real.

Cuando el fondo de subsistencia se haya consumido, los métodos de producción indirectos aún no habrán madurado (en realidad esto es una simplificación, ya que la crisis se desata antes de agotar el fondo de subsistencia, de manera que unos negocios quiebran para que otros, más urgentes, puedan terminar su producción, pero el ejemplo nos sirve), de manera que la gente tendrá que producir directamente y paralizar losmétodos de producción indirectos hasta que otro fondo de subsistencia se haya acumulado.

En otras palabras, la crisis deviene porque la gente quería consumir demasiado y demasiado pronto. Si su preferencia temporal hubiera sido menor, el hecho de que los métodos de producción indirectos maduraran más tarde no hubiera importado. Es, precisamente, porque la urgencia de consumir es tán elevada que la crisis aparece.

¿Cuál es la causa del paro durante las crisis? La respuesta es clara. Hemos dicho que una vez agotado el fondo de subsistencia los trabajadores tendrán que adoptar métodos de producción directos. Esto se traduce, en la práctica (dado que el fondo, como hemos dicho, no llega a agostarse gracias a que el tipo de interés aumenta antes que ello ocurra), en que los trabajadores que se dedicaban a producir en las empresas más alejadas del consumo, tengan que ser recolocados en las empresas más próximas al mismo. Sin embargo, esto tendrá que hacerse a un menor salario que el que recibían durante la expansión económica. Las rigideces del mercado de trabajo son, en este caso, claramente nocivas, en tanto impiden la recolocación de trabajadores que terminaría con la crisis.

En este sentido, los trabajadores son despedidos, pero no recolocados; la crisis permanece. Esto es especialmente cierto si el gobierno emprende proyectos de gasto público, siempre innecesarios y torpes, (Keynes llegó a proponer el paradigma de cavar agujeros y volver a taparlos) que tienen ocupados a trabajadores que se necesitan en otra parte (y que reciben rentas monetarias del fondo de subsistencia que va recreándose para terminar los métodos de producción indirectos).

En resumen, la bancarrota de las ideas keynesianas y día a día visible. Los políticos aún no han aprendido la lección, es más, no queda claro que quieran aprenderla. Les resulta mucho más simple aparecer como los salvadores de la humanidad y no como los causantes de todas las desgracias. Pero sus mentiras no modifican la realidad.
Uría, cuéntalo todo

Hace prácticamente un año, el profesor Álvarez-Uría publicó en El País un artículo sobre Hayek que ya fue objeto de sorna por Carlos Rodríguez Braun y por José Carlos Rodríguez. Un año después vuelve a la carga y, aparentemente, sin haber ampliado sus conocimientos sobre el economista austriaco.

Primero dice que: Friedrich Hayek, publicaba el programa electoral del Partido Conservador: Camino de servidumbre. El libro se convirtió entonces, hasta la actualidad, en la vulgata del individualismo egoísta, en el manifiesto por excelencia del neoliberalismo.

Primero, Camino de Servidumbre fue publicado en 1944, repito PUBLICADO. En realidad, Hayek empezó a escribirlo cuatro años antes, en ese sentido, díficilmente podía tener encomendada la labor de iniciar la redacción de un programa electoral con cinco años de antelación.

Los motivos de Hayek para escribir el libro eran claros. Gran Bretaña estaba combatiendo con el totalitarismo nacional-socialista pero, al mismo tiempo, estaba adoptando sus peores rasgos. Hayek temía que la excusa de la guerra sirviera a los políticos para extender el control sobre la sociedad; temía, en definitiva, que pasara algo similar a lo que relataba Virgilio: Aunque Roma conquistó militarmente Grecia, fue Grecia la que la conquistó culturalmente.

Así, por ejemplo, como relata Uría sin relacionarlo en absoluto: El 10 de junio de 1941, Arthur Greenwood anunció en el Parlamento la creación de una comisión para supervisar los seguros sociales, el Comité Interdepartamental para la Seguridad Social y Servicios Aliados, o también: El 24 de marzo, en el lunch que ambos compartieron en el Athenaeum and Gargoyle Club, J. M. Keynes mostró su entusiasmo por el planteamiento general de la reforma social emprendida, que consideraba acorde con sus propias propuestas económicas formuladas en la Teoría general.

Inglaterra quería matener el poder estatal de la guerra durante la paz. Como los laboristas sentenciaron en la camapaña electoral del 45: "Si hemos ganado la guerra planificando, también ganaremos la paz planificando". Las tendencias keynesiano que se trazaba para la posguerra no le parecían a Hayek el mejor camino para recuperar la libertad.

No sólo eso, aparte de empezar a escribirse cinco años antes de la campaña electoral con unos motivos bien claros y conocidos, es difícil que Hayek colaborara estrechamente con el Partido Conservador, pues incluso en 1945 (tras la publicación de Camino de Servidumbre) Churchill ni lo conocía ni creía del todo en su tesis. Cuenta Hayek que en la única cena que tuvo con Churchill: "Podía verle bebiendo brandy en grandes cantidades; en ese momento me presentaron, él [Churchill] a penas podía hablar y sólo consiguió identificarme con el autor de Camino de Servidumbre. Estaba completamente borracho. Sólo dijo una frase: Tienes razón en todo, pero lo que describes nunca sucederá en Inglaterra"

Pero pasemos a las siguientes afirmaciones de Uría: El libro se convirtió entonces, hasta la actualidad, en la vulgata del individualismo egoísta, en el manifiesto por excelencia del neoliberalismo.

Hayek nunca ha abogado por el individualismo egoísta, señalar esto implica no haber leído nada de Hayek. Es más, en "Individualismo: el Falso y el Verdadero", Hayek distingue claramente entre egoísmo y "amor propio" (self-interest). Dice Hayek: Como se cree que el individualismo aprueba y estimula el egoísmo humano, esto hace que mucha gente no lo acepte y debido a que esta confusión es provocada por una verdadera dificultad intelectual, debemos examinar cuidadosamente el significado de tales presunciones. Por supuesto, no puede haber duda de que en el lenguaje de los grandes pensadores del siglo XVIII el "amor a sí mismo" del hombre, o incluso sus "intereses egoístas", representaba algo así como el "motor universal".

Y así: Estos términos no significaban egoísmo en el sentido restringido de preocupación exclusiva por las necesidades inmediatas de uno mismo. El "ego" por el que supuestamente las personas debían preocuparse claramente incluía a la familia y a los amigos. Ninguna diferencia significaba respecto del argumento habría si se hubiera hecho extensivo a todo aquello por lo cual la gente de hecho se preocupa.

Pero además, la defensa hayekiana del self-interest se basa en su teoría de la información dispersa, según la cual la información que cada persona dispone del resto de seres humanos es tremendamente limitada y, por ello mismo, cada persona ha de preocuparse del campo de acción que quede bajo su control y conocimiento. En otras palabras, Hayek NUNCA criticó que los seres humanos se involucraran en ayudar a otras personas (por ejemplo, a través de ONGs o distintos tipos de asistencia), sino que esa ayuda fuera ciega y apartada de la realidad. Por ejemplo, el político que, afirmando ser solidario, quita dinero a una gente que NO conoce y se lo da a otra que TAMPOCO conoce (y todo ello bajo la presunción de ser más sabio y tener más información sobre sus particulares vidas que ambos grupos de personas).

Además de llamarlo "vulgata del individualismo egoísta", Uría también lo califica de "manifiesto por excelencia del neoliberalismo". Menos lobos. Camino de Servidumbre no es ningún manifiesto (como pueda serlo For a New Liberty: The Libertarian Manifesto de Rothbard), sino un análisis de la repercusión de la expansión del poder político sobre la libertad. Una crítica a la falsa distinción entre libertad política y económica, creyendo que la limitación de ésta puede mantenerse separada de la limitación de aquélla; pero Hayek no sistematiza las virtudes del liberalismo en él (como pueda hacer en "Los fundamentos de la libertad").

Por tanto, difícilmente puede considerarse el manifiesto neoliberal por excelencia; acaso Uría no conozca ningún otro libro liberal y dé tal calificativo al único que haya leído MUY por encima.

Pero lo mejor del artículo de Uría son las dos siguientes frases: En una carta de Keynes a Hayek (28 de junio de 1944) le escribía: "Una planificación moderada se mantendrá si aquellos encargados de desarrollarla mantienen su mente y sus corazones correctamente orientados en función de su propia posición moral. De lo que yo te acuso es de que muy posiblemente confundes un poco la moral con los negocios".

¡Lástima que Uría se haya olvidado de las primeras palabras de esa carta! Vamos a ver qué más decía el admiradísimo Keynes sobre el tan denostado libro de Hayek: "En mi opinión es un gran libro... Moral y filosóficamente estoy de acuerdo con prácticamente todo el libro; y no se trata de un simple acuerdo, sino en un acuerdo profundo y emotivo"

Aunque es probable que Keynes no entendiera bien el significado del libro o que, en su faceta de encantador de serpientes y de amigo de Hayek, quisiera dar una de cal y otra de arena, la cita de Uría es del todo desleal, pues se trata, en realidad, de una apostilla a este comentario principal.

Pero hay más. Uría critica enérgicamente la posición individualista y egoísta de Hayek. Pues bien, lástima que también se haya olvidado de las palabras de Keynes que inmediatamente anteceden a la cita que destaca: Debo, por tanto, concluir tu tesis de manera distinta. Yo diría que lo que queremos no es ausencia de planificación, o incluso menos planificación, de hecho diría que lo que ciertamente queremos es más planificación. Pero la planificación debería tener lugar en una comunidad en la que la mayor parte de la sociedad, tanto líderes como súbditos, compartieran completamente tu posición moral."

Es decir, ¡Keynes mantenía que la planificación que Uría defiende sólo era posible en una sociedad que hubiera interiorizado los valores hayekianos que Uría critica! Lo cierto es que Keynes parece confundir ingenuamente el Estado con las comunas voluntarias, pero éste es otro tema de discusión.

Vayamos con la última afirmación de Uría que quiero comentar: Hayek nunca asumió la observación de Keynes.

Por desgracia, es falso que Hayek nunca defendiera un nivel de planificación superior al necesario. En Los Fundamentos de la Libertad, por ejemplo, sostiene que: En una sociedad industrializada resulta obvia la necesidad de una organización asistencial, en interés incluso de aquellas personas que han de ser protegidas contra los actos de desesperación de quienes carecen de lo indispensable. Es probable, y quizá inevitable, que la mencionada asistencia no se limite a los incapaces de atender sus propias necesidades, como también que en una sociedad comparativamente rica, cual es la actual, el volumen de ayuda rebase lo estrictamente indispensable para mantener vivos y en estado de salud a los beneficiarios(...) "No rebasando estas limitaciones, el montaje de un completo mecanismo de seguridad social puede parecer justificado incluso a los más conspicuos partidarios de la libertad"

No se trata ahora de criticar al maestro austriaco, sino de destacar el escaso conocimiento que Uría tiene de la obra de Hayek. Cada cita y mención, por tanto, no deja de contener una larga lista de errores y malas interpretaciones, fruto de sus prejuicios antiliberales que le han impedido leer, o comprender, más allá de lo que ha asimiliado en la secta socialista.

Ciertamente lamentable. Estamos ante un articulista del primer periódico de España, El País. Se nota.

27 de Julio de 2005

Precios y competencia según los postkeynesianos

Estoy leyendo el libro "La economía postkeynesiana" y es ciertamente pésimo en cuanto a teoría económica (puede resultar interesante desde el punto de vista de las ideas y distintas corrientes). Un piélago de burradas que, a menudo, hace difícil seleccionar alguna. Pero lo voy a intentar.

Atención al siguiente análisis: "La teoría neoclásica de la empresa contempla, en esencia, la ficción de una pequeña empresa sometida a rendimientos decrecientes, que maximiza sus beneficios a corto plazo en un mercado de competencia perfecta, produciendo una cantidad de output tal que su coste marginal es igual al precio de mercado. La empresa sobrevive mientras el precio supere los costes variables medios. Si la demanda aumenta, los precios suben".

Hasta aquí todo normal, la absurda teoría de la competencia perfecta neoclásica. Empresas pequeñas que venden todas al mismo precio. El empresario ha desaparecido de la escena; las empresas responden de manera reactiva, son price-takers (cuando la función esencial del empresario es el appraisement, la creación del precio). En este contexto es normal que la función empresarial sea inútil, pues es incapaz de solventar ningún problema. Me adapto al precio que otros me imponen dada la restricción de mis costes: el empresario creador busca reducir su precio por debajo del de sus consumidores a través de una organización productiva más eficiente que reduzca sus costes.

Como dice Jesús Huerta de Soto, la paradoja de la competencia perfecta es que bajo competencia perfecta "nadie compite". Todos venden al mismo precio un bien homogéneo. Semejante crítica le hizo Hayek a Chamberlin, padre de la competencia monopolística. Según Chamberlin, la competencia perfecta era un fraude (y afortunadamente lo es) porque las empresas diferenciaban sus productos lo suficiente como para crear monopolios individuales (así la marca Coca-Cola crea un monopolio en sí misma aun cuando aparentemente compita con Pepsi o Cola genérica). Hayek, muy acertadamente, le recordó que la diferenciación es una característica esencial de la competencia: hay que diferenciarse para ofrecer un nuevo y mejor producto que las otras compañías. ¿Qué clase de competencia sería aquella en la que todos vendieran el mismo producto al mismo precio?

En el siguiente párrafo no explica la concepción postkeynesiana: "La empresa postkeynesiana es muy diferente. Opera en mercados de competencia imperfecta, sobre todo en mercados oligopolistas, donde algunas empresas de grandes dimensiones, las megasociedades, dominan un surtido de pequeñas empresas. Las empresas son interdependientes, pues las decisiones de unas tienen repercusiones sobre otras. Las empresas tienen que estar atentas a sus rivales, incluidas las empresas rivales potenciales que podrían penetrar en el mercado. La planificación desempeña un papel sustancial, y muchas decisiones estratégicas se toman en función de un horizonte de largo plazo, sobre todo las decisiones sobre precios."

Es lamentable que el realismo de los postkeynesianos supere al de muchos neoclásicos. En todo caso, lo que quiero poner de manifiesto es que la situación anterior describe el proceso competitivo. Salvo por la tontería de señalar que las megasociedades dominan a las empresas pequeñas (¿cómo?), la interdependencia, la atención a sus rivales -incluidos los potenciales- y las decisiones estratégicas describen mucho mejor a la empresa moderna.

Por tanto, hasta aquí todo perfecto. Los postkeynesianos toman la delantera a los neoclásicos.

Pero vayamos al último párrafo: "En este marco, los precios no son fijados por el mercado o por un subastador omnipotente. Son las empresas quienes fijan los precios. Algunas pueden seguir las pisadas de las empresas dominantes, pero entonces son éstas las que deben fijar el precio líder, que constituirá la norma de referencia para el mercado en cuestión. Los precios no vacían en general los mercados: no tienen como objetivo iguales la oferta y la demanda"

Por un lado es un avance que reconozcan que los precios no los fija un impersonal mercado o, como afirman muchos chicaguenses, "las fuerzas del mercado". Sin embargo, no creo que los postkeynesianos abandonen del todo este prisma de contemplar la realidad. Los precios NO tienen como objetivo igualar la oferta y la demanda, ¿cómo iban a tenerlo? El empresario individual se encarga de satisfacer a los consumidores a través de sus productos, pero el precio que establece no es, ni pretende ser, un precio de equilibrio (signifique esto lo que signifique). La función de los precios es servir más y mejor al consumidor, rebasando a la competencia.

El hecho de que el mercado se "vacíe" es una consecuencia derivada y, en todo caso, no esencial. El mercado nunca se vacía porque no estamos en un juego estático, sino que la producción nunca se detiene: es un flujo continuo y renovado. Es más, no es infrecuente que las empresas acumulen stocks de manera especulativa anticipando condiciones del mercado en las que podrán ofrecer un menor precio que la competencia (aun cuando ese menor precio sea mayor al actual).

Por otro lado, parece que los autores no acaben de entender que los "precios líderes" son los precios más reducidos del mercado -no necesariamente en términos numéricos, sino en términos de coste de oportunidad para el consumidor, es decir, evaluando todas las circunstancias, como la calidad o el prestigio, que rodean al producto- y que, por tanto, las empresarios pequeños se ven obligados a intentar superar.

En conclusión, la labor del empresarios es creadora, ni siquiera coordinadora (esto es otro subproducto no intencionado de sus acciones). El empresario genera un precio que le permitirá maximizar su beneficio (no necesariamente en términos monetarios) y, a través de este proceso creador e innovador, intenta alcanzar sectores de la población cuya demanda no es satisfecha. Así, para proveer de ciertos servicios a la gente menos pudiente, los empresarios deberán esforzarse en ofrecer esos servicios al menor coste posible, de manera que no establezcan un precio "prohibitivo". Los consumidores no satisfechos por un empresario son un potencial atractivo y fuente de beneficios para otro. Sólo así la expresión "vaciar el mercado" puede adquirir algún sentido.

Y es que el empresario no intenta colocarse en una posición omnisciente para "igualar oferta y demanda". Esa es una pretensión planificadora y socialista; el empresario no planifica la sociedad, sino que modifica las relaciones sociales a través de su creación.

En todo caso, seguiré leyendo por si encuentro otro párrafo digno de comentario (es decir, algo que vaya más allá de la simple necedad de los keynecios).
Entrevista a Jaroslav Romanchuk

Libertad Digital acaba de publicar la entrevista que realicé la semana pasada a Jaroslav Romanchuk, número dos de la oposición bielorrusa. La entrevista corrige muchas de las ideas que, falsamente, muchos europeos teníamos sobre Europa del Este.

Por ejemplo, sobre la Revolución Naranja en Ucrania, Jaroslav sostiene que: En Ucrania se despidió a 80.000 burócratas para sustituirlos por 80.000 nuevos funcionarios (en muchos casos, con una menor educación y menores conocimientos), nombrados para ocupar exactamente las mismas funciones, en el mismo marco administrativo. Ésta es la mejor manera para crear más burocracia, más corrupción, más oligarquía. El Estado no se redujo en ningún sentido para acercarse a la gente. El poder oligárquico-económico sigue estando allí.

Y casualidades de la vida, hoy Ralph Raico en el Mises Institute se quejaba de la creciente corrupción en Ucrania, así como de que la Revolución Naranja ya ha marchitado. Observen cuán similar es este análisis al de Jaroslav: Tal como el optimismo sobre la Revolución Naranja languidece, muchos ucranianos están empezando a pensar que el poder simplemente se has trasladado desde la oligarquía pro-rusa anterior del presidente Kushma a una nueva élite.

La finura del análisis de Romanchuk no es de extrañar; aparte de haberse reunido varias veces con Yushchenko (de quien no destaca una gran capacidad de análisis) es presidente del Mises Center. Algunas de sus respuestas son ciertamente esperanzadoras, aún en la oscuridad del totalitarismo bielorruso:

Y la solución a todo esto no pasa por imponer a las empresas una especie de responsabilidad social corporativa, sino por soluciones muy simples que fueron desarrolladas y explicadas desde hace bastante tiempo por gente como Adam Smith, Mises, Rothbard, Kirzner o muchos otros significativos economistas que han sido excomulgados por las universidades... y por el gobierno. O también:

Aunque, por supuesto, el mejor libro, mi favorito, que me ayudó a entender el comportamiento humano, es La Acción Humana de Ludwig von Mises. Si bien también es recomendable leer la Teoría del Dinero y el Crédito y Socialismo, escrito en 1920 mucho antes de que nadie hubiera pensado sobre los fallos del comunismo.

Por no hablar de su ambicioso programa electoral que, sin dudas, convertiría a Bielorrusia en el país más libre del mundo: Económicamente, queremos introducir la libre competencia entre monedas, permitiendo a los bancos crear su propia dinero respaldándola por mercancías, como el patrón oro. De hecho, haría un llamamiento a todos los bancos mundiales para que comenzaran a imprimir billetes y a acuñar monedas en Bielorrusia. Todo esto es algo que muchos teóricos monetarios están demandando; recientemente incluso el Premio Nobel Robert Mundell ha dicho que éste es el sistema del futuro.

Veremos que ocurre dentro de diez meses con la celebración de las elecciones-fraude.

(También puedes leer la entrevista completa en Liberalismo.org).
Otro torpe manifiesto

Si ayer comentábamos un manifiesto monetario de escaso recorrido, hoy pasamos a analizar otro de peor contenido. Me limitaré a comentar sus diez propuestas, pasando de la introductoria retórica en la que se intenta justificar la adopción del socialismo con los tópicos habituales.

1 . Bajar los tipos de interés real (Selic) al mismo nivel practicado en Estados Unidos y en países vecinos de América del Sur, como Venezuela y Argentina, o sea, alrededor del 2,5% al año, y no al actual 19,75%. Controlar las tasas de intereses cobradas por los bancos a los comerciantes y consumidores que llegan a más del 100% al año.

Esta propuesta es una clarísima llamada al ciclo económico. Por explicarlo brevemente. El tipo de interés refleja la preferencia temporal de la sociedad; esto es, cuanto están dispuestos a ahorrar y cuanto a consumir. Esto permite al tipo de interés regular la inversión de una manera sostenida. Sin ahorro no hay posibilidad de inversión. ¿Razón? La inversión en capital toma un largo tiempo; para que esa inversión sea económicamente rentable, los consumidores deben estar dispuestos (a través del ahorro) a esperar hasta su maduración.

Por poner un ejemplo exagerado pero que se entiende bien. Imaginen que un empresario toma parte de los recursos de la sociedad para emprender un proyecto cuyos frutos obtendremos en 100 años. Esto significa, básicamente, que esos recursos estarán siendo empleados durante 100 sin que produzcan ningún resultado, cuando podrían haberse dedicado a proyectos alternativos, de maduración más breve (aun cuando de productividad inferior). ¿Hay que permitir que esos recursos sean empleados en el proyecto de 100 años o deben emplearse en proyectos que maduran en un mes? Esto viene regulado por el tipo de interés.

Para bajar el tipo de interés tiene que hacerse algo bastante sencillo y diabólico: expandir la oferta monetaria. Esta oferta monetaria recién creada se filtra al mercado crediticio, incrementando la oferta de fondos prestables (esto es, incrementando artificialmente el nivel de ahorros). La inversión necesita de ahorro real (en bienes y servicios que permitan sustentar el nivel de producción inalterado), no de ahorro fiduciario. Pero el ahorro fiduciario sí reduce el tipo de interés, con lo cual muchos proyectos que antes no eran rentables ahora sí lo parecen. Para poner ejemplos de la vida cotidiana: si los tipos de interés están al 20% poca gente tomará dinero prestado para emprender un negocio, si están al 1%, muchos lo harán. Aquí empezará la fase expansiva del ciclo económico.

Pero como decimos, no se ha producido un aumento del ahorro real, por lo que se emprenderán más proyectos y de duración más elevada (por ejemplo proyectos que maduran a 10 años) sin que la gente esté dispuesta a esperar tanto a obtener los productos. La consecuencia será que, una vez emprendidos, muchos proyectos se volverán no rentables y quebrarán. Aquí empezará la fase bajista del ciclo económico.

2 . Cambiar la actual política de superávit primario en el presupuesto de la Unión, que destina abultados recursos públicos, sólo para pagar intereses. Destinar los 80 billones de reales, recogidos por el gobierno ese año, a inversiones que generen empleo, en educación, agricultura familiar, reforma agraria, salud y vivienda.

Esta propuesta, combinada con la anterior, sí resulta del todo absurda. Primero, el superávit primario NO es un superávit presupuestario. El superávit primero se obtiene restando los gastos a los ingresos, pero no todos los gastos, pues se exceptúan los intereses. En otras palabras, sería un superávit si no hubiera intereses.

¿Por qué combinar déficits presupuestarios con la reducción de tipos de interés es catastrófico? Como hemos dicho, para que los empresarios terminen sus proyectos de inversión necesitan un fondo de subsistencia (ahorro). El ejemplo de Robinson Crusoe es claro: si Robinson quiere construir una cabaña, antes tendrá que haber acumulado frutas silvestres suficientes para alimentarse durante el tiempo que estará construyendo la cabaña y no recolectando frutas. La reducción de tipos de interés implica que a Robinson se le dice que tiene más frutas de las que realmente posee, con lo cual llegará un momento en que no podrá continuar construyendo la cabaña pues tendrá que comer.

¿Qué papel juegan los déficits? Para financiar los déficits el gobierno tiene que emitir deuda pública, que es adquirida por los ciudadanos a cambio de sus ahorros. En otras palabras, el déficit público reduce la cantidad de ahorros de la sociedad. Con lo cual, justo en el momento en que los ahorros más se necesitan (durante una crisis económica para terminar algunos de los proyectos comenzados por el engaño del tipo de interés artificialmente bajo), estos se reducen. Imaginen que primero engañamos a Robinson Crusoe diciéndole que tiene más frutas de las que realmente posee y luego, además, le quitamos otra parte de esas frutas. Criminal.-

3 . Duplicar, este año de 2005, el valor del salario mínimo y el piso del valor de las jubilaciones a 454 reales mensuales, y ampliarlos a 566 reales, en mayo de 2006, apuntando a distribuir renta y mejorar las condiciones de vida de los más pobres, honrando así los compromisos asumidos por el Gobierno Lula en la campaña electoral.

Sobre el salario mínimo ya hemos comentado lo suficiente (Aquí, aquí y aquí), básicamente o es inútil (cuando el salario mínimo es inferior al salario que el trabajador percibe) o es nocivo (cuando es superior o, por tanto, causa paro)

4 . Recuperar el control gubernamental y público sobre el Banco Central y sobre la política monetaria. Impedir la autonomía del Banco Central, que ya está siendo adoptada por sus directores, en contubernio con los intereses de los banqueros y del capital financiero internacional.

Este punto hay que ponerlo muy en relación con el primero. Sin Banco Central controlado no es posible reducir el tipo de interés. Lo cierto es que un Banco Central dependiente es mucho peor que uno dependiente en cuanto a la política monetaria (pues tienden a producirse los ciclos político-económicos, esto es, provocar la fase alcista del ciclo en período electoral y sufrir la crisis a mitad de la legislatura). Sin embargo no estoy muy seguro de que un Banco Central independiente sea estratégicamente mejor que uno dependiente del gobierno. El motivo es que un Banco Central independiente crea la ficción de una tecnocracia que hace las cosas "bien", cuando en realidad sigue haciéndolas fatal.

5 . No suscribir el acuerdo de ALCA y no aceptar las reglas de la OMC (Organización Mundial del Comercio) que afecten la economía brasileña y los intereses del pueblo.

No es que me moleste que no entren en Uniones Aduaneras neomercantilistas que, en ningún caso, representan el ideal del libre comercio. No obstante me temo que el tufo que destila esta propuesta es totalmente contrario al libre comercial. En otras palabras, adios a la inversión extranjera y adios a la ventaja comparativa. Un régimen semiatárquico destinado a la pauperización.

6 . Realizar una auditoría pública de la deuda externa, como determina la Constitución, y renegociar su valor, ya pagado varias veces. Usar los recursos enviados al exterior para su pago, para invertir en educación y derechos sociales.

Es curioso que ninguna propuesta pase por devolver el dinero a los brasileños. De lo que se trata es de posibilitar el máximo gasto del gobierno. Las auditorias pueden ser necesarias siempre que no sirvan para cometer fraude y no pagar a los acreedores.

7. Cambiar las actuales reglas de reajuste de las tarifas de servicios públicos fundamentales como energía eléctrica, agua, teléfono y transporte público. Revisar y reducir las actuales tarifas que alcanzaron valores prohibitivos y de despojo de todo el pueblo brasileño, en provecho de grupos oligopólicos que pasaron a dominar estos sectores después de la privatización.

La típica excusa de los precios prohibitivos es excesivamente recurrente para justificar la injerencia del Estado en determinados sectores básicos. El problema es que si se fija un precio por debajo del de mercado la consecuencia es el desabastecimiento. No hay vuelta de hoja.

8. Paralizar de inmediato las rondas de subastas de explotación de las áreas petroleras. Cambiar la ley 9478/97 y garantizar la nacionalización del petróleo con la exclusividad de la explotación por la Petrobrás.

La nacionalización sólo garantiza el atraso industrial y el despilfarro de recursos en la industria petrolífera. Primero porque una nacionalización detendrá y desestimulará la inversión occidental (¿Quién quiere invertir en un país donde estas cosas pueden suceder?). Segundo, la industria será infinitamente menos competitiva que si fuera privada (habida cuenta de la mala planificación socialista de la función empresarial). Tercero, se politizará el comercio del petróleo, corrompiendo aun más las estructuras del Estado (véase Venezuela).

9. Garantizar la participación de representantes de la sociedad brasileña y de los propios trabajadores en todos los consejos de administración de las empresas públicas y autarquías, en todos los niveles: federal, provinciales y municipales.

Otro típico ejemplo de coorporativismo de corte fascista que tanto caracteriza a la izquierda. Otra manera que crear chupópteros y de garantizar la ineficiencia de las empresas públicas (repito: otra manera, ni la única ni la más importante).

10. Adoptar una política que proteja la riqueza nacional, combatiendo la remesa de dólares hacia el exterior, en forma de transferencias, sobrefacturación de las transacciones, utilidades, royalties, etc., garantizando su inversión en Brasil. Promover la repatriación de los recursos enviados de forma legal, sin embargo ilegítima. Adoptar medidas que protejan nuestra economía de la vulnerabilidad externa.

Simplemente ridículo. Si no se permite a los inversores extranjeros sacar los frutos de sus empresas del país (por ejemplo, para gastarlos en España), ¿para qué deberán invertir? Esta propuesta es del todo coherente con sus deseos de convertir Brasil en una autarquía; si toda la inversión debe quedarse en Brasil, simplemente se cortocircuita la razón que motiva la inversión extranjera. Es más, de la misma manera, se prohibirá a los ciudadanos brasileños invertir sus fondos en aquellos proyectos extranjeros que proporcionen una mayor rentabilidad (pues no podan sacar sus inversiones del país).

Si combinamos esta propuesta con la primera y la segunda tenemos un coctel explosivo. Y es que, después de promover una ampliación de la estructura de capital a través de la reducción del tipo de interés, se impide a los inversores extranjeros que respalden esos proyectos con sus ahorros. En conclusión, pues, se sientan las bases para un ciclo económico calamitoso que, además, se verá agravado por la regulación laboral, como el SMI (que impedirá la recolocación de los trabajadores durante la crisis económica desde los sectores más alejados del consumo a los más cercanos) o la inversión en empresas públicas (que reducirán aún más el volumen de ahorros disponibles).

Y lo peor de todo es que muchos políticos españoles y europeos suscribirían este programa.

26 de Julio de 2005

Pobreza y capitalismo

Albert Esplugas ha escrito un muy buen artículo sobre la pobreza en el Instituto Juan de Mariana acerca de la, como él mismo dice, sempiterna cuestión de los pobres en una sociedad sin Estado.

Hay, con todo, un punto que, dado el limitado espacio del que dispone, no hay desarrollado tanto como me hubiera gustado. Así que, con la venia, lo haré yo.

Primero, la definición de pobre es tramposa. La idea de pobre se contrapone a la de rico en un intento por centrar el problema en la desigualdad. La desigualdad NO es un problema salvo para el envidioso. Incluso autodenominados socialistas negarían preocuparse por una desigualdad en la que la persona más pobre del mundo tuviera dos Mercedes (si bien los auténticos socialistas clamarán que es intolerable la desigualdad, aun en tales casos).

Por tanto, la pobreza debería quedar definida en función de la carencia de ciertas necesidades materiales. Por ejemplo, "es pobre quien tiene problemas para acceder a un suministro continuo de alimentos"; sin embargo, la dificultad, peligro y arbitrariedad de semejantes definiciones saltan a la vista.

En todo caso, definamos como definamos pobreza hay algo evidente, sólo a través del capitalismo y de la propiedad privada puede reducirse la pobreza. Por mucho que afirmen los estatalistas estar preocupados por la pobreza, sus métodos constructivistas sólo contribuyen a aumentarla. La cuestión no es, por tanto, qué sera de los pobres en una sociedad libre, sino qué ES de los pobres en una sociedad estataliza. Si realmente los socialistas están preocupados por los pobres, la mejor solución es eliminar la molesta traba a la creación de riqueza: el Estado.

El Estado es una masiva máquina redistribuidora, cuya contribución última es atacar la estructura de capital de una sociedad. La redistribución es un mal innecesario e incluso nocivo. Se basa en la idea de que una parte de la sociedad puede medrar a costa de la otra; en realidad, el capitalismo enriquece a toda la sociedad, aunque no sea, obviamente, por igual.

Hoy Europa está mucho más poblada que hace 500 años y, en cambio, el nivel de vida es infinitamente superior. La creencia en que unos pocos acumularán la mayor parte de la riqueza, da muestras de un flagrante desconocimiento económico. El factor escaso por excelencia es el trabajo; se trata de un elemento productivo que, conforme el capital aumente, se va haciendo más necesario. En otras palabras, cuanto más capital haya en una sociedad, la contribución marginal del trabajador será mayor (y, por tanto, el coste de no contratarle será más gravoso)

En cambio, la acumulación de bienes hace que su valor caiga dado la utilidad marginal decreciente. Si yo tengo un millón de manzanas, el valor que atribuiré a una manzana será muy escaso; seguramente, mucho más escaso que la utilidad que me reportaría la contratación de ese trabajador marginal. Así pues, la abundancia lleva a la redistribución; cuanta más abundancia material haya, más escaso y necesario será el trabajo (y por tanto más demandado y valorado).

En este sentido, ¿quiénes podrían ser pobres en una sociedad totalmente libre? No desde luego quienes pueden trabajar. Tampoco, dentro de los que ya no pueden trabajar, los ancianos, pues, al menos, habrán tenido la oportunidad durante toda su vida de acumular y capitalizar sus rentas (otra cosa es que no lo hayan hecho como consecuencia de haber mantenido un ritmo de vida despilfarrador)

Nos quedan, pues, dos grupos: los niños y los discapacitados. Dentro de los niños, la amplia mayoría se encontraría bajo la tutela de los padres. En los casos en que no fuera así, los orfanatos y, posteriormente, los padres adoptivos se harían cargo. Muchos discapacitados, por otro lado, pueden trabajar, aun cuando con menores rendimientos que si estuvieran en sus plenas facultades. Dentro de los discapacitados absolutos, un numeroso grupo sería cuidado por las propias familias.

En todo caso, pues, podemos decir que el grupo de personas que no podrían vivir de su trabajo o dependiendo de otros serían: a) los niños recién nacidos y/o abandonados que no estuvieran en un orfanato, b) los que sufrieran una discapacidad absoluta y no obtuvieran el cuidado de sus familias (ya sea una falta de cuidado total o relativa)

Pero, aún así, dentro de estos grupos habría que exceptuar tanto a los niños como a los discapacitados que tuvieran un patrimonio del que pudiera brotar un guarda y gestión. En otras palabras, las personas en situación "delicada" en una sociedad liberal se reducen a un grupo muy poco numeroso.

Podemos contrastar esta con la actual; ¿cuántos pobres ha generado y sigue genernado el intervencionismo? ¿A cuántos impide trabajar? ¿Cuántas empresas ha bloqueado? ¿Cuánta innovación paralizado? ¿Cuántos recursos despilfarrado? En una sociedad libre todo el mundo encontraría empleo -pues la regulación laboral llegaría a su fin- y la acumulación de capital seguiría un curso estable, sin inflación y ciclos económicos, ocasionados por el Banco Central. Esta combinación provocaría el continuo incremento del salario y de las rentas de los ahorradores: el nivel de vida de las masas crecería sostenidamente y sin un límite previsible.

Tal abundancia permitiría, además, atender a través de la caridad a esa porción de la población que podría quedar desamparada. Como dice Esplugas, si realmente las decisiones políticas-estatalistas de ayudar a los pobres se sustentan sobre la voluntad de la mayoría de la población, ¿se volvería esa mayoría insolidaria al desaparecer el Estado? Obviamente no; las ONGs y otras organizaciones con vertiente caritativa, como la Iglesia católica, asumirían un papel mucho más relevante.

La mejor forma de combatir la pobreza es eliminándola, no generalizándola.
Los mares se degradan: privaticémoslos

Ignacio Escolar ha publicado una anotación bastante curiosa y que, de nuevo, pone de manifiesto la confusión socialista.

En concreto, cita al Jefe de Campaña de los Océanos de Greenpeace explicando como funciona el ecosistema: En tierra tenemos hierba, herbívoros y carnívoros. En el mar es más o menos lo mismo: fitoplancton y zooplancton, que sería el equivalente a la hierba, peces que se alimentan de esta producción primaria y peces que se alimentan de otros peces. Cada vez se explotan más los peces que se reproducen más rápido y que están más cerca de esos vegetales; con lo cual dejamos menos alimento disponible para los que están más arriba.

Y a continuación comienzan las catastrofes: Es una tendencia mundial: un ecosistema cada vez más pobre en el que especies oportunistas, que se reproducen muy rápido, toman el lugar de los que fueron sus predadores. Los científicos que estudian este proceso, como Daniel Pauly, advierten de que vamos a acabar con un mar lleno de medusas.

¿Sorpresas para los liberales? Ninguna. Se dice que fue Garrett Hardin quien en 1968 descubrió la célebra "tragedia de los comunes", esto es, que cuando no hay derechos de propiedad establecidos el medio se sobreexplota. Realmente, quien la descubrió fue Ludwig von Mises casi 20 años antes, en la "Acción Humana": "Se trata del problema de los costes externos: se realizan ciertos actos simplemente porque los costes incurridos no los soporta el sujeto que actúa sino los demás. Un ejemplo extremo lo proporciona el caso de las res nullius a la que antes nos referimos. Las tierras carentes de dueño efectivo (es indiferente que se consideren propiedad pública desde un punto de vista meramente legal) las utiliza la gente sin preocuparse del daño que puedan sufrir. Cada cual procura lucrarse al máximo, por cualquier medio, de sus rentas -madera y caza de los bosques, riqueza piscícola de las aguas, minerales del subsuelo- desentendiéndose de los efectos que puedan producirse. La erosión de la tierra, el agotamiento de las riquezas naturales y demás quebrantos futuros son costes externos que los actores no tienen en cuenta en sus cálculos. Talan los árboles sin respetar los nuevos brotes ni pensar en la repoblación. Aplican métodos de caza y pesca que acaban con las crías y despueblan los lugares."

Por tanto, hace más de 50 años Mises ya profetizó el problema del que hoy se quejan los ecologistas.

Ahora bien, cosas de la vida, uno de los comentaristas de Escolar.net sostiene que los hombres, cuya ambición está terminando con los oceános, son los habituales de Libertad Digital y liberalismo.org. Pues no; los hombres cuya ambición está terminando con los océanos son los socialistas que no quieren reconocer el error básico y subyacente a sus premisas. Aquellos que siguen creyendo que el Estado es el mejor guardián de la vida y del medio ambiente. Nunca ha sido; sin propiedad no hay conservación y sin conservación no hay vida.

La única solución que les queda a quienes no defienden la propiedad privada del mar y quieran defender la vida de los peces es planificar todo el sector pesquero, estableciendo cuotas y, por tanto, delimitando quiénes y cuando pueden pescar. La alternativa a no querer privatizar los oceános supone aumentar las instancias planificadas de la economía. Añadimos a un error un nuevo error; la consecuencia es que, aún planificando el sector pesquero, no conseguirán evitar la degradación del mar.

¿Razón? Si limitan las capturas, el precio del pescado aumentará, de manera que los incentivos de los individuos para convertirse en pescadores furtivos subirán a su vez. Tendremos la misma tragedia comunal pero en el mercado intervenido. El Estado tendrá que aumentar el gasto policial y, aún así, es dudoso que consiga controlar la pesca furtiva de la misma manera que lo haría cada propietario. No sólo eso, a diferencia de los propietarios -cuyos intereses en conservar la RIQUEZA de su propiedad sería enorme- el Estado tendría poco interés en evitar la extinción de las especies piscícolas, entre otras cosas, porque sólo estaría dando combustible a los furtivos a los que se ve constitucionalmente obligado a combatir.

En otras palabras, como también predijo Mises, se sumaría a un fallo del intervencionismo, otro aún más grave, sin que al final se lograra el supuesto objetivo de la injerencia: proteger a los peces.

¿La solución? Evidentemente no seguir como hasta ahora, sino privatizar.
Dinero abierto, ¿una alternativa?

Gracías a Mao llego a este post de Pablo Soto que, a su vez, nos remite a un curioso manifiesto sobre el dinero abierto.

Lo cierto es que el manifiesto empieza bien pues constata que los problemas del dinero actual se sitúan en su emisión a través del Banco Central. Sin embargo, también en esa primera frase encontramos una afirmación inquietante: el dinero es escaso.

Es importante tener presente que el dinero, como cualquier otro bien económico, es escaso. La diferencia es que, al contrario que los otros bienes económicos, un incremento de la oferta de dinero no hace a la sociedad más rica (a no ser que estemos ante un dinero-mercancía como el oro, donde un incremento de su oferta permite destinarlo hacia usos no monetarios de los que sí se deriva utilidad), en otras palabras, si hoy doblamos la cantidad de automóviles, nuestro bienestar mejora; si hoy doblamos la cantidad de dinero en circulación, sólo obtenemos una masiva redistribución de la riqueza vía inflación.

No hay algo así como una "cantidad insuficiente de dinero" que, como dice el manifiesto, prive a la comunidad de su medio de intercambio. Cualquier cantidad de dinero es suficiente para financiar todas las operaciones; cuando los bienes son escasos, simplemente incrementan su valor. Cuanto más aumente la cantidad de bienes y servicios en relación con el dinero, mayor valor tendrá el dinero en relación con los bienes y servicios. En otras palabras, habrá que ofrecer mayor cantidad de bienes y servicios por una misma cantidad de dinero o, lo que resulta equivalente, habrá que ofrecer menor cantidad de dinero por una misma cantidad de bienes y servicios (esto es, los precios caerán)

Y todo ello ocurriría aún cuando el valor que atribuimos al dinero se mantenga estable; no es necesario que el valor absoluto del dinero incremente, basta con que disminuya (por la ley de la utilidad marginal decreciente) el valor absoluto de los bienes y servicios. Con esto quiero señalar que es posible, incluso, que el valor de un tipo de dinero caiga (por ejemplo, porque su emisor pierde credibilidad), pero que aún así los precios bajen. No hay ligazón mecanicista, como establece la teoría cuantitativa del dinero, entre el valor del dinero y el valor de los bienes y servicios.

Otra cuestión, de distinta naturaleza, es que una cantidad dada de dinero (por ejemplo oro) lleve aparejadas dificultades para financiar operaciones menores (comprar un paquete de chicles) dado el alto coste de su divisibilidad (que podría superar el coste de la transacción en sí). En estos casos, lo lógico es que aparezca otro tipo de dinero para las operaciones menores, como fue el caso de la plata. Sin embargo, los avances tecnológicos permitieron ya a finales del s.XIX reducir los costes de la divisibilidad del oro hasta hacerlos despreacibles (volviendo, por tanto, a un único tipo de dinero en la economía). En cualquier caso, debe quedar claro que cualquier cantidad de dinero es suficiente y óptima para la economía (una vez más, dejando aparte los usos no monetarios que pueda tener el dinero)

A partir de este punto el manifiesto empieza a desbarrar peligrosamente. Así, afirma que debido a su escasez nos tenemos que pelear por el dinero para sobrevivir, estamos forzados a competir por él, a menudo con malas artes.

Si por malas artes entendemos servir al poseedor del dinero para obtenerlo, no quiero imaginar qué modelo social proponen los redactores del manifiesto. En una economía donde está presente el dinero, su poseedor tiene una ventaja enorme sobre el resto de las personas: tiene liquidez. La liquidez es la cualidad que define al dinero, esto es, la facilidad para desprenderse del mismo sin que se produzcan pérdidas de valor. En las economías capitalistas esto se ilustra perfectamente a través de la sumisión del empresario al consumidor: el consumidor posee el dinero, la liquidez, y el empresario tiene que convecerlo para que se la intercambie por sus productos.

En otras palabras, la competencia empresarial por el dinero (que podemos entender como una competencia entre los empresarios por devenir consumidores) es el fundamento último de la sobernía del consumidor. Normalmente, decimos que en la economía el consumidor es soberano, pero es soberano porque tiene dinero, porque tiene un bien líquido.

Aparte, todo bien económico está sujeto a una competencia de usos. Lo que distingue en definitiva al socialismo del capitalismo es que la propiedad privada permite a los empresarios dirigir los recursos hacia los fines más valorados. Cuando aumenta un precio es porque un empresario ha descubierto un uso que, al menos ex ante, resulta más valioso que el uso marginal que se le estaba dando hacia ese momento.

No tiene sentido, pues, criticar la competencia dineraria pues siempre habrá fines competitivos sobre recursos escasos. La abundancia de dinero no cambiaría esta realidad, simplemente terminaría con la condición de bien del dinero y, por tanto, con su liquidez.

El siguiente argumento es, cuando menos, infantil: algunas personas tienen poco o nada [de dinero] para sobrevivir -otra gente tiene grandes cantidades. Relacionar el dinero con la supervivencia es peligroso. El dinero es un bien con una amplia liquidez. Pero como hemos dicho, el hambre en el mundo no proviene de la escasez de dinero, sino de la escasez de bienes. Se objetará que si los africanos tuvieran más dinero (por ejemplo más dolares) conseguirían adquirir más comida. Esto es cierto; pero la escasez de dinero de los africanos no se debe a la insuficiente existencia de dólares, sino a que los africanos no tienen nada que ofrecer a cambio de los dólares.

La solución, por tanto, no pasa por imprimir MÁS dólares y entregárselos a los africanos; sería mucho más sencillo provocar una redistribución de la renta a través de los impuestos. Imprimir más billetes y entregárselos a los africanos significa crear títulos no respaldados o menos respaldados que los anteriores; la calidad del dinero entregado disminuye y, por tanto, aumentan los precios. Se producirá una mengua del poder adquisitivo de todos los tenedores de esa moneda. Aparte, dado que esos dólares adicionales de peor calidad se emplearán en gastos corrientes, una vez hayan sido gastados, los africanos seguirán igual de pobres que antes o incluso más (como consecuencia del incremento de los precios y de la erosión de sus propios ahorros).

El dinero sólo se adquiere de manera continuada si eres productivo y tienes algo que ofrecer a cambio del dinero; imprimir dinero de una vez sólo genera inflación. Por tanto, la solución de la pobreza a través de la creación de billetes, supone una continuada inflación que acabaría con la naturaleza del dinero.

Luego plantean una serie de preguntas acerca del dinero que gratamente contestaremos:

¿Cuál es la cantidad correcta de dinero en la economía? En realidad ya lo hemos contestado. Cualquier cantidad de dinero es adecuada y óptima para la economía. El problema de esta pregunta es que confunde los términos: lo importante del dinero no es su cantidad, sino su calidad (si bien la cantidad puede determinar la calidad, por ejemplo a través de la emisión de nuevos billetes no respaldados por nada). Lo importante es que su emisor sea solvente y cumpla con sus obligaciones contractuales; que se crea en la estabilidad de su valor o se prevea su curso anunciado.

¿Dónde está? ¿Quién lo tiene y quién no? ¿Es allí donde se necesita? Estas preguntas resumen perfectamente la fatal arrogancia socialista. Las dos primeras preguntas son absolutamente irrelevantes excepto para un gobierno inquisitorial (el dinero siempre está en los saldos de las personas). La última ya la hemos respondido: el dinero se emplea en los mejores usos. Se gasta en aquello que cada individuo cree de mayor utilidad.

Por último se apunta a los supuestos costes de creación y seguridad del dinero. Efectivamente, el dinero es un bien económico valioso y, por tanto, tiene que ser protegido del crimen. Un dinero cuyo robo no reporte ningún beneficio al ladrón, simplemente no es dinero (pues su valor es nulo)

Todo esto lleva a los impulsores del manifiesto a dar una definición de dinero sobre la que construirán su propuesta: El dinero es información, una manera de medir aquello que comerciamos, no tiene valor en sí mismo. Y lo podemos hacer nosotros mismos, un complemento al dinero convencional. Sólo hay que diseñarlo.

El dinero no es información, sino una cualidad de los bienes, en concreto, la cualidad de la liquidez. La gente emprende operaciones para adquirir dinero y no otros bienes; y se adquiere dinero precisamente por su liquidez, por la certeza de que será fácil desprenderse de él sin que haya perdido valor a cambio de los bienes deseados: es decir, por conservar su valor inter- territorial y temporalmente. No adquirimos dinero una vez hemos planificado el uso que queremos hacer de él; no es esa la información que requerimos.

Pero, en todo caso, la propuesta de esta gente no deja de resultarme graciosa. No es que critique que quieran emprenderlo (ojalá rompieran el monopolio monetario), sino que está absolutamente abocada al fracaso.

Señalan que el "dinero abierto" es virtual, personal y gratis; más adelante señalan que además es ilimitado. De manera que cualquier individuo o comunidad podría crearlo libremente. Sin embargo, matizan que la viabilidad de ese dinero descansará en la credibilidad y el respeto del sujeto. La virtud proverbial de este tipo de dinero, argumentan, sería que no estás sometido a nadie, ya que tienes tu propio dinero.

Este tipo de argumentación demuestra que no se conoce nada acerca del dinero. Primero, un dinero ilimitado no es dinero; lo ilimitado no resulta economizable, lo ilimitado no es un bien económico (como el aire), mientras que el dinero es, o está respaldado, por bienes económicos. En otras palabras, dado que estamos tratando con dinero no mercancía, ese dinero ilimitado debería estar respaldado con bienes económicos (para que adquiriera la necesaria credibilidad), pero no puede respaldarse lo ilimitado con lo limitado.

Por poner un ejemplo; si yo lanzo en circulación 100 unidades de "dinero Rallo" y las respaldo a través de mi pobre patrimonio, esas 100 unidades podrían circular en tanto la gente creyera que puede sustituirlas por una centeava parte de mi patrimonio. Como hemos dicho, la solidez de un tipo de dinero depende de su calidad y, en este caso, de mi credibilidad. Y la credibilidad puede perderse de varias maneras: a) si una vez puesto el "dinero Rallo" en circulación, aseguro que deja de estar respaldado por mi patrimonio (o este se reduce de manera considerable), "el dinero Rallo" sufrirá una rápida pérdida de valor, b) si imprimo 100 nuevas unidades de "dinero Rallo" sin que mi patrimonio haya aumentado proporcionalmente, el dinero también perderá valor, pues su respaldo ha disminuido.

Quedémonos con el caso b). ¿Qué ocurriría si en lugar de imprimir 100 nuevas unidades de "dinero Rallo" afirmo que la cantidad de dinero es infinita? Las unidades monetarias dejarían de representar porción alguna de mi patrimonio, no estarian respaldadas por nada. El dinero perdería su calidad y dejaría de ser dinero.

En consecuencia, por muy creíble que sea un emisor de dinero, si éste es ilimitado, perderá su calidad rápidamente y la gente dejará de considarlo dinero. Y es que -y este es un segundo factor- el dinero es un medio social de intercambio. La pretensión de que cada individuo imprima su propio dinero es simplemente ridícula (no confundir con la pretensión de que cada individuo PUEDA ofrecer su dinero); aun cuando fuera un dinero limitado a las necesidades de cada persona, ¿por qué debería el individuo A aceptar el dinero del individuo B si el individuo A tiene su propio dinero? Necesariamente se produciría un espontáneo proceso de selección entre los dineros de más calidad (calidad que a su vez se vería reforzada por la cualidad de la liquidez cuando se generalizara su uso)

Pero además querer romper la sumisión del individuo a la liquidez significa querer cargarse la soberanía del consumidor. Si un empresario no queda sometido a las necesidades del consumidor EN VIRTUD de que éste tiene dinero, la sociedad necesariamente degeneraría en individuos autosuficientes (o en la gran mayoría de los casos de individuos "insuficientes" que morirían por inanición). La atomización del dinero significa la ruptura de una institución social esencial que, a su vez, provocaría la ruptura del mercado.

Finalmente, los manifestantes resumen las virtudes de su dinero en tres: a) el dinero tradicional es escaso, el suyo suficiente. b) El dinero tradicional es creado por los Bancos Centrales, el dinero abierto por los individuos. c) El dinero tradicional se mueve entre distintas comunidades, de manera caótica y dañina, mientras que el dinero abierto circula dentro de las comunidades.

Sobre a) ya hemos comentado suficiente. Toda cantidad de dinero es suficiente. Sobre b) no puedo más que mostrar mis simpatías; el dinero no debe ser monopolizado por los Bancos Centrales, sino que los individuos deben poder proponerlo al mercado. La letra c) es la que rompe toda su propuesta. El dinero no fluye de manera caótica (tal afirmación recuerda a la acusación marxista de que el sistema capitalista es un sistema de producción anárquico), sino que se dirige a satisfacer las necesidades más importantes; de hecho, lo importante del dinero es su trascendencia social. Sin embargo, la propuesta de que el dinero se restrinja a ciertas comunidades puede ser válido en el caso de comunas, pero cuando la comuna decida romper su autarquía, resultará desastroso.

Lo cierto es que toda propuesta privada de dinero tiene que pasar por una oferta de dinero para la sociedad, abierto al mayor número de personas posibles. Si la comuna A genera un tipo de dinero intracomunal, cuando ese dinero intente trasladarse al exterior será sistemáticamente rechazado, pues su uso quedaría restringido a intercambios comerciales con la comuna A. No sería líquido y, aparte, es dudoso que sirviera para conservar intertemporalmente el valor.

Por tanto, estamos ante una propuesta interesante en la forma, pero catastrófica en el fondo.

22 de Julio de 2005

La mentalidad anticapitalista, también en el agua

Me encuentro con el siguiente post de José García Palacios donde muestra su oposición a la privatización del agua. Aún con cierto retraso, voy a pasar a analizarlo.

García Palacios viene a comentar un artículo sobre el tema de mi compañero Alberto Illán. Así, la primera conclusión que extrae es la siguiente: De lo que estamos hablando, de llevarse a la práctica lo defendido por el articulista, estaríamos ante el hecho práctico de que, por ejemplo, mientras que en el norte de España el agua sería prácticamente gratis, en los pueblos del desierto de Almería y Murcia el líquido elemento alcanzaría unos precios prohibitivos para mucha gente.

Es curioso cómo la gente tiende a distorsionar las cosas. En unos sitios serán gratuitos y en el otro prohibitivos; claro, no conocemos el arbitraje. Sería interesante que García Palacios explicara por qué supone que el agua se regalará en Galicia mientras que tendrá unos precios inasequibles en Valencia. Una de dos: o los empresarios son estúpidos o considera que los costes de transporte del agua son enormes. Pero en ese caso tendría que explicar también por qué el precio del petróleo (que debe ser trasladado no desde Galicia sino desde Arabia Saudí) no nos impide adquirir gasolina.

Pero me interesa complementar ese primer argumento con el que viene después: Estamos hablando de familias, las más pobres, que se quedarían sin agua corriente en casa (con todo lo que ello implica), ante el corte de suministro de las empresas por no haber podido pagar el alto recibo de agua del ciclo precedente, dada la carestía de llevar el agua a esas zonas.

Sí, estoy seguro de que los malignos empresarios explotarían a los valencianos y murcianos, al fin y al cabo son empresarios. Con la privatización del agua, muchas familias no podrían mantener un ritmo de vida normal, habida cuenta de que se quedarían sin agua corriente. De hecho, para sobrevivir deberían acercarse al supermercado para comprar botellas de Font Vella, a los prohibitivos precios que odos conocemos.

Me parece que García Palacios olvida que la mayor fuente de gasto de agua poco o nada tiene que ver con el consumo familiar, sino con el uso industrial y, sobre todo, agrícola. El gobierno valenciano no está reivindicando el trasvase del Ebro para abastecer a una población deshidratada, sino para regar la huerta valenciana. El consumo apita mundial de agua es de 1300 litros por persona al día, en una familia de tres miembros representan más de 2500 botellas prohibitivas de Font Vella. En otras palabras, o las familias inundan sus hogares de agua, o la industria y la agricultura se comen buena parte del pastel.

Los primeros que deberían dejar de consumir ingentes cantidades de agua (y recordemos que la mitad del agua que se utiliza en la agricultura se despilfarra) son los agricultores, no las familias. ¿Razón? Los individuos están mucho más dispuestos a pagar precios elevados por el agua que unos agricultores que, en caso de aumentar sus costes, quiebran.

Y éste es en esencial el punto clave. García Palacios sostiene que el precio del agua debe estar por debajo del que alcanzaría en el libre mercado. Genial, sólo hay un problema, todo precio máximo provoca desabastecimiento. El motivo es simple y puede contemplarse desde la oferta y desde la demanda. Para nuestro interés basta comentar ahora la problemática desde el lado de la demanda. Unos precios bajos estimulan a gastar más agua de la disponible; muchos agricultores y muchas industrias seguirán operando gracias a precios artificialmente bajos. No sólo eso, los incentivos para reducir o eliminar los despilfarros y fugas desaparecen. Si no dejamos que el precio aumente cuando la demanda sube, ¿de dónde sacaremos el agua necesaria para satisfacer esa demanda? De ningún sitio.

En esta situación, la consecuencia natural de los intervencionistas suele ser clamar por el racionamiento. Los políticos tendrán que asignar cuánta agua puede consumir cada persona porque no hay suficiente. Falacia tras falacia; se trata de una escasez ficticia creada por los políticos y su coro de intervencionistas. El caso de Valencia es claro; el trasvase del Ebro no es una necesidad, no hay escasez de agua. El único problema es que los precios del agua son tan artificialmente bajos que mucha gente se dedica a la agricultura cuando debiera adoptar otra profesión.

García Palacios se queja de que en un sistema privado muchas familias se quedarían sin agua corriente. ¿Y cómo espera solucionar eso en un sistema público? ¿Racionando? ¿Prohibiendo las piscinas? ¿Los campos de golf? ¿Los cultivos de regadío? En otras palabras, ¿planificando toda la economía?

Pero hay más, el sistema público actual de fijación de precios de agua no logra evitar que se anuncien recortes en el suministro de agua en ciertas regiones como Valencia. García Palacios habla de dudosos precios prohibitivos en un sistema privado, yo hablo de desabastecimiento real y palpable en el sistema público. Desabastecimiento que sufren también las familias, aún cuando su consumo de agua es minoritario; la causa de todo ello hay que buscarla en el intervencionismo que García Palacios defiende sobre los precios y que incrementa la demanda de agua en la agricultura.

Y en este punto, cabe hacer una matización. La tentación intervencionista a no reconocer los errores de la planificación puede llevar a los defensores del agua pública a proponer una segmentación del mercado; las familias pagan precios bajos y para el resto de usos industriales se fija un precio de mercado. El error de base consiste en creer que el mercado está segmentado; si esta fuera la situación las familias venderían su agua a los agricultores a precios por debajo de los de mercado. Es más, numerosos agricultores viven al lado del campo que cultivan, de manera que no tendrían dificultades en hacer pasar por consumo familiar y uso económico.

El siguiente párrafo de García Palacios, con todo, ya resulta preocupante: Desde mi punto de vista, el Estado debe proporcionar unos servicios mínimos a todas las personas a igual costo, independientemente de donde vivan, entre los que se cuentan la luz, el teléfono y, por supuesto, el agua. Y no creo que eso interfiera con que la empresa pueda desarrollar sus actividades, incluso en dichas áreas, una vez que el consumo básico humano queda asegurado en igualdad de condiciones.

Luz, teléfono y agua... entre otros. Bienvenido a Francia.

Por partes; ignoro si García Palacios están proponiendo la renacionalización de Telefónica o, simplemente, fijar precios máximos. En cualquier caso, la primera opción comporta la parálisis de la empresarialidad: el igual costo para todos los españoles a través de la empresa pública se va convirtiendo en un igual costo creciente o en un igual costo a cambio de cada vez peores servicios. No es un problema de gestión, sino de planificación. Si la propuesta, en cambio, consiste en fijar precios máximos, estamos en las mismas de antes. El consumo crecerá sin que lo haga la oferta, de manera que alcanzaremos una situación de desabastecimiento.

De momento basta con señalar estos puntos de la argumentación de García Palacios. Los políticos no pueden dominar las leyes económicas ni pueden solventar la escasez. Sólo los empresarios en el libre mercado nos proporcionan día a día un mayor bienestar. Afirmaciones como Creo que al afán privatizador que algunas propuestas que se refieren a las necesidades básicas del ser humano, lejos de resolver los problemas existentes, lo que harían de llevarse a la práctica sería agravarlos seriamente, son del todo infundadas. Precisamente por ser básicas, debieran ser privadas. Algunos aún tienen demasiada fe en la omnisciencia estatal. Si las necesidades básicas deben ser cubiertas por el Estado para alcanzar el resultado óptimo, ¿por qué no planifica también las necesidades no básicas? Quien puede lo más, puede lo menos. No hay que privatizar incluso el agua, sino especialmente el agua.

Luz, teléfono, agua, automóvil, gasolina, ferrocarriles, tabaco, carreteras... me suena.

21 de Julio de 2005

La teoría económica de las estrellas de Rock no ayuda a los africanos pobres, por Franklin Cudjoe

Una de las personas más entrañables que conocí en el World Freedom Summit fue el economista ghanés Franklin Cudjoe, Director de Imani. Tras explicarle el estado del movimiento liberal en España, así como algunas de las iniciativas emprendidas para clarificar en España la situación de África, me pidió que tradujera al español su artículo "Rock-star economics are not helping poor Africans". Aquí está.


La teoría económica de las estrellas de Rock no ayuda a los africanos pobres


¿Has comprado la pulsera blanca obligatoria? ¿Te envió recientemente Bob Geldof un email recordándote que tenías que mirar los estruendos musicales de sus colegas en televisión? ¿Participaste en la vigilia de la Abadía de Westminster tiritando de frío para conseguir que el gobierno "despierte" y "haga la pobreza historia"

Este año, las organizaciones benéficas para el "desarrollo" de Reino Unido han aunado esfuerzos para llevar a cabo una macrocampaña donde se asegura que los políticos tienen una oportunidad sin precedentes para eliminr la pobreza en el próximo encuentro del G-8 en Julio.

Las estrellas de Rock y las organizaciones benéficas pueden ser grandes defensores de buenas causas, y generalmente tienen buenas intenciones -pero en la mayoría de los casos las letras de sus canciones no siguen el ritmo del silencioso zumbido de los pobres que intentan proteger. Su teoría económica es simplemente errónea. Desconocen la historia y trafican con la equivocada idea de que la pobreza, las hambrunas y la corrupción puede terminar a través de la ayuda externa, la condonación dde la deuda y otras políticas que YA han fallado en África.

Uno de los pilares de su campaña actual consiste en eliminar los subsidios agrícolas en los países occidentales, un objetivo noble que permitiría alcanzar un mercado justo para los agricultores de todo el mundo. Sin embargo, esta visión se combina con una profunda hipocresía: las mismas organizaciones promueven los subsidios (lo que ellos denominan "comercio justo") para los agricultores y empresarios de los países pobres para protegerse de los efectos de la competencia.

El frontman de Coldplay, Chris Martin, ha dicho que el arroz de Ghana, los tomates y las aves de corral necesitan ser protegidas de las importaciones baratas. No obstante, los problemas de los agricultores de Ghana se encuentran en otro lugar: ellos y otros empresarios son esquilmados a través de los impuestos y el elevado coste del capital, por no mencionar nuestros caóticos sistemas de propiedad de la tierra que llevan a cosechas escasas.

Ni el Sr. Martin ni las restantes celebridades han mencionado estos problemas: todos aseguran que el comercio mundial está "manipulado" en el nombre del "comercio libre", de manera que daña a países pobres como Ghana y beneficia a los grupos de interés de los países ricos. La única solución, aseguran, es proteger los intereses económicos locales.

Pero si prohibiéramos la importación de arroz y tomate, ¿cómo podríamos comer? La gente de Ghana depende del arroz como el alimento básico de sus dietas, mientras que la producción local sólo alcanza el 30% del arroz que se consume.

Los subsidios a los productores locales implican, a su vez, menores opciones para los consumidores. El ghanés medio está sufriendo como consecuencia de los bienes mediocres producidos localmente gracias a la protección de unas industrias que no soportan ninguna competencia. ¿Quién puede culpar a los consumidores de comprar bienes extranjeros de mayor calidad y a menor precio?

Además, algunos inteligentes empresarios ghaneses han ayudado tanto a los agricultores locales como a los consumidores, por ejemplo al vender el arroz nacional en unos paquetes que aseguran que el arroz no esté rancio cuando llega al consumidor. De la misma manera, otros empresarios ghaneses colaboran ahora con sus homólogos italianos para producir marcas de pasta de tomate con nombres en Akan, el lenguaje mayoritario en Ghana.

La protección a los productores lcoales también da lugar a que los países africanos comercien muy poco entre ellos, tal y como ilustran las estadísticas de la OMC en 2001. La porción del comercio intra e interregional de África con Europa occidental era del 51.8%, mientras que con el resto de África sólo del 7.8%

Las organizaciones benéficas para el desarrollo detestan a algunas agencias internacionales como el FMI y el Banco Mundial -mucha gente reconoce que tratar con estas organizaciones es como jugar con el dado trucado. Han autorizado a nuestros políticos a participar en turbios tratados de liberalización, donde los contratos internacionales se adulteran para favorecer a sus cohortes con enormes sobornos.

Tales agencias han defendido a menudo políticas infames en nombre de la liberalización del mercado -mientras que simultáneamente han defendido la ayuda exterior y fallidas estrategias al desarrollo. Incluso el ghanés medio sabie que semejantes programas de "reforma" no han conseguido otra cosa que permitir a nuestros burócratas adquirir, para sí mismos y sus amiguetes, Mercedes chapados en oro

Pero el problema no es el FMI, el Banco Mundial o las reglas comerciales falseadas. El problema se encuentra en nosotros, los africanos, y especialmente en nuestros líderes, que no hemos sido capaces de mejorar nuestro bienestar y de asegurarnos el crecimiento económico a través de las reformas políticas e institucionales.

La solución a todos nuestros problemas no es la ayuda, la condonación de la deuda o el "comercio justo". Se trata de adoptar instituciones que permitan aprovechar el espíritu empresarial que existe en todo país africano, que permitan a los africanos comerciar con otras personas en cualquier otra parte del mundo.

Establecer derechos de propiedad sería un importante primer paso; un sistema legal efectivo, transparente y responsable sería otro. Combinando el respeto a la propiedad privada con el imperio de la ley, estimularíamos la empresarialidad, el comercio, la innovación e incluso la protección del medioambiente, ya que todo ello desarrolla a la gente -en lugar de los políticos.

Tal como nuestras economías crezcan y se desarrollen, la gente será capaz de adquirir mejores tecnologías, agua limpia, fuentes de energías más potentes, mejor protección sanitaria, y seguros. Pero uno raramente oye tales ideas en las estrellas de rock y las agencias de beneficiencia para el desarrollo.

Mientras que estas multitudinarias campañas continúen culpando a los países occidentales de nuestra pobreza, simplemente estarán dando más excusas a nuestros políticos para retrasar las necesarias reformas institucionales. Los pobres africanos estarían mucho mejor sin las teoría económica de las estrellas de rock.
Aguirre no tiene alternativa

Hace unos días le dedicábamos un artículo de Rothbard a Esperanza Aguirre. En el mismo, el economista austriaco sostenía que la curva de Laffer se basa en un mecanicismo absurdo de la acción humana. En este sentido se pretendía subrayar un detalle fundamental, bajar impuestos es liberal siempre que se haga parejo a una reducción del gasto. Políticamente es muy sencillo recurrir a reducciones fiscales financiadas con cargo al déficit público, es el típico caso de comerse el pastel y querer conservarlo. Las rebajas de impuestos son populares, las reducciones de gasto no. Por ello, el déficit, al diferir el gasto, genera una ilusión de pujanza que no se corresponde con la realidad.

Se nos dice que Esperanza Aguirre es la política más liberal de España; probablemente sea cierto, pero en el caso de España no significa mucho. Sus reducciones de impuestos e incrementos del gasto describen una tendencia bastante preocupante, frente a la cual se suele argumentar que las reducciones de impuestos lograrán el incremento de la recaudación suficiente para financiar el nuevo gasto.

Hoy nos enteramos de que ZP ha reducido en 247 millones el pago de los impuestos cedidos a la Comunidad. El análisis político inicial ha sido que la rebaja de impuestos proyectada por Esperanza Aguirre corre peligro.

Desde el punto de vista de la economía de la oferta hay algo que no entiendo en este razonamiento. Si las rebajas de impuestos incrementan la recaudación, ¿por qué corre peligro esta reducción? En teoría, debería quedar todavía más reforzada ante la reducción de fondos proporcionada por el gobierno central. Si Esperanza Aguirre necesita incrementar los ingresos, ¡que reduzca todavía más los impuestos!

El problema es que semejantes conclusiones son del todo punto improcedentes. Las reducciones de impuestos suelen llevar aparejadas reducciones de ingresos o, al menos, provocan variaciones en la recaudación cuantitativamente no equivalentes.

Ante el envite de ZP la única opción que le queda a Esperanza Aguirre es volverse realmente liberal: acometer la reducción de impuestos prometida y combinarla con un imprescindible recorte del gasto público. Ni puede ceder ante el gobierno socialista ni debiera instituirse en gobierno socialista. El liberalismo siempre ha abogado por reducir el peso del Estado; menos impuestos pero también menos gasto.
Liberales y católicos

Tras unos fantásticos días en el World Freedom Summit, aprovecho para retomar un post pendiente cuya temática ha sido, a la sazón, ampliamente discutida en las conferencias alemanas.

Hace unas semanas respondí a un post de Unidimensional sobre las incompatibilidades del liberalismo con el catolicismo. Unidimensional me contestó hace un par de días, pero por distintos motivos no he podido replicarle. Realmente creo que la práctica totalidad del argumentario puede encontrarse en el anterior artículo, pero aún así prefiero darle cumplida respuesta.

Empieza unidimensional diciendo que el autor del post no reconoce el carácter fundamentalmente político de la Iglesia, y se dedica a alabar –no seré yo quien diga que no sean dignas de alabanza (o a lo mejor si)- el contenido espiritual y la labor social de la Iglesia entendida como comunidad de creyentes.

En realidad no hago eso. Sólo de manera accesoria recuerdo la importante labor social de la Iglesia a lo largo de la historia (y lo hago en respuesta a una alusión de Unidimensional al tema). Mi artículo no era un post sobre proselitismo católico, entre otras cosas porque no era mi intención ni estoy teológicamente capacitado para ello. Mi post sostenía una idea muy clara: la Iglesia se ocupa de la dimensión espiritual del mundo y no pretende intervenir en el gobierno de los hombres. Si la fe es el puente entre Dios y los hombres, la Iglesia ayuda a cruzar ese puente; su misión es la de preocuparse de que el puente este libre de obstáculos y en buen Estado. Pero, obviamente, no es de su competencia ocuparse de los asuntos que se encuentren a cualquiera de los dos lados del puente. Ni la Iglesia pretende gobernar a Dios, ni a los hombres.

Otra cosa es que las peculiares características del mundo terrenal -esto es, la elección entre el bien y el mal- obliguen a que la Iglesia intente garantizar la posibilidad de cruzar el puente. Este punto es esencial para comprender el argumento. Recordemos que el puente es la fe, y la fe no puede ser impuesto. Difícilmente un individuo adquerirá la fe porque el poderoso se la imponga; una cosa es aparentar tener fe y otra muy distinta tenerla de verdad. La Iglesia no puede obligar a cruzar el puente; sería estúpido que lo pretendiera, en tanto el puente implica una relación directa entre Dios y el ser humano y la Iglesia ni puede dominar a Dios ni al ser humano. De ahí que Ratzinger señale, como ya dijimos, que el catolicismo descansa sobre convicciones libres y que Jesucristo es la PALABRA de Dios, y no el martillo.

Sin embargo, la Iglesia, como hemos señalado, sí está obligada a garantizar que se pueda cruzar el puente. Cuando los Estados prohiben y persiguen el catolicismo, unos hombres impiden a otros cruzar el puente. Como decimos, la Iglesia ni puede ni debe imponer la fe, pero si debe velar por que está pueda ejercitarse. En este sentido, señalar que la Iglesia tiene un carácter fundamentalmente político es un error mayúsculo. Si seguimos a Franz Oppenheimer en distinguir entre medios políticos (coacción) y económicos (voluntariedad), la Iglesia no puede ni debe tener un carácter político. En otras palabras, como ya dije