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Todo un hombre de Estado: Agosto 2006

28 de Agosto de 2006

Estar de moda

Hoy he escrito en el Instituto Juan de Mariana sobre las modas: cuál es su función y para qué nos sirven. Especialmente recomendable para los antiliberales galbraithianos.

Lejos de cercenar la libertad del hombre, la moda le permite participar y aprovecharse de un fantástico mecanismo de coordinación social.

Sólo necesitamos conocer cuál es la moda en cada ámbito concreto (vestimenta, aficiones, deportes…) para maximizar nuestras probabilidades de relacionarnos con otras personas; es decir, sé que la moda será la manera por la que agradaré a un mayor número de personas. Por ejemplo, si queremos regalar una flor a alguien que no conocemos de nada (o a alguien cuyos gustos sobre flores no conocemos), seguramente optemos antes por una rosa fresca que por una marchita, porque la mayoría de la gente las prefiere así.

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24 de Agosto de 2006

El gasto público nos empobrece

El posteo de mi respuesta a Isidoro interrumpió una más o menos interesante discusión que estaba manteniendo con en los comentarios de otra anotación con Francisco Agenjo de Socialdemocracia.org (a quien ya he fiskeado en otras ocasiones: I y II).

Los motivos de discusión eran variados, pero en todos ellos radicaba el mismo problema: la profunda incomprensión por parte de Ajenjo sobre qué es la riqueza.

Recapitulemos un poco antes de empezar. Agenjo afirmó que sería mejor que el gobierno dedicara el gasto presupuestario de la renta básica a la creación de riqueza.

Yo le objeté que la riqueza es un concepto enteramente subjetivo, ya que consiste en una fuente generadora de un flujo continuo de medios (renta) para satisfacer los fines humanos más importantes. La riqueza no nos permite satisfacer directamente nuestras necesidades, pero nos proporciona los medios que sí lo harán (tanto como corriente de bienes o de servicios).

Según Agenjo, sin embargo, riqueza es todo aquello que mejora la vida de la gente. No sólo aquello capaz de producir renta, porque hay cosas que no producen renta, como los sentimientos y el amor que para mí son riqueza.

Agenjo está tan metido en el paradigma neoclásico que ha confundido –supongo que de manera inconsciente- renta con renta monetaria. Los sentimientos y el amor sí producen una renta de servicios, concretamente de servicios de afectuosidad. El amor proporciona algunos de los medios que los seres humanos necesitan para ser felices –muestras de cariño, caricias, besos…- y por ello los seres humanos tratan de conservar la llama del amor (al menos cuando ello no implica renunciar a fines que valoran más que el amor; de ahí provienen parte de las rupturas, la negación a renunciar a parte de uno mismo a favor de la otra parte). De hecho, en cierto modo el amor también puede ser “producido”: se llama cortejo y seducción. La producción del amor es distinta a la de un bien manufacturado, ya que no es un proceso mecánico, sino donde la planificación debe ser flexible y adaptable; no requiere estructuras productivas fijas, sino una serie de acciones humanas y de comportamientos correctamente enfocados.

En definitiva, para un individuo el amor será riqueza en tanto le proporcione los medios para una continuada satisfacción de sus necesidades. En ese sentido, Agenjo se equivoca.

Sin embargo, la magnitud del error es mayor por la segunda implicación de su oración: riqueza es todo aquello que mejora la vida de la gente. El problema de esta afirmación es que puede ser fácilmente malinterpretada: la vida de la gente puede mejorar empobreciéndola. Por ejemplo, imaginemos que tengo 500 euros y estoy dudando entre comprarme un televisor o una lavadora. Finalmente opto por la lavadora porque creo que me será más útil; pero una vez adquirida el gobierno me la intercambia coactivamente por el televisor.

En este caso es evidente que soy más pobre, ya que he pasado de tener una lavadora (medio más valorado) a un televisor (segundo medio más valorado). Pero aquí el televisor mejoraría mi vida, ya que estoy mejor con él que sin él. El gobierno me ha empobrecido, pero mi vida mejora con respecto a una hipotética situación donde no tuviera televisor.

De ahí que sea importante retener que la acción humana se dirige a satisfacer los fines prioritarios del ser humano y que la creación de riqueza deberá necesariamente adaptarse a la satisfacción de esos fines prioritarios.

Ahora analicemos la propuesta de Agenjo de destinar una parte del gasto público a crear riqueza, como, por ejemplo, en la investigación de células solares mas eficientes, o en la creación de una red de distribución de biodiesel (o subvencionando coches de motor híbrido o que usen este cobustible). Para una exposición más detallada de su propuesta aquí tenéis su artículo.

El gasto público en tanto intenta detraer los recursos de allí donde habrían sido utilizados por sus propietarios y redirigirlos allí donde NO lo habrían sido, empobrece y no enriquece, ya que los seres humanos se ven compelidos a realizar actividades cuyo coste de oportunidad es mayor que la utilidad que obtienen por ellas. O dicho de otro modo, se ven obligados a renunciar a sus fines prioritarios por orden del gobierno.

Agenjo, no obstante, no comparte esta visión: Una cosa que hace lo mismo que otra a igual coste, consumiendo menos (a menor coste por lo tanto) y que posee inputs negativos menos cuantiosos es riqueza. Lo mires como lo mires.

Por supuesto esto no tiene ni pies ni cabeza. Dejo de lado la contradictoria definición de que una cosa pueda consumir “lo mismo” y “menos” que otra al mismo tiempo. Lo que Agenjo quiere decir es que si un artilugio obtiene el mismo output con menores inputs o un mayor output con los mismos inputs que otro artilugio, entonces aquí se ha producido un enriquecimiento.

En realidad, se ha producido un incremento de la eficiencia en esa línea productiva, pero lo que debemos preguntarnos es cuál ha sido el coste de oportunidad de alcanzar ese incremento de la eficiencia. Y es que para mejorar la eficiencia deberemos destinar recursos escasos a investigar o acumular el capital necesario para ello, renunciando a los usos alternativos que podríamos haber dado a esos recursos escasos.

En otras palabras, el incremento en la eficiencia puede habernos empobrecido a todos. Al contrario de lo que dice Agenjo, mayor eficiencia no va asociado con más riqueza.

Pongamos varios ejemplos. Primero, imaginemos que el gobierno de ZP nacionaliza toda la economía y decide destinar todos los recursos de España a incrementar la productividad agrícola. Tendríamos más bienes agrarios, seríamos más eficientes en ese sector, pero también seríamos más pobres.

Segundo, supongamos que el gobierno obliga a los españoles a ahorrar más de lo que están ahorrando ahora. Ello permitiría incrementar la acumulación de capital y la productividad de la economía. Todos seríamos más eficientes y más productivos, pero el gobierno nos habría empobrecido a todos. La razón es que los individuos querrían haber consumido más y el gobierno se lo prohibió, por tanto, no pudieron satisfacer sus fines prioritarios.

Tercero, si yo me gasto cien mil euros en un coche que vaya al doble de rápido que ahora y luego me doy cuenta de que podría haberlos dedicado a otros fines más importantes, habré cometido un error y seré más pobre, aun cuando la eficiencia en mis viajes haya aumentado.

Por supuesto, en cualquiera de estos tres ejemplos la mejora en la eficiencia mejora la vida de las personas aunque sea mínimamente. Una vez se ha acumulado más capital a costa del consumo prioritario, es preferible que la productividad aumente que lo contrario; una vez me he equivocado al comprar el coche, es preferible tenerlo a lo contrario.

El error está en desvincular el resultado del conjunto de acciones que lo han causado. Si tomamos las acciones como inevitables, entonces siempre será preferible disponer de un output que sirva para satisfacer alguno de nuestros fines, que no tenerlo. Lo importante, sin embargo, es que las acciones no son inevitables, salvo cuando se nos coacciona para ello.

Así podemos decir que nos hemos empobrecido –o que el gobierno nos ha empobrecido-, que hubiera sido preferible actuar de modo distinto y que el output obtenido ha incrementado nuestra pobreza con respecto a la situación precedente (donde todavía no habíamos actuado para malgastar nuestro tiempo y recursos). Jörg Guido Hülsmann, por ejemplo, considera que el resultado derivado del error (lo que yo llamo empobrecimiento) debe ser denominado desequilibrio (frente al desequilibrio neoclásico que consiste en una alteración de la situación de reposo).

Esta es la razón del mayúsculo equívoco de Agenjo: redireccionar parte del gasto en defensa hacia un sector similar como es el aeroespacial (con características muy similares de inversión, gasto público, I+D, traspaso de tecnologías a la sociedad civil, impacto sobre la inflación, etc.), posee beneficios obvios. Como son, por ejemplo, que mientras que el ejército sirve para promocionar guerras (vosotros acusáis al Estado de promover y ser causa de violencia contra el individuo ¿no?), mientras que la exploración espacial abre nuevos horizontes a la raza humana. O hablando en lenguaje economico, que espero que os llegue mejor. Abre el camino para futuros desarrollos empresariales y acomete inversiones que por el momento, ninguna empresa puede acometer.

Desde luego no voy a defender que el gasto público permanezca en defensa, sino que vuelva a los ciudadanos. Impedir que la gente utilice sus recursos como mejor crea conveniente, no mejora su vida sino que la destruye. Tú afirmas que la investigación aerospacial “abre nuevos horizontes a la raza humana”.

Sin embargo, los beneficios de esos horizontes sólo se plasmarán en el consumo contante y sonante (siendo optimistas) dentro de mucho tiempo. Si utilizas recursos en la investigación aerospacial no podrás dedicarlos a otros bienes o servicios que la gente desea con mayor urgencia. Es posible que los individuos quieran consumir HOY productos de menor calidad a consumir MAÑANA productos de mayor calidad. Y si ello es así, no estarán dispuestos a ahorrar (abstenerse de consumir) durante el tiempo necesario como para financiar vía créditos la investigación aerospacial (y si no es así, sí podrá financiarse vía el mercado crediticio).

Si a ti no te gusta que los individuos sean tan cortoplacistas y utilizas la coacción para obligarles a que miren al largo plazo, les estás impidiendo que persigan sus fines más importantes y, por tanto, les están empobreciendo. Ello aun cuando la investigación aerospacial proporcione en el futuro mejoras en la vida de los individuos: el coste de oportunidad de esas mejoras superará su utilidad, habrás despilfarrado los recursos.

En definitiva, la sugerencia de Agenjo de que el Estado tiene que incentivar la investigación en I+D, la aerospacial o cualquier otra industria “estratégica” y que ello genera riqueza no se sostiene. Agenjo detrae los recursos de sus empleos prioritarios y les da un uso que los individuos no desean.

Las subvenciones no deben reorientarse, deben eliminarse. El progreso y la creación de riqueza no se verían obstaculizados, sino que podrían realizarse en toda su integridad.

22 de Agosto de 2006

Nuevas reflexiones sobre la defensa privada: Respuesta a Iracundo (y VI)

36. Los gorrones apoyarían el trust o cómo no saber qué es un gorrón

Uno puede equivocarse en sus argumentaciones. No hay ningún problema en ello ni la gente debería avergonzarse. Tan sólo se tiene que rectificar el error y punto. El problema surge cuando la vanidad le impide a uno reconocer que se ha equivocado y se empecina en sostener barbaridades para las que crea kuhnianos programas de investigación, a cada cual más ridículo.

En Isidoro tenemos un claro ejemplo. En un principio sostuvo que los free-riders estarían deseosos de apoyar la constitución del Estado cuando, por la propia definición de free-riders, son los principales enemigos de esa posibilidad.

Repasemos economía de parvulario. Un free-rider es aquel sujeto que no paga por un bien o servicio pero se aprovecha de él. Por ejemplo, si a mi me encanta la música clásica y a mi vecino también, yo puedo escuchar la música clásica de mi vecino sin pagar por ella.

El free-rider es la persona que gorronea, la que no paga (ni quiere pagar, ya que su comportamiento estratégico se dirige a gorronear) pero consume lo que otros producen. En este sentido, es evidente que el free-rider NUNCA apoyará la constitución de un Estado, porque ello implica el fin de su provechosa condición de free-rider. De hecho, se dice que el Estado soluciona el problema de los bienes públicos porque obliga a los free-rider a pagar. ¿Cómo va el free-rider a querer hacer algo obligatoriamente cuando no está dispuesto a hacerlo voluntariamente?

Pero bueno, en el absurdo mundo de Isidoro todo es posible: Los gorrones apoyarían el trust antes que las empresas por una sencilla razón que tú mismo has expuesto: no es lo mismo un precio que un impuesto. Yo añado que no es lo mismo una tarifa plana que un pago por uso. El estado es la mayor tarifa plana imaginable y bajo ella los gorrones (los que no quieren preocuparse por pagar su defensa) estarían ciertamente mejor que bajo ese fantasioso, y caóticamente “amenazante”, entramado de empresas de seguridad.  Esto tiene que complementarse con otro párrafo de abajo: el gorrón no tiene que ser sólo una persona que rehúse pagar protección sino que puede ser simplemente una persona que se beneficia de la protección pagada por otros por la no posibilidad de discriminar y por el posible hecho de que ni siquiera pueda aspirar, o le compense aspirar, a dicha protección con su renta.

Primero, un free-rider no es, como dice Isidoro, “el que no quiere preocuparse por pagar su defensa”, sino el que se preocupa en no pagarla. Ni tampoco es el que se beneficia pasivamente por la provisión del bien, eso es una definición que te has inventado tú para escapar del apuro pero que nadie tiene que ver con el free-rider. El free-rider debe buscar su situación, debe rehusar pagar por saber que otros lo harán y aun así podrá obtener el bien que quiere. Si estamos ante un beneficiario pasivo que ni siquiera se ha planteado pagar, el que provee el bien lo tendría tan sencillo como pedirle una cuota por los beneficios que consigue. Es ahí, cuando esa persona se niega a entregársela, cuando se convierte en free-rider. Y es que si no podemos discriminar a los usuarios pero estos no pagan, están rehusando pagar. Isidoro simplemente se contradice.

Segundo, la diferencia entre pago por uso y tarifa plana no es equivalente a sector privado y sector público, de hecho, el concepto de tarifa plana ha surgido en el sector privado.

Tercero, el sector público sólo aparenta ser una tarifa plana en algunos sectores y, ciertamente, no en la defensa. Por ejemplo, en el sector educativo el Estado los ciudadanos pueden acceder irrestrictamente a las aulas, tengan uno o veinte hijos. Eso aparenta ser una tarifa plana. El problema es que se trata de una tarifa plana que el Estado no puede ofrecer sin ajustar el precio (de ahí que las aulas se saturen) y, como no quiere subir los impuestos, rebaja la calidad del servicio para que parezca que continúa siendo plana. En realidad, los consumidores reciben cada vez una cuota menor del servicio ante incrementos del número de usuarios (cada vez se aprende menos en la escuela) y, por ello, no puede calificarse de auténtica tarifa plana.

Sin embargo, en el caso de la defensa la mención a la tarifa plana no tiene sentido alguno, por cuanto no es el usuario (cada ciudadano) quien decide la cantidad de defensa que va a usar. El propio Isidoro dice que eso debe ser una decisión centralizada, sobre la que cada persona no tiene poder de decisión. ¿En qué sentido un servicio es una tarifa plana cuando no puedo elegir la cantidad que voy a utilizar?

En todo caso, si la aportación marginal del free-rider es relevante en términos de provisión de defensa, entonces no puede sostenerse que pagando el impuesto el free-rider estará mejor que sin él, ya que elige no pagar la cuota a la empresa aun cuando ello modificaría la provisión de defensa. El coste marginal de la provisión adicional superaría, si fuera free-rider, la aportación marginal.

Si, en cambio, el problema fuera que el free-rider sólo estaría dispuesto a pagar en caso de que pagaran todos (o mejor dicho, en caso de que se provea un cierto nivel del bien que sólo es alcanzable cuando paguen todos), aquí no tenemos un free-rider (ya que no está gorroneando ni quiere gorronear nada), sino un problema de acción colectiva fácilmente resoluble. Una forma radical son los contratos de unanimidad, por los cuales se efectúan depósitos que no se gastan en la provisión del bien hasta que todos hayan pagado.

Otra forma bastante más compleja de entender pero mucho más frecuente es la empresa. Pongamos el siguiente ejemplo: tenemos 10 personas, cada una de las cuales está dispuesta a pagar 100 u.m. para comprar un bien que vale 1000 u.m., pero lógicamente nadie quiere pagar hasta que el bien se adquiera. Una solución es obligar a todos a pagar 100, otra que una empresa compre a crédito el bien de 1000 u.m. y los clientes entonces le paguen (ya que en ese momento ya estarán dispuestos).

Esto es lo que puede realizar la empresa de seguridad. Realiza una inversión inicial para proporcionar un nivel de defensa por el que todos estén dispuestos a pagar y poco a poco va amortizando el desembolso. Así, el problema de acción colectiva donde la gente sólo está dispuesta a pagar si los demás lo están se puede solucionar simplemente a través de la anticipación del capital por el empresario.

En definitiva, Isidoro confunde free-rider con problema de acción colectiva. Allí donde exista un auténtico problema de free-rider, estos no estarán en absoluto dispuestos a pagar impuestos, ya que ello pondría fin a la gratuidad con la que venían percibiendo el servicio. Allí donde haya un problema de acción colectiva, la propia empresa lo puede solucionar.

Pero lo que ya es del tipo absurdo es el argumento subsiguiente que ofrece Isidoro para explicar por qué auténticos free-riders sí estarían encantados con el pago coactivo de los impuestos: no debemos caer tampoco en el error de ver a los gorrones como gente con dinero, podrían ser perfectamente unos desheredados o personas humildes que, por poderosas razones, apoyarían una defensa común siendo gorrones. Muchos no tendrían que pagar y otros muchos no esperarían pagar inmediatamente (muchos estados segregados de otros, si no todos, se han fundado sobre la base del populismo fiscal) o incluso “pagar menos”.  

Primero, nadie ha caído en el error de identificar free-rider con gente con dinero. Free-rider es aquel que gorronea a quien paga, tenga mucho o poco dinero.

Segundo, no veo por que han de apoyar unos impuestos aun cuando no pagaran nada, porque de hecho en una anarquía, por su condición de gorrones, tampoco pagarían nada. Tú hablas de “poderosas razones”, pero como siempre en todo tu discurso populista no nombras ninguna. Te mueves en imprecisiones porque tus ideas son imprecisas y vagas.

Supongo que tus “poderosas razones” serán que la defensa pública es más eficiente que la privada; pero esto no tiene nada que ver con la discusión. Aun cuando ello fuera así, no puedes afirmar que El naciente estado, desde luego, sería apoyado por los antaño gorrones, que no serían pocos, ya que ser free-rider es un desincentivo para apoyar la formación del Estado. Podrías decir, el naciente Estado sería apoyado por los individuos, aun cuando fueran free-riders; pero NUNCA por el hecho de serlo. Tú has establecido una pésima relación de causalidad entre ser free-rider y apoyar la formación del Estado, cuando es del todo inexistente como acabamos de ver.

Tercero, lo que ya es grotesco es que digas que “pagarían menos” en concepto de impuestos. ¿Menos que cero? Pero si estamos hablando de gorrones que no pagan NADA y en cambio SÍ reciben defensa. Si no pagaran y no recibieran nada, entonces no serían free-riders, no serían usuarios gratuitos, simplemente estarían alejados de las transacciones.

Por tanto, ninguno de los casos que nombras sustentan mínimamente la idea de que el Estado sería apoyado por los free-riders en tanto free-riders.

37. Mises, la defensa y la epistemología

En este post hemos criticado sobradamente a Isidoro por la inconsistencia de sus argumentos. En algún momento ha llegado a decir que para verificar que él tiene razón sólo has de creértelo, ¿y las pruebas? Eso es innecesario porque en su opinión es evidente que el Estado mínimo es mejor que la anarquía.

En este punto intenta utilizar una treta para salvar sus muebles: aludir a la defensa que hace Mises del Estado. Veamos: La desenfilada de la epistemología no puede ser utilizada con tal fruición desde alguien que se pretende austríaco en lo teórico. Porque se pretende tachar de “epistemológicamente” ridículo el que uno opine que muchos individuos son incapaces de ver lo provechoso de la cooperación y emplean su vida y recursos en la búsqueda de la ventaja inmediata y que para detenerlos sólo es posible la coerción (…) Esto lo puede pensar Ludwig Von Mises, que lo pensaba, y seguir siendo alguien serio a tus ojos pero si lo digo yo es que soy: tertuliano de cafetería, disparatado, cómico, ridículo... El argumento ad hominem es tan grosero, tan evidente... Espero un post tuyo, Rallo, en el que le dediques la mitad de lo que me has espetado a mí al señor Mises, que en paz descanse, por defender exactamente lo mismo que yo.

Mises no es infalible ni siquiera es siempre coherente. A Mises se le ha criticado desde muchas bandas: ética, teoría monetaria, interés, concepción del trabajo o ciclo económico. En cierta medida suscribo buena parte de esas críticas y Mises me sigue pareciendo el mejor economista del s. XX. ¿Y?

Cuando Mises argumenta a favor de la defensa nacional lo hace cometiendo dos graves errores. El primero ataca su propia metodología y es introducir en el análisis económico cuestiones relativas a los fines humanos, en concreto, como dices, sobre su cortoplacismo o su incapacidad para comprender los beneficios de la cooperación social.

La economía, para Mises, parte de que los fines están dados; la economía no se ocupa de explicar si los hombres serán corto o largoplacistas, si querrán entender o no la cooperación humana. No puede determinarse a priori el resultado de la elección; la economía sólo puede decir que el hombre dejará de participar en la cooperación humana siempre que los beneficios de no participar sean superiores a los de hacerlo. Ese es un juicio económico, no el que dice que “siempre habrá hombres que serán incapaces de apreciarlo”.

Fantástico; hemos encontrado otro punto donde Mises no es perfecto. Bien. Pero tú me pides que a Mises, el mejor economista del s. XX, le conceda el mismo trato que a ti, el mejor…¿?... del s. XXI. ¿No te parece un poco pretencioso? Mises se equivoca; y se equivoca por el simple hecho de comparar esa afirmación con la metodología que defiende. Tú, en cambio, te equivocas y defiendes la solidez de tu error. Incluso llegas a afirmar que es imposible demostrar las leyes económicas. Todo muy misiano, sí.

Y mientras Mises yerra cien veces y acierta veinte mil, tú te equivocas veinte mil y aciertas cien de pura casualidad. Mises suele tomarse la molestia de argumentar y razonar, de probar lógicamente sus proposiciones. Tú te escandalizas por que se te pida que lo hagas. De ahí que Mises se comporte como un gran economista al que se le puede criticar desde el debate académico y tú te comportes como un tertuliano de cafetería al que sólo se le puede invitar a otro carajillo.

38. Séptima contradicción que Isidoro niega: El trust como monopolio del derecho

Isidoro afirmó que uno de los grandes problemas de los trusts era la producción continua de desaguisados que se produciría. Yo le respondí que el trust no puede tener un problema de desaguisados, pues éste impondría su derecho –como el Estado- y no habría contradicciones de ningún tipo.

El problema es que estamos hablando de cuestiones distintas. Isidoro se refiere a los desaguisados como una imposición contraria al “derecho natural” o a los “fundamentos tradicionales del derecho”. Yo entiendo desaguisados como contradicciones jurídicas internas del derecho, es decir, la dificultad de conciliar las normas e interpretaciones dispersas de lugares que el Estado solventa rápidamente a través de la uniformización de las normas y de la jurisprudencia.

Si tomamos la acepción de Isidoro, evidentemente no se está contradiciendo por decir que el trust podría causar desaguisados. Si bien sí lo haría por creer que el Estado mínimo no podría hacerlo (ya vimos la estrategia de Isidoro: defiendo el Estado mínimo como una abstracción permanente y estable, aunque me importa poco analizar si es un objetivo realista). No se me caen los anillos por reconocer que Isidoro, aquí, no yerra, o no yerra especialmente.

Ahora bien, no deja de resultarme curioso que alguien que se pronuncia en contra de la existencia de ley natural equipare desaguisado (acto contra derecho) con atentado contra la propiedad: En ese sentido el trust comete desaguisados al violar la propiedad, ¿o no?

Creía que para ti sólo la posesión era un fenómeno natural, no así la propiedad. En ese caso, ¿cómo puedes decir que la violación de la propiedad es un desaguisado?

Efectivamente el trust –y el Estado mínimo- comete violaciones del derecho como orden espontáneo a través de su actuación (sin que le suponga un gran problema conciliar internamente los mandatos coactivos que el llama derecho u ordenamiento jurídico). Pero difícilmente puedes sostener tú eso, para quien el derecho es un resultado de la acción colectiva encauzada por los mecanismos estatistas.

39. Diferencias entre trust y Estado

Otra de las contradicciones en las que cae Isidoro es suponer que el trust es malísimo mientras que el Estado mínimo es bonísimo. Sin embargo, el propio Isidoro reconoce que el trust es un Estado de facto, esto es, no hay diferencias estructurales notables entre uno y otro. Por ello le insté a que demostrara por qué el trust si tendría intención de dominar a la población y el Estado no, o a que dejara de usar ese argumento sectario.

Su respuesta: La existencia de una legitimidad, norma constitucional, es algo con importancia que tú no puedes negar sino en base a tus ya celebérrimas creaciones teoréticas que te permiten el lujo de equiparar democracia y fascismo, como no me cansaré de hacerte notar. Legalidad, legitimidad, igualdad, no son sólo palabras sino que en un texto vinculante tienen la virtualidad de convertir en rebeldes a quiénes las subvierten desde el poder.

Sin embargo esto sigue sin contestar a mi pregunta. La cuestión es por qué el trust puede dominar y expoliar a la población, aun cuando sus estatutos no cuenten con el respaldo mayoritario, y en cambio el Estado mínimo no puede subvertir la Constitución y totalizarse.

Te recuerdo que tus presupuestos sobre el comportamiento humano establecen que a nadie le interesa defender a otra persona porque siempre es más rentable esclavizarla. Ello se puede aplicar tanto a las empresas como a los políticos, ¿por qué debería el Estado mínimo quedar restringido en sus estrechos límites si puede permitirse el lujo de expandirse? ¿Y qué frenaría este proceso totalizador? Sin duda, no la falta de apoyo popular, porque esa misma falta de apoyo no impide al trust controlar un territorio.

Por otro lado, tanto la legalidad como la legitimidad se podrían dar en una sociedad anarquista basada en contratos voluntarios y en la jurisprudencia. Las agencias que protegieran a sus clientes en los términos pactados respetarían la legalidad y los clientes que actuaran de acuerdo con las pautas pactadas con las agencias dotarían a esas normas de legitimidad. Así mismo, diversas agencias podrían reconocerse entre sí (del mismo modo en que opera el reconocimiento entre Estados y la suscripción de tratados) para reforzar la proyección externa de legitimidad de las normas.

En definitiva, simplemente asumes que el Estado respetará la propiedad y la libertad de sus ciudadanos –mientras que el trust no- porque así quieres creerlo; porque confían que aun teniendo una Constitución minarquista, ésta será respetada.

40. Los bancos como freno del Estado

Isidoro afirma que toda organización empresarial con mandos centralizados necesariamente degenerará en Estado. Ya hemos visto que uno de los frenos a esta degeneración monopolística podría ser la resistencia de la gente (del mismo modo que se enfrentan al proceso de totalización de un Estado mínimo). Otro puede ser la intervención de los bancos.

En efecto, todo Estado se asienta en el cobro coactivo de los impuestos. Sin impuestos el Estado ni siquiera puede funcionar; su maquinaria se desmoronaría. El impuesto tiene dos características: a) coacción, b) ausencia de contraprestación específica. En este sentido, los bancos bien podrían rechazar el pago al Estado de los tributos por parte de sus clientes (siempre que éstos se opusieran), lo cual ralentizaría enormemente (si es que no lo imposibilitaría) el proceso de constitución del Estado.

Así mismo, los bancos podrían embargar las cuentas bancarias del trust en el extranjero para compensar las pérdidas patrimoniales padecidas.

Y de nuevo, Isidoro lo ve imposible: Cabe preguntarse por qué los bancos no hicieron estas cosas que Rallo dice aquí a lo largo de todo el siglo XX. Resulta que los Bancos tienen un poder omnímodo que amablemente sólo utilizan cuando Rallo dice. La verdad es que los bancos se ponen al servicio de dictaduras no en pocas ocasiones y reciben cosas a cambio de ello.

Primero, yo nunca he dicho que los bancos se comportarían de esta forma en cualquier caso. Sólo he expuesto uno de los posibles mecanismos que permitirían impedir el advenimiento del Estado, no mecanismos que actúen siempre (ningún límite es perfecto ni inexorable). El hecho de que los bancos no actuaran así en el pasado ni prueba ni refuta que puedan actuar así en el futuro. Sería como cuestionar el Estado mínimo sólo por el hecho de que sus pretendidas limitaciones del Estado no hayan logrado contenerlo jamás en la historia.

Segundo, una vez dicho lo anterior, la explicación de por qué los bancos no han actuado así en el pasado resulta bastante sencilla. Por un lado, porque el Estado ha ido mezclándose progresivamente con el sistema bancario a través de los Bancos Centrales; los intereses de unos y otros han acabado por confluir en el inflacionismo irresponsable sustentado por el poder público. Por otro, y sobre todo, en el s. XIX nadie (o casi nadie) creía que la función de los bancos fuera la de enfrentarse al poder político y colaborar en la destrucción del Estado. Del mismo modo que la población no pretendía destruir al gobierno ni dificultar el pago de impuestos, tampoco los bancos (que se debían a sus clientes) tenían la más mínima intención de oponerse al Estado.

Sin embargo, estas dos dificultades pasadas pueden superarse siempre que la gente deje de someterse a la ficción de que el Estado es necesario. La desconstrucción de este último terminaría con los bancos centrales y con el sistema de prestamista de última instancia; una vez el dinero fuera privado y estuviera respaldado por algún bien líquido, el inflacionismo bancario sólo incrementaría la deuda del banco y se vería descapitalizado. Los intereses del Estado y del sistema bancario serían separados y estos últimos no tendrían por qué proteger a aquél.

Así mismo, si la sociedad desconfiara del Estado, la consolidación de un monopolio sería observado como un acto de agresión del que se esperaría una respuesta satisfactoria del banco. Mientras que en el s. XIX un banco que se negara a pagar los impuestos al Estado sería visto como un golpista, en una sociedad anarquista, el golpista sería la empresa con aspiraciones monopolísticas y, del mismo modo, el banco que aceptara pagarle.

La explicación por tanto es clara y sencilla: las convicciones, de nuevo, cuentan y mucho. En el s. XIX nadie esperaba ese tipo de actuación por parte de los bancos, mientras que una sociedad que rechazara la concentración monopolística del crimen, sí podría hacerlo. De hecho, los bancos suizos llevan realizando este tipo de operaciones a escala internacional ya que sí se espera de ellos este papel.

Por supuesto, ya le indiqué a Isidoro que el intento de establecer un régimen comunista haría menos relevante el papel de los bancos (ya que se nacionalizarían todos los activos y su valor de mercado sería irrelevante), pero incluso a partir de esta concesión por mi parte, Isidoro comete excesos erróneos: La premisa para mandar en una dictadura no es ser amigo de los banqueros, es un detalle colateral, sino el ostentar el mero dominio de la máquina represiva bajo la cual todos se pliegan. (…) Si los bancos extranjeros ponen problemas pues autarquía hasta que pase el chaparrón (no se habrá visto veces esto ni nada) y si son los nacionales, les amenazas mientras que a un tiempo les planteas la posibilidad de no competir y obtener cargos de responsabilidad a sus dirigentes. Rara vez problemas complejos tuvieron soluciones simples y tú nos propones una pura ingeniería equilibrista en la cual todos son ángeles y los criminales son reprimidos sin que nadie se dedique a reprimir (¿?). Brillante.

Primero, aquí no estamos discutiendo sobre si los bancos pueden destruir una dictadura establecida y que cuente con el apoyo popular, sino cómo el sistema bancario podría dificultar la consolidación de un trust, por ejemplo, embargándole las cuentas e impidiendo que pagara a sus mercenarios. Tu frase inicial es un Perogrullo total: lo único que hace falta para ostentar el poder es que todos se plieguen a él; bien, pero a nosotros nos interesa cómo una empresa puede alcanzar y consolidar ese poder si la población está mayoritariamente en contra de que lo haga.

Segundo, tu propuesta de autarquía como solución a la oposición bancaria parte de la premisa de que la empresa ya ha alcanzado el poder como para decretarla, esto es, que ya tiene un monopolio territorial que le permite blindar las fronteras. Esto, cuando menos, es poco realista: el incipiente Estado no sólo tendría que enfrentarse a su población, sino a miles de empresarios que verían sus intereses perjudicados al erradicar el libre comercio.

Y es que, como te digo, mi punto es que el sistema bancario podría frenar o impedir el surgimiento del Estado y si el Estado aun no ha surgido no puede decretar ninguna autarquía.

Es evidente que, como he dicho, con un ejército suficiente y si tiene el propósito de establecer una tiranía comunista, el sistema bancario poco podrá hacer. Ahora bien, si ese ejército no tiene un poderío máximo y si la población afectada está mayoritariamente en contra, los bancos podrían impedir o retrasar el establecimiento de un sistema impositivo. ¿Cómo seguiría entonces el incipiente Estado obteniendo su capital? Los clientes habrían dejado de pagarles la cuota; los bancos no les permitirían dirigirse contra los depósitos de los ciudadanos y además podrían embargarles sus cuentas. El único camino sería la financiación a través de la colocación de deuda de la empresa a los extranjeros; pero también aquí los bancos podrían negarse a facilitar la compra de los bonos de la empresa a través de sus depósitos.

En definitiva, no digo que el sistema bancario sea un obstáculo infranqueable, pero sí podría poner enormes trabas a la consolidación del Estado; trabas de tanta o más entidad que las que podría oponer, por ejemplo, un Defensor del Pueblo o un Tribunal de Garantías Constitucionales.

41. Octava contradicción que Isidoro niega: La necesidad innecesaria de paz

Otra de las bombas argumentales de Isidoro es que el mercado no puede funcionar sin paz; es decir, todo el sistema capitalista opera bajo la expectativa permanente de paz. Por supuesto, Isidoro desconoce que son, por ejemplo, las provisiones por insolvencias, esto es, las estimaciones de impagos que efectúan los empresarios (y que presupone un robo o una agresión contra lo pactado) ni tampoco parece que pueda explicar demasiado bien cómo los empresarios pueden seguir prosperando en el País Vasco (¡o en Israel y EEUU!), en medio del terrorismo etarra.

Con todo, lo más gracioso viene a continuación. Después de afirmar que el mercado no funciona sin paz, sentencia que el mercado no necesita un ejército. La parida sería similar a afirmar que los coches sólo funcionan con gasolina pero que los coches no necesitan gasolina para funcionar.

Veamos cómo intenta Isidoro salvar su orgullo: El mercado como tal, alienándolo, no concibe otra circunstancia que no sea la de la paz y la guerra le conduce a la disolución. El mercado en sí no puede preveer una guerra sin que ello repercuta en su buen funcionamiento. La autoridad política ejerce un control de la paz coactivo, el estado puede ser una creación del mercado entendido éste de manera amplia: como interacción social, pero el “mercado sin política”, ese mercado alienado, no establecería estado y por tanto no establecería ejército.

Primero, Isidoro cae en una dicotomía absurda. La vida nunca es o “paz completa” o “guerra absoluta”. En medio de ambos extremos tenemos grados distintos de violencia con los que convivimos diariamente. Nadie dirá que la sociedad desaparece ante una cierta violencia y, por tanto, para que el argumento de Isidoro tuviera una mínima consistencia, debería precisar qué grado de violencia es suficiente como para destruir el mercado. Asumir que el mercado requiere de una paz absoluta es un disparato en el que no creo que caiga ni siquiera un acreditado disparatado como Iracundo.

Pero además el mercado no es más que la asignación de recursos escasos hacia fines competitivos. La violencia restringe el mercado porque impide que los sujetos asignen los medios de los que disponen hacia la satisfacción de sus fines. Pero la violencia nunca es omnipresente, nunca llega al extremo de anular toda acción humana del sujeto. En tanto el individuo no se convierta en autómata en todos y cada uno de los momentos de su vida, el mercado, para él, seguirá existiendo.

En otras palabras, es absurdo afirmar que la guerra destruya el mercado porque la guerra necesita del mercado. La guerra es un proceso hacia la dominación del adversario y, por tanto, presupone un espectro de libertad para las partes (si una careciera completamente de libertad la guerra ya habría terminado) y en ese ámbito sí subsiste el mercado.

Por ello, mucho más absurdo incluso es aseverar que el mercado es incapaz de prever la guerra porque ello le llevaría a desaparecer. Como ya hemos dicho, las empresas anticipan un cierto grado de impago por parte de sus clientes y se blindar contra esa posibilidad a través de provisiones. Del mismo modo, los individuos que prevén una guerra incrementan su ahorro y su disponibilidad de líquido (Por ejemplo, los bancos alemanes comenzaron a acumular oro antes de que empezara la Primera Guerra Mundial) para enfrentarse en mejor situación con el conflicto. Así, pueden acumular alimentos, construir bunkers, adquirir armamento… Todo esto se produce EN EL MERCADO ante la anticipación de una guerra.

El mercado no se anula sino que se reorienta a satisfacer las necesidades más acuciantes de los individuos (como siempre hace el mercado), en este caso la seguridad frente a la guerra que se prevé. Negar que una guerra pueda preverse supone negar el componente especulativo de la acción humana y, en última instancia, suponer que el ser humano sólo reacciona ante hechos consumados, nunca ante juicios futuros. Y en ningún caso la previsión de guerra anula el mercado, ya que los individuos siguen siendo capaces de actuar al menos hasta que no hayan perdido completamente la guerra.

Esto significa que el ejército privado puede emerger como una necesidad de los individuos para garantizar su seguridad presente y futura. Si ellos esperan un ataque pesado, perfectamente pueden contratar a mercenarios (y en caso de que no existan, pueden pagar para que se entrenen), adquirir tanques, aviones, munición… La disponibilidad de todo esto será mayor o menor dependiendo de la estructura productiva y de la acumulación de capital (cuanto más rica sea una sociedad, mayor capacidad de respuesta y de adaptación).

Si existe una necesidad y el ser humano es libre de actuar el ejército privado podrá proveerse. Y cuando hablo de un ser humano libre no me refiero a una libertad absoluta y omnipresente; basta con que tenga libertad de disposición sobre la porción de renta que necesita para financiar al ejército privado. Si esa es su mayor prioridad sobre esa porción de renta, el ejército aparecerá.

La solidez de este argumento es tan evidente que incluso Isidoro tiene que reconocerlo: Otra cosa es que nosotros digamos ahora que los agentes del mercado, en la realidad, preveerían o sufrirían conflictos diversos a raíz de abusos posibles y sufridos (política) y que les empujarían a preparar fuerzas de defensa, eventualidad que, como decimos, degeneraría en estado o mejor dicho “generaría” estado: territorialización de la extorsión.

No es “otra cosa”, sino la misma cosa. La acción libre de los individuos es el mercado y su reacción ante una previsión bélica es la reacción y adaptación del mercado, no su fin. Que digas que ese ejército privado degeneraría en Estado es sólo una arbitrariedad más en toda tu argumentación que, evidentemente, eres incapaz de demostrar como hemos visto sucesivamente en este post y podemos ver otra vez con una nueva perla: La forma más eficiente de repeler una agresión es conformar una comunidad de intereses y personas que te protejan pero no te esclavicen y es precisamente eso, y no otra cosa, un proceso de creación nacional. El alienado mercado no genera nada y el mercado en sentido amplio, el realista, el mercado histórico, genera el estado como la más efectiva y duradera institución de defensa posible de una comunidad.

Las empresas son comunidades de intereses, las naciones no necesariamente. Mi participación en una empresa (con la función que sea) demuestra que tengo un interés en la empresa. Mi inclusión artificial en una nación no demuestra que a mí me interese lo más mínimo eso que llaman nación. Los independentistas catalanes y vascos sólo tienen interés en la nación española para destruirla, ¿qué defensa se erige ahí? La filiación nacional de cada individuo (lo que tu llamas “interés”) depende enteramente de su visión subjetiva y en tanto no establezcas controles del pensamiento, nada te asegura una cohesión suficiente de esas visiones subjetivas.

Puedes argumentar que precisamente por lo anterior el sentimiento de unidad nacional es tan importante. Pero aquí estarías introduciendo una función a las convicciones extraestatales que tú simplemente niegas. Del mismo modo puedo señalar yo que el “sentimiento de libertad y antimonopolios territoriales” es importante para asegurar que ninguna empresa degenerará en Estado.

Tú metes lo que tu defines como nación dentro del corsé de una estructura coactiva llamada Estado y tienes fe en que esa combinación funcione; pero en tanto la gente que has metido dentro del Estado no se considere una nación y no clame por la solidaridad universal (qué socialista te queda esto) la explotación y esclavización de las minorías por las mayorías de intereses es una posibilidad más que probable. ¿Qué son, sino, los grupos de presión? ¿Qué nos ofrece tu nacionalísimo Estado contra la organización política de los individuos destinada a explotar a otros individuos? ¿La Constitución? Y si esa Constitución es enmendada o modificada por esos mismos grupos de presión organizados, ¿qué nos ofreces? Humo, como siempre.

42. Novena contradicción que Isidoro niega: Un trust no integrado

Isidoro es un dogmático visionario que, por la razón que sea, ha cogido un berrinche antianarquista y trata de aunar todas las objeciones posibles contra la defensa privada. En ocasiones, esas objeciones son simplemente incompatibles entre sí, de modo que o escoges unas o las otras. Pero Iracundo que es más chulo que un ocho, las mete todas juntas esperando que cuele.

En este caso, recordemos que Isidoro preveía que las empresas de seguridad privada se asociarían entre sí en una guerra contra los individuos a los que pretenden explotar. Pues bien, aquí, en cambio, sostiene que la defensa privada es imposible porque cuando las empresas tendrían que integrarse surgirían conflictos internos por los puestos de mando que terminarían con el acuerdo de integración.

Pues bien, si las empresas no pueden integrarse, tampoco podrán formar un trust que explote a los consumidores; el monopolio territorial sería imposible por integración y sólo quedaría abierto el enfrentamiento entre las distintas empresas.

Por tanto, según la visión isidoriana el trust de integración queda descartado como problema. Sólo la guerra serviría para edificar el Estado, pero entonces, ¿por qué los Estados mundiales no se enzarzan en guerras permanentes para constituir un monopolio mundial? ¿Simplemente porque ya tienen consolidados en su territorio a los individuos a quienes esclavizar? Entonces, ¿cómo es posible que permitan los movimientos de capitales, lo que reduce los asideros fiscales? ¿Cómo puede ser que durante el siglo XIX se permitiera la libre migración si ello reducía el número de esclavos de los Estados emigratorios? ¿Por qué un Estado emigratorio no declaraba la guerra a otro inmigratorio para conservar la clientela? Ah ya, que los Estados son buenos y las empresas malas.

En todo caso, la objeción de Isidoro es trivial. Recuerdo mi argumento: las empresas de seguridad pueden conformar una NUEVA empresa de defensa para proteger, a través de instrumentos pesados y más caros, a sus clientes. De este modo no tiene sentido hablar de exceso de generales, porque las empresas de seguridad no los utilizan. Sus áreas de interés son distintas: las de seguridad persiguen a los rateros, las de defensa a los portaaviones.

Y aun cuando hubiera generales, lo tienen tan sencillo como hacer un ajuste de plantilla. Isidoro no lo ve claro: Todo muy bonito, pero... ¿quién despide a quién? ¿El directorio?¿A quién preferirán unos y otros? Vamos a sistemas de mando rotativo o a problemas de disciplina serios. No digo que sean irresolubles con una buena diezma, el problema es si los mandos de esos militares la acordarían en el mismo sentido sin que ello repercutiese en la capacidad de mando estratégico del directorio. Eso es lo que yo, francamente, dudo.

Si hemos estado hablando todo el rato de defensa centralizada (las posibilidades de defensa descentralizada prácticamente ni las hemos contemplado), no tiene sentido que ahora me digas quién tomaría las decisiones. Las empresas de seguridad podrían nombrar un capitán general que reorganizara los distintos cuerpos de las empresas –siempre, recuerdo, suponiendo que las empresas de seguridad tuvieran cuerpos militares- manteniendo la eficiencia defensiva. ¿Qué las empresas podrían equivocarse al nombrar al capitán general? Claro, y también los Estados; o mejor dicho, mucho más los Estados, ya que al menos las empresas que se equivocaran podrían ser castigadas por los clientes.

De nuevo, con rascar un poco se cae la objeción.

43. Conclusión

En este largo post he tratado de responder a las objeciones que Isidoro ha ido planteando a la defensa privada. Cualquier lector mínimamente atento habrá podido comprobar la nula base de casi todas las críticas; en su inmensa mayoría su veracidad se basaba en tener fe en las afirmaciones de Isidoro (como él mismo reconoce en una muy sincera frase: No hacen falta pruebas de laboratorio para respaldar estos asertos sino simplemente estar de acuerdo con ellos).

A pesar de que, como digo, la mayoría de las objeciones tenían una edad mental entre preescolar y primaria, no creo que haya perdido el tiempo en refutarlas. Precisamente por su gran banalidad están muy extendidas en nuestra sociedad.

Más allá de la anecdótica respuesta a quienes confunden la bitácora con el bar y la reflexión con el amor propio, creo que pueden encontrarse razonamientos interesantes en torno al anarcocapitalismo.

No estoy diciendo, claro está, que todas las objeciones que puedan plantearse a la anarquía sean pueriles –digo que las planteadas aquí, por carecer de razonamiento, son pueriles-, y de hecho grandes pensadores minarquistas y anarquistas han dedicado profundas argumentaciones a criticar y refutar ciertos planteamientos libertarios.

Yo por mi parte me he limitado a explicar lo que a falta de mejor crítica (por no decir a falta de crítica) considero una alternativa a la defensa socialista: la creación de una nueva empresa financiada por las empresas de seguridad como un paquete adicional para los consumidores.

Esta no es la única posibilidad ni siquiera tiene por qué ser la mejor posibilidad. Es, tan sólo, la alternativa privada más parecida a una defensa minarquista que, no obstante, no caería en los problemas del cálculo económico socialista. Faltan por explorar sistemas de empresas de defensa pesada no participados por empresas de seguridad o incluso el amplio abanico de posibilidades que ofrece la defensa descentralizada. De hecho, en un mercado libre los tres sistemas competirían entre sí para asegurar la mejor defensa a los individuos.

Todo esto tampoco significa que el anarcocapitalismo sea un punto de no retorno. El Estado siempre puede volver a emerger, del mismo modo en que siempre puede volver a ser destruido. La discusión teórica sólo trata de demostrar por qué es mejor que no haya Estado, con independencia de que la mentira socialista pueda volver a imponerse en la sociedad.

En definitiva, mediocridades al margen, el debate continúa abierto.

Nuevas reflexiones sobre la defensa privada: Respuesta a Iracundo (V)

29. El negocio de la violencia

Retomamos un punto que ya hemos tratado ligeramente con anterioridad: la imposibilidad de que las empresas se pongan de acuerdo para resolver sus conflictos a través de un tribunal de arbitraje. Ya hemos comentado que para Isidoro el resultado lógico del mercado es que cada agencia proteja los intereses de su cliente con independencia del coste que ello suponga.

Así, si el cliente me paga una cuota de 1000 al mes y para declarar una guerra contra una empresa tengo que gastarme 1000000, según Isidoro ¡la guerra es la decisión racional para Isidoro!

Ya expliqué que esto es un disparate. Las agencias de seguridad necesariamente han de establecer un código de conducta que explicite qué acciones tienen sus clientes permitidas y cuáles no. El tribunal de arbitraje dilucidará los hechos y de acuerdo con los contratos cliente-agencia, la doctrina, la jurisprudencia y la equidad resolverá. Así, en buena medida, se creaba el derecho en la Roma republicana, por ejemplo.

Isidoro me acusa de olvidar el caso en que la agencia no ponga límites a las acciones de sus clientes, es decir, la agencia que está dispuesta a defenderlos hasta las últimas consecuencias. Esto obviamente es falso; en ningún momento he olvidado semejante posibilidad, ya que en mi análisis sí introduje la agencia belicosa o incluso el Estado belicoso (que a efectos prácticos equivale a la agencia que defiende cualquier comportamiento de sus clientes): Preteres por completo la situación en la cual las empresas de defensa dejan de pensar como lo haría el dueño de un ultramarinos (no me cansaré de diferenciar el producto que se oferta en este tema del de otros) y las condiciones del mercado en las que se basa la paz y la general soberanía del consumidor. En ausencia de orden; el ventajismo, la trampa y el daño a otros serían un negocio más, pero que abarcaría a mucha más gente que en su manifestación clandestina (mafia).

En realidad Isidoro me recrimina que no asuma que todas las agencias se comportarán de ese modo, lo cual no deja de ser una posibilidad, pero en absoluto necesaria. El problema de Isidoro es que, como ya he explicado, se empeña en tomar esa situación como único punto de partida posible para el anarcocapitalismo, mientras que lo considera un resultado bastante improbable para una situación estatista. La historia, sin embargo, evidencia que las guerras, y las guerras mundiales, no son en absoluto quiméricos estadios del caos estatista. Más bien al contrario, la guerra y el imperialismo han sido fenómenos acuñados por la acción del Estado.

En cualquier caso, es cierto que muchos individuos pueden asociarse empresarialmente para expoliar a otros individuos. Pero quiero reiterar varios hechos que ya he mencionado: la guerra es muy cara, por tanto la posibilidad de una agresión imperialista queda restringida a grandes grupos de personas con una renta media (por ejemplo, los fundamentalistas islámicos) o a pequeños grupos de personas muy ricas.

El primer caso es en cierto modo inevitable. Cuando hay masas enormes de población que quieren ir a la guerra, lo único que debe preocuparnos es cómo defendernos de esa agresión: si a través de un Estado o de un sistema de empresas competitivo. Lo que debe quedar claro es que el anarcocapitalismo ni promueve ni limita ese tipo de conductas (salvo quizá por una mayor eficiencia disuasoria de la defensa), ya que cualquier masa enorme de población belicosa acabará iniciando una guerra, haya Estados o no.

El segundo caso, no obstante, sí admite una cierta discusión. Puede pensarse que el Estado reprime a los ricos belicosos plantando ante sí enormes ejércitos que les disuaden de iniciar una guerra. Ciertamente es una posibilidad, pero en esta situación también caben dos más igualmente verosímiles: a) por un lado, que los ricos –y los menos ricos- sean expoliados por el Estado dado que son incapaces de defenderse, b) por otro, que los ricos sobornen a los políticos y se hagan con el control efectivo del Estado.

Son dos posibilidades reales que grosso modo todos podemos recrear en casos reales. La cuestión, por la tanto, es ¿acaso el anarcocapitalismo favorecería las cruzadas militares de los ricos?

Todo es posible, pero poco probable. La riqueza de los individuos en las sociedades capitalistas está relacionada con la propiedad sobre el capital de empresas productivas (muy pocos ricos tienen toda su riqueza –o la mayor parte de su riqueza- en forma líquida). Siendo ello así, iniciar una guerra contra sus clientes simplemente erosiona las bases de su riqueza, ya que disminuiría el valor de su propiedad; iniciar una guerra contra los no clientes, del mismo modo, generaría una mala imagen para muchos de sus clientes (¿se imaginan a Coca Cola lanzando misiles contra un barrio paquistaní porque beben mayoritariamente Pepsi? ¿Creen que la buena imagen de Coca Cola permanecería intacta entre sus clientes?) que igualmente disminuiría el valor de su propiedad.

De hecho, aun cuando los ricos financiaran la guerra con cargo a sus disponibilidades de líquido (por ejemplo oro), sus propiedades en acciones de empresas sufrirían, por lo que acabamos de comentar, una mengua enorme, de manera que el coste de la guerra sería mucho mayor. No sólo tendrían que considerar los costes directos de la financiación, sino además el coste derivado de la depreciación de sus acciones.

Para movernos en la estrecha racionalidad neoclásica, los ricos iniciarían una guerra siempre que el valor presente de los flujos de impuestos que esperan conseguir a través del control de poblaciones exceda el coste de la guerra, tanto en directo como indirecto. Algún empresario podrá considerar el movimiento rentable, pero ciertamente no parece que lo sea: los costes de la guerra son ACTUALES, mientras que los beneficios son FUTUROS.

Si tenemos en cuenta además que los ricos suelen ser gente capaz de rentabilizar enormemente sus inversiones, aplíquenle un descuento del 10% (rentabilidad bastante baja para ciertos ricos) a un flujo futuro. Por ejemplo, una unidad monetaria dentro de 10 años, con un descuento del 10%, vale hoy solamente 0’38. Y ello, suponiendo claro está, que la incertidumbre de cobrar los impuestos dentro de 10 años es equivalente a la de conseguir rentabilidades del 10%, lo que no será el caso para la mayoría de los ricos, ya que la rentabilidad está relativamente asegurada, mientras que los impuestos recaudados por conquista militar (con la población opuesta) son bastante inciertos.

Parece que la mayoría de los ricos, por racionalidad neoclásica, no iniciarán guerras de conquista. El negocio del capitalismo suele ser bastante más rentable que el de la conquista para quien sabe cómo actuar en el capitalismo.

Y todo ello sin considerar factores adicionales como que parte de la recaudación fiscal tenga que usarse para crear y financiar un Estado que controle a la población (de modo que los beneficios derivados de la recaudación fiscal no son netos) ni tampoco que pueda haber otros ricos con intereses en esas zonas (por ser sus clientes) que las defiendan.

De hecho, los ricos lo tienen mucho más sencillo actuando a través de sobornos a políticos que siendo accionistas o clientes principales de agencias de seguridad. En el primer caso no suele descubrirse el pastel; los ricos pueden presionar para que se impongan aranceles, impuestos o salarios mínimos “por el interés general”, mientras que en el segundo caso sí lo están.

El público necesariamente se preguntaría quién está financiando de manera voluntaria una determina agencia belicosa. Hoy la pregunta no tiene cabida: ¿quién financia la guerra del Estado X? Su población, ¿tiene otro remedio? Aparentemente no. Pero en una sociedad anarquista sí tienen otro remedio: pueden cancelar la suscripción. Así, los belicistas podrían ser anatematizados y marginados; también los ricos y sus empresas.

Casualmente Isidoro reconoce este punto: Hablas Rallo de los costes de las agencias, bien, ¿y que te parece si te digo que los costes bien podrían importarles poco? ¿Modo de que ello suceda? Ser estado. Tú no defenderías el que un estado sea responsable del gasto o que no despilfarre, se lo puede permitir: no obra de distinta manera quien tiene la soberanía, que es el peculiar “producto” que se provee en nuestro caso.

En efecto, con un Estado la violencia es casi un “almuerzo gratuito”, especialmente para los políticos y los grupos de presión. El único mecanismo que puede contrarrestar ligeramente la pulsión belicista del Estado es la perspectiva de perder las elecciones, pero esto supone un límite muy impreciso. Los políticos pueden haber decidido no volver a presentarse o, en todo caso, pueden haber sido sobornados por grupos de presión que les pagarán notables jubilaciones.

En una empresa, si un gerente inicia una guerra contra los intereses de los clientes, rápidamente los accionistas lo retirarán. No será necesario esperar cuatro años, en pocos días la moción puede ser aprobada (y precisamente por ello los gestores se cuidarán de empezar guerras ofensivas sin sentido).

Por tanto sí, Isidoro, tengo que darte la razón: el Estado puede imponer los costes de la guerra sobre otras personas y ello favorece el expansionismo y el imperialismo.

30. Cooperación y destrucción

Otra de las posibilidades planteadas por Isidoro para que una sociedad ancap degenerara en un nuevo estatismo, fue que las distintas empresas se repartieran territorialmente el planeta, constituyendo de facto un equilibrio monopolístico.

El argumento no dejaba de ser gracioso, ya que Isidoro sostenía más arriba que las empresas son incapaces de distinguir entre amigos y enemigos, de manera que difícilmente podrán colaborar en repartirse el mundo. En definitiva, Isidoro es especialmente proclive a localizar métodos de colaboración para extorsionar al consumidor, pero es muy reacio a creer que esa colaboración pueda darse para servir al consumidor (de hecho afirma incluso que esa colaboración es imposible).

¿Qué responde Isidoro ante esta doble vara de medir? Hay una diferencia palpable entre los efectos de la cooperación y los efectos de la agresión. Qué duda cabe de que la primera es maravillosa en contraste con la segunda pero... ¿cuánto se tarda en construir una casa y cuánto se tarda en destruírla? La diferencia existe. Tú pretendes que aceptemos el no-orden ancap en base a que podría constituir un equilibrio perfecto ajeno a toda coerción organizada verticalmente (ya sabemos cómo te gusta la coerción horizontal gangsteril de “si no nos contratas tú verás”) pero no estás dispuesto a aceptar el desastre en que ello devendría ante el más ligero desajuste.

Y tras decir esto se queda tan ancho. Veamos, ¿qué tiene que ver la diferencia entre construir y destruir una casa con el contraste entre tu tendencia irrefrenable a colaborar para la destrucción y tu imposibilidad manifiesta a colaborar en la defensa?

Si tú dices: “No compres gasolina que no sirve para arrancar los coches negros”, y al día siguiente añades: “Compra gasolina que te servirá para arrancar tu coche blanco”, puedes incurrir en una contradicción a menos que expliques cuál es la diferencia entre los coches blancos y negros. Tu explicación anterior es del tipo: “Hay una palpable diferencia entre el blanco y el negro, y parece mentira que quieras negarla. Qué duda cabe de que el negro es más elegante, pero se ensucia más rápido. ¡La diferencia existe! Tú pretendes que en tu mundo de fantasía el negro y el blanco sean el mismo color y que todo el mundo lo acepte, pero la naturaleza ha creado colores distintos”.

Esto, sin embargo, no explica por qué la gasolina sirve para los coches blancos y no para los coches negros. Una explicación convincente podría ser: “todos los coches negros son diesel”. Es decir, deberías encontrar una relación (causal o correlativa) que asocie los dos fenómenos (color y funcionamiento con gasolina).

Volviendo a tu respuesta inicial. Aquí tenemos dos fenómenos: colaboración de empresas y diferencia entre cooperar y destruir. Tú afirmas que las empresas sólo pueden cooperar cuando se trata de destruir, nunca de servir al consumidor defendiéndolo. ¡Y lo explicas diciendo que es más fácil destruir que producir! Pero en ningún momento la cooperación está relacionada con fenómenos sencillos, de hecho suele ser al contrario: los individuos colaboran para ejecutar las tareas más difíciles que individualmente no pueden alcanzar.

Simplemente has metido un párrafo entre medio para tratar de desviar la atención e introducir otro debate distinto al que manteníamos. Aun tienes pendiente explicar por qué la cooperación entre empresas es un fenómeno inexorable cuando se trata de atacar a los individuos pero, en cambio, es manifiestamente imposible cuando se trata de servirles.

Continuemos con la argumentación desviada de Isidoro: Yo sostengo, como resulta evidente, el que en un entorno de no-orden el bandidaje se convertiría en un negocio no sólo lucrativo, que ya lo es, sino en uno de los principales negocios. Resístete cuánto quieras a aceptar la naturaleza de la violencia, pero creo que muchos encuentran, como yo, simplemente evidente el que cuando alguien tiene la fuerza de su parte, sin coerción alguna de policía, podría generar su propia demanda de seguridad mediante la amenaza o la creación de paranoia colectiva a la que tiene acceso todo ente que administre violencia.

Como dices, la delincuencia ya es un negocio muy lucrativo en un entorno estatista; tu afirmación, con todo, va más allá: sería uno de los más lucrativos. Pero todo esto lo afirmas partiendo de la hipótesis discutible de que ninguna agencia se dedicaría a proteger del bandidaje. Y ello a pesar de que allí donde todo el mundo se dedica a una actividad, la diferenciación constituye una estrategia para lograr una mayor rentabilidad: si todo el mundo es atacado por unos bandidos, aquel que logre proporcionar un sistema para defenderse de esos bandidos aun ganará más dinero.

¿Qué por qué una persona debería dedicarse a defender a los individuos en lugar de atacarlos y quedarse con sus propiedades? Primero porque no existe una preferencia universal por expoliar al prójimo. Segundo, entre los propios individuos atacados existe una defensa germinal que un tercero puede complementar para, entre otras cosas, defenderse a sí mismo. Tercero, porque existen individuos y empresas a las que no les interesará –como ya hemos visto- que ciertos clientes o proveedores sean arrasados. Y cuarto, porque no necesariamente el negocio de la destrucción será más rentable que el de la producción.

Es cierto que el terrorismo asistemático resulta barato, ya que sólo pretende causar el mayor daño posible. Pero aquí estamos hablando de un terrorismo con afanes de conquista y expoliador. No se trata sólo de hacer daño, sino de conseguir un asentamiento permanente que logre expoliar día a día a una población hostil. Dependiendo de la resistencia de la población, el daño (la destrucción) que habría que practicar sería mayor, es decir, se necesitarían más medios destructivos (más costes) para acabar con la riqueza de esa sociedad (menores ingresos futuros). En otras palabras, cada destrucción adicional que fuera necesaria disminuiría la rentabilidad del expolio: en el límite, los bandidos eliminarían a toda la población y a todo el capital inmovilizado, por lo que sólo obtendrían las tierras y los bienes líquidos (oro y joyas). Este botín podría ser suficientemente atractivo para cubrir los costes directos (precio de las bombas y salario de los soldados agresores), pero podría no serlo para cubrir el coste de oportunidad (las cuotas futuras en concepto de provisión de seguridad que los individuos habrían pagado durante varios años y que ahora no lo harán).

Es decir, no necesariamente el negocio de la violencia será más rentable para aquellas empresas que sepan que pueden resultar contratadas, especialmente allí donde la resistencia de la población sea elevada.

Con todo, si el negocio de la violencia es el más rentable y ningún grupo humano está interesado racionalmente en defender a otro cuando puede expoliarlo directamente, el Estado tampoco constituiría una excepción. Para Isidoro, feligrés de la corte estatal, cómo no podía ser de otro modo, sí lo hace: Esas amenazas son posibles y se dan en los estados, pero el equilibrio entre éstos junto con los mecanismos políticos y judiciales de control del poder las limitan: ¿cómo sería sin limitación alguna? Es sencillo: con la fuerza... ¿por qué dialogar? Las empresas de seguridad no sólo tienen la puerta abierta para hacer el mal sino que sus clientes pueden pedir el mal.

Aquí tenemos de nuevo la falacia contractualista de la que ya hemos hablado. Tanto los jueces como los mecanismos políticos son partes del Estado y, por tanto, no constituyen auténticos límites a su expansión. La libertad no es objeto de protección, sino de disposición discrecional.

Por ejemplo, ¿cómo se protege la vida humana bajo un Estado? Primero, se redacta una Constitución donde se decide proteger ese derecho. Segundo, los órganos políticos derivados de la Constitución (como el Parlamento o el Gobierno) acatan la Constitución y aprueban una serie de leyes y reglamentos para perfilar la protección del derecho. Tercero, los jueces tutelan y vigilan el efectivo cumplimiento de la ley. Cuarto, la policía y las fuerzas armadas deciden someterse a la Constitución, las leyes, los reglamentos y las resoluciones judiciales.

En ninguno de estos cinco puntos existe la garantía de que el derecho a la vida vaya a protegerse ni que, de hecho, vaya a contemplarse como tal. Primero, la Constitución no tendría por qué contener ese derecho: es una decisión meramente arbitraria del poder constituyente (y quien dice la vida puede decir la propiedad privada, la libertad comercial, la libertad de expresión…). La existencia de Estado NO necesariamente deriva en una protección de al vida y la libertad de las personas; el Estado mínimo es un resultado posible pero no necesario de la creación del Estado (del mismo modo que el anarcocapitalismo pacífico y eficiente es un resultado posible de la abolición del Estado), pero nada nos permite asegurar que el Estado –el poder monopolístico- aceptará suscribir un pacto con la población para respetar sus derechos (y aunque lo haga nada nos permite asegurar que esos derechos sean auténticos derechos y no sus violaciones –por ejemplo: derecho a matar, a robar, a saquear, a restringir la libertad de expresión…

Segundo, aun cuando la Constitución contemple esos derechos, los políticos podrían no respetarlos y limitarlos, facilitando una novación constitucional (en buena medida así ha ocurrido con la Constitución americana) o bien la apertura de un procedimiento de enmienda. Nada garantiza que los políticos vayan a cumplir por ellos mismos los pactos suscritos a través de la Constitución: las garantías se nos presentan como internas, otros mecanismos del Estado (los jueces) promoverán que los políticos (otra parte del Estado) cumpla con los compromisos del Estado.

Tercero, aun cuando la Constitución y los políticos respeten los derechos suscritos (y estos derechos sean auténticos derechos), los jueces podrían decidir no tutelarlos (por ejemplo, declarando inocentes a los criminales). Así mismo, los jueces podrían hacer la vista gorda a las violaciones de la Constitución efectuadas por los políticos. De nuevo, es el juez quien arbitrariamente decide el ámbito de protección y tutela de los derechos individuales: nada garantiza que ese ámbito vaya a mantenerse dentro de sus justos límites en lugar de sentar las bases para la dictadura estatal. Sólo la voluntad de unos hombres que gozan de poder absoluto lo certifica.

Y por último, aun cuando todos los mecanismos del Estado funcionen correctamente, éstos se vuelven totalmente ineficaces si el poder militar y policial no se somete a sus órdenes. De nuevo, nada garantiza que la concentración de poder monopolístico que supone el ejército vaya a acatar constitución, ley o resolución judicial alguna. De hecho, siguiendo el planteamiento de Isidoro, ¿por qué el ejército no instituye una dictadura militar expoliadora si le resulta más rentable que la producción de la defensa? ¿Acaso no recaudarían más impuestos que los derivados del pago mensual de exiguos salarios? ¿Por qué no asistimos ante golpes de Estado continuados en Occidente si la naturaleza de la producción y de la destrucción es distinta?

La razón es que las bases de la estabilidad y de la libertad no se encuentran en el diseño de los mecanismos estatales. Esos mismos mecanismos aplicados en sociedades distintas fracasan rápidamente. ¿O acaso crees que es muy complicado violentar la separación interna de poderes cuando todos o una mayoría de sus participantes está de acuerdo en hacerlo? ¿Acaso es complicado nombrar jueces o tutelar políticos desde la cúpula militar? No, no lo es, pero como ya hemos dicho, existen una serie de instituciones subyacentes –que tú equiparas erróneamente al entramado estatal- que garantizan o refuerzan la defensa de la libertad.

Sin esas instituciones, el Estado aparece como lo que es: un arma de explotación de la libertad. Si hoy mucha gente no tiene esta percepción se debe obviamente a que esa explotación queda encubierta a través de prebendas y beneficios varios. Pero la lógica es la misma: redistribución de riqueza y restricción de la libertad bajo el manto del bien común.

31. La duración de la guerra y la externalización de los costes

Como ya he dicho reiteradamente en esta respuesta, un problema que tiene la defensa monopolística y compulsiva que caracteriza al Estado, es la desvinculación del coste con la acción. Los políticos pueden hacer que otros individuos (los contribuyentes netos) financien la guerra, lo cual incentiva el militarismo estéril. Si yo tengo que pagar la guerra, soportaré un elevado coste de oportunidad; si puedo realizar la guerra con cargo a la cuenta de mi vecino, no.

En la defensa privada, cada individuo tendría que costear las primas que cargarían sus empresas de defensa. Si consideran que la guerra emprendida es legítima y necesaria (porque ven peligrar su vida o su libertad) estarán dispuestos a gastar enormes sumas; si en cambio creen que se trata de una guerra estúpida, ofensiva e imperialista, simplemente se negarán a pagar las sobreprimas necesarias para financiarla.

Esto, en principio, nos permite afirmar que el pago directo de la guerra supone un límite inmediato a su continuidad y extensión; límite que no existe bajo un régimen estatista.

Pues bien, Isidoro, de nuevo, trata de darle la vuelta al calcetín: La guerra estatista indefinida es un imposible; los pueblos, incluso los más atrasados, han derribado siempre y derribarán a todo gobierno que les empuje a una guerra sin sentido y de desgaste sin fin. La guerra entre bandas y mesnadas mafiosas, como sabemos, es en cambio inacabable.

Primero, no se puede afirmar apodícticamente que cualquier decisión humana es imposible ni, tampoco, que dicha decisión no pueda reiterarse indefinidamente a lo largo del tiempo. Isidoro, ya lo hemos visto con suficientes ejemplos, hace afirmaciones arbitrarias no respaldadas en ningún razonamiento sólido. ¿Por qué es imposible una guerra indefinida? ¿Acaso los individuos no podría elegir pelear durante toda su vida? Y si PUEDEN elegirlo (no digo que sea probable, lo cual es otra cuestión) ¿por qué afirmas que es imposible?

Segundo, de nuevo nos encontramos con una nueva vara de medir. La guerra estatista –esa que se financia con el dinero ajeno- no puede ser indefinida; pero la guerra entre empresas –que se financian con cargo a su capital- sí puede serlo. De hecho, Isidoro no sólo afirma que PUEDE ser indefinida, sino que TIENE QUE ser indefinida. El estatismo produce necesariamente guerras finitas, y el anarcocapitalismo necesariamente guerras infinitas.

Tercero, también aquí vemos que los frenos que sirven para el Estado no sirven para las empresas. Los pueblos, dice Isidoro, aun cuando sean muy atrasados, terminarán derribando a sus gobiernos. En cambio, esos mismos pueblos no podrán derribar a las empresas que les oprimen (porque supongo que Isidoro estará asumiendo que las empresas privadas saquearán a la gente para financiar la guerra, ya que en caso contrario –si solo se financian vía contribuciones voluntarias- el derribo popular de las empresas sería aun más sencillo). En otras palabras, la gente no puede oponerse a una guerra entre empresas pero sí a una guerra entre Estados. Y este es un punto interesante donde deslumbra una nueva contradicción.

En teoría, Isidoro defiende el Estado porque constituye un monopolio de la fuerza capaz de imponer la voluntad última y de terminar con el ciclo de la violencia. Sin embargo, en este mundo descrito por Isidoro, las empresas son capaces de lograr una imposición de su voluntad más poderosa que los Estados, pues éstos pueden ser derribados y aquéllas no. Dicho de otro modo, según la ridícula cosmovisión isidoriana, las empresas serían un modo más adecuado de lograr la imposición de una voluntad última, ya que el Estado resulta en última instancia defectuoso. ¿Qué voluntad puede imponer un Estado si cabe la posibilidad de derribarlo? Y si ese Estado puede derribarse, ¿en qué sentido puede afirmarse que cierra el círculo de la violencia? Ante una decisión del Estado, siempre cabría la posibilidad de que la gente tratara de repelerla a través de la violencia. En realidad, pues, el Estado no sería el árbitro último, sino sólo un árbitro provisional que trataría de imponer sus opiniones a través del Ejército, mientras que las rebeliones populares serían instrumentos aptos para rechazar la voluntad última del Estado.

La rebelión sería el siguiente paso ante una decisión desagradable del Estado: el círculo de la violencia perduraría en un ciclo de golpes de Estado permanentes. Las dos partes de la controversia tratarían de devenir Estado y de imponer su visión.

En cambio, según tu planteamiento, las empresas sí pueden imponer a los pueblos una guerra indefinida, de modo que serían mejores árbitros últimos que tus Estados. Curioso.

La realidad, sin embargo, es muy distinta a este planteamiento sin sentido. Tanto Estados como empresas pueden caer en una guerra indefinida; ni la continuidad ni el fin de la violencia pueden predecirse a priori, son una decisión humana no determinable con anterioridad. Es cierto que un Estado en guerra permanente terminaría provocando muy probablemente (fíjate, Isidoro, que no digo necesariamente o es imposible que suceda de otro modo) un rechazo en su población, si bien este no es un planteamiento teórico, sino histórico (a la mayoría de la gente parece que no le gusta pasarse su vida peleando). Pero si esto es cierto de los Estados, tanto o más lo es con respecto a las empresas privadas.

Si asumimos que la gente sigue pagando voluntariamente a las empresas, el rechazo se manifestaría de manera muy sencilla: cancelando la suscripción.

Si asumimos que la gente paga porque las empresas les obligan a ello, la rebelión antiestatista que predice Isidoro también tendría aquí su cabida.

Cuarto, lo más gracioso del planteamiento de Isidoro, con todo, es que hasta aquí no tenía nada que ver con mi objeción. Ya ha sucedido con anterioridad; Isidoro no sabe responder a ciertas cuestiones y saca otros temas. Se da dos vueltas por Úbeda y sus cerros y regresa para despistar al lector. Tengamos presente que yo planteé que la restricción financiera de los consumidores y el coste de oportunidad que les supone financiar una guerra, supone un límite a su continuidad, límite que no existe en el caso de una agencia monopolística que externaliza coactivamente esos costes.

Pues bien, después de afirmar arbitrariamente que la guerra estatista indefinida es imposible (porque yo lo valgo) o que, como sabemos (¿quiénes?), la guerra privada es infinita, retoma la cuestión de la externalización de los costes: Los estados son ajenos a costes pero las empresas de defensa, finalmente, también lo serían por su simple asociación a colectivos de individuos que piden una determinada cartera de agresiones o puniciones que serían vasallos de facto de esas empresas inflexibles a las que acabarán confiando su lealtad. Producto diferente, producto diferente, producto diferente...

Qué tierno regreso a la infancia. Cada vez más los argumentos de Isidoro me recuerdan a los del niño enrabietado que se pone rojo como pavo, se hace un ovillo en una esquina y sólo repite que tiene razón. “Producto diferente” es una nueva letanía del minarquismo rojo, ese que nunca fue minarquista, pero sí escarlata.

En todo caso, aquí tenemos una nueva contradicción. Los individuos se convierten en vasallos de las empresas porque solicitan una cartera de agresiones, pero en cambio los ciudadanos de los Estados se opondrán a que estos prolonguen indefinidamente las guerras. Vamos, que a los vasallos les va la marcha y a los súbditos estatistas no. ¿Por qué los vasallos deberían aceptar la guerra indefinida y por qué los ciudadanos del Estado no? ¿Por qué los primeros no podrían rebelarse y los segundos no podrían hacer otra cosa?

Con todo, lo más gracioso no es esto. Isidoro parece no haber entendido cómo los Estados externalizan los costes de la guerra. Primero, un impuesto es un pago coactivo sin contraprestación específica: es decir, cada ciudadano paga a) por la fuerza, b) a cambio de nada. No se puede actuar marginalmente a través del Estado: tu contribución no está asociada a ninguna cartera concreta de servicios. Pagues más o pagues menos tendrás idéntico derecho a unos servicios genéricos.

En muchos casos (contribuyentes netos), la gente puede considerar el pago excesivo para la utilidad que le prestan los servicios que recibe, pero no tiene otro remedio a seguir pagándolo. En el caso de la guerra de los Estados, tú pagas impuestos a) quieras o no, b) para financiar una pluralidad de servicios aparte de la guerra.

En las empresas privadas, en cambio, pagas a) porque quieres, b) para financiar la guerra. En otras palabras, puedes comparar si tu dinero se está gastando bien o no y si te reporta los beneficios deseados. En caso de que no sea así, cancelarías la suscripción.

Tú, en cambio, sostienes que la gente se adheriría a una empresa por lealtad. ¿Y? ¿Qué tiene ello que ver con la externalización de costes? Lo cierto es que los clientes siguen soportando los gastos de la guerra mientras quieran, se base ese querer en la lealtad, la astrología o la fría estrategia calculadora. Las empresas no externalizan los costes, porque en el momento en que quienes pagan, porque quieren y para recibir el servicio de seguridad, dejen de querer financiarlas, se quedarán sin fuentes de financiación.

32. Epistemología iracunda: tengo razón porque sí

¿Saben qué es meter el dedo en la llaga? Básicamente lo que hago con Isidoro cada vez que le recuerdo su falta absoluta de razonamientos lógicos para respaldar sus afirmaciones que, por ausencia de estos, se vuelven gratuitas y arbitrarias. Si leemos con un medio detenimiento a Isidoro veremos que abundan las expresiones del estilo “es evidente”, “ya se sabe”, “resulta indiscutible”, “es razonable”, “no cabe duda”… pero ninguna de ellas está mínimamente probada. Se apela a un supuesto juicio superior, el debate, para Isidoro, está zanjado desde el principio, todo consiste en buscar las tretas para tratar de refrendar la verdad revelada.

Ya se nos ha dicho que el Estado es mucho más razonable que la anarquía. ¿Que por qué la guerra indefinida es imposible con el Estado? Pues porque la gente se rebelaría. ¿Que por qué es inexorable en la anarquía? Porque la gente no podría rebelarse. ¿Y cuál es la diferencia? Que existe el Estado, y así se resolvería todo. ¿Y en su ausencia? Caos. ¿Por qué? Porque sí. El Estado es una perspectiva razonable.

¿Por qué el Estado mínimo que supuestamente defiende Isidoro es una perspectiva realista –cuando no se ha dado jamás en la historia- y la anarquía no? Porque es más realista pensar en términos estatistas. ¿Por qué? Porque sí, para Isidoro es autoevidente y no es necesario tratar de demostrarlo.

Todo cuanto desborda sus pretensiones militaristas y centralistas es tildado automáticamente de descabellado. No importan los argumentos, porque las ideas preconcebidas prevalecen en cualquier caso.

Así las cosas, le pedí que demostrara que sus predicciones catastrofistas sobre la anarquía son ciertas. La respuesta de Isidoro es de una atónita sinceridad; simplemente no puede demostrarlo: ¿Pruebas? Dame pruebas de alguna ley económica y yo te daré pruebas empíricas de la anarquía ancap. Tan imposible es lo primero como lo segundo. Pero si a pruebas llamas el mero razonar, creo estar siendo bastante razonable al margen de que esté en desacuerdo contigo: astronauta ancap y gurú de la verdad absoluta de quiénes adoran el no-estado.

Primero, si no puedes demostrar tus afirmaciones, ¿con qué base discutes? Ah ya, tertulia de café. Si ya te dije que era lo tuyo.

Segundo y más importante, hasta donde yo creía, eras seguidor de Mises en epistemología. Por supuesto, todo el mundo puede cambiar de ideas, aunque me temo que para cambiar primero deberías haber manejado y conocido en algún momento la epistemología miseana. No puedo quedarme más que asombrado de que sigas a Mises y luego afirmes que demostrar una ley económica es IMPOSIBLE.

Te voy a copiar un breve texto de Mises extraído de su libro “Epistemological Problems of Economics” que supongo que será lo primero que lees sobre la epistemología de este autor: “La ciencia de la acción humana que trata de obtener un conocimiento universalmente válido es el sistema teórico cuya rama más desarrollada hasta el momento es la economía. En todas estas ramas, esta ciencia es a priori, no empírica. Como en la lógica y en las matemáticas, no se deriva de la experiencia; es anterior a ella”.(…) “Como seres humanos que actúan y piensan, aprehendemos el concepto de acción. Y al aprehenderlo, aprehendemos simultáneamente conceptos relacionados como valor, riqueza, intercambio, precio y coste. Todos ellos están necesariamente implicados en el concepto de acción, junto con los conceptos de valoración, escala de valores e importancia, escasez y abundancia, ventaja y desventaja, éxito, beneficio y pérdida. El desarrollo lógico de todos estos conceptos y categorías como una derivación sistemática del concepto de acción y la demostración de las relaciones necesarias entre ellas, constituye la primera tarea de nuestra ciencia. La parte que trata de la teoría elemental del valor y los precios sirve como punto de partida de la exposición. No puede caber duda alguna del carácter apriorístico de estas disciplinas.” (…) Una proposición de una teoría apriorística nunca puede ser refutada por la experiencia. La acción humana siempre se enfrenta a una serie compleja de fenómenos que primero deben ser analizados e interpretados por la teoría antes de que puedan situarse en un contexto de una hipótesis y de que puedan ser aceptados o rechazados.

Esto es Mises y su epistemología. No lo cito como una voz autorizada, sino para poner de nuevo tus contradicciones de manifiesto.

¿Me pides que te pruebe una ley económica? Encantado: la utilidad marginal decreciente. Cada nuevo medio homogéneo desde el punto de vista del actor se dirige ex ante a satisfacer necesidades cuya utilidad cada vez es menor. ¿Otra ley? La ley de la demanda: un incremento del precio hace que la cantidad demanda de un mismo producto sea menor de lo que habría sido. ¿Contento? Ahora demuéstrame tú que tus predicciones sobre la anarquía son ciertas y que no son fruto de una cierta euforia etílica. Ah, ¿qué es imposible según ya has admitido? Pues ahí quedan la calidad de tus argumentos: a la altura de naderías sin fundamento alguno.

33. Convicciones e instituciones

Como hemos visto, una de las muchas arbitrariedades en las que cae Isidoro es en suponer que la sociedad estatista resistiría los embates totalitarios mientras que la anarquista necesariamente caería en ellos.

Como ya dije, las mismas convicciones que podrían existir en el estatismo podrían estar presentes en la anarquía. La razón es que las convicciones liberales no tienen que ver con la estructura estatal vigente; más bien ésta última es un resultado de las convicciones.

Así, un Estado mínimo sostenible a lo largo del tiempo, lo sería debido a que la mayoría de la gente cree en la conveniencia de ese modelo: de un ámbito político extremadamente restringido. En caso contrario, cualquier Hitler o Stalin podría tomar el poder y reprimir a la población; sometiéndose a la ley y reformándola o simplemente transgrediéndola desde un principio.

Si hay que confiar en la permanencia del Estado mínimo –como nos pide Isidoro- será porque la gente se resistirá ante el alzamiento de un dictador que intente ampliar los poderes del Estado, esto es, será porque existan unas convicciones marcadamente antiintervencionistas.

Isidoro, obviamente, no puede aceptar esto, ya que si esas convicciones son la base última que sustenta a cualquier régimen político, también podrían servir para sustentar la anarquía. Nos dice: Las convicciones se acompañan de instituciones características. Sin instituciones políticas, esto es: colectivas, es imposible que la convicciones se canalicen de una manera efectiva o se puedan defender efectivamente contra los enemigos organizados. Nunca se detuvo a un agresor con una desnuda elocuencia comprometida en lo ético sino con la fuerza: EL PODER PARA LA RAZÓN. No hay valores que valgan sin instituciones y no hay instituciones sin valores (ya “buenos” o “malos”).

Aquí Isidoro cae en nuevas contradicciones. Primero, si las convicciones son la garantía última, el seguro de vida del Estado, no tiene sentido introducir a las instituciones estatales como requisito efectista de las convicciones. Y es que, bajo este reducido esquema mental, si las instituciones estatales se corrompen, las convicciones se vuelven ineficaces. Por ello, un Estado mínimo que por error encumbre a un totalitario al poder, desaparecería ipso facto: dado que el dictador controlaría las instituciones estatales, las convicciones del pueblo dejarían de “canalizar de una manera efectiva” la resistencia y serían inútiles. El Estado sería un circuito cerrado que conferiría poder absoluto sobre el pueblo. ¿Garantías de viabilidad del minarquismo? Ninguna: la falsa esperanza de que todo irá bien porque sí.

Segundo, Isidoro dice que los valores no valen sin instituciones, pero que las instituciones no existen sin valores; ergo, las instituciones son inútiles. Y es que, en principio, si las instituciones son un posterius de los valores, éstos tendrán alguna utilidad (a saber, la posibilidad de engendrar las instituciones) aun en ausencia de instituciones. Quitarles la utilidad a los valores sin instituciones es equivalente a decir que cualquier subproducto suyo (por ejemplo las instituciones) es también inútil.

Tercero, Isidoro olvida la existencia de instituciones tan vitales como el lenguaje, el dinero o el derecho que no han sido creadas por el Estado, sino que son anteriores a él. De hecho, estas instituciones espontáneas no necesitan de estructuras estatales para nacer y desarrollarse y, en la mayoría de los casos, el intento de control estatista llevará a su progresiva degeneración (el caso de la moneda y el crédito es muy ilustrativo).

El problema de Isidoro es su desenfrenada pulsión intervencionista, que le lleva a creer que el Estado es necesario para el funcionamiento de cualquier proyecto colectivo: Yo te puedo decir, es más, te puedo asegurar que en el pretendido mundo ancap las instituciones de coerción no existen y como yo sostengo que los remedos de ejército que pudiesen surgir en dicho desorden acabarían por imponer el orden o serían patéticamente inútiles frente a los organizados ejércitos agresores puedo asimismo asegurarte que los valores que pudieran existir en el desorden serían indiferentes al no poder ser canalizados.

En ausencia de Estado, la acción colectiva es imposible; ergo, el Estado debe proporcionar coactivamente los bienes públicos necesarios para el ser humano. El problema de estas teorías (lo que Olson llamó “la paradoja de la acción colectiva”) es que se basan en visiones muy reduccionistas del ser humano –como el paradigma del homo economicus- incapaces de comprender las relaciones praxeológicas entre fines y medios. Existe la posibilidad de crear mecanismos de coordinación no coactivos (las instituciones espontáneas a las que nos hemos referido son un ejemplo ilustrativo) para llevar a cabo las acciones colectivas necesarias.

No deja de resultarme gracioso que Isidoro quiera fundamentar la resistencia antitotalitaria de la población en estructuras estatales; como si las rebeliones, los alzamientos o los linchamientos de tiranos fueran ejemplos de impecable coordinación estatal. En estos casos, el lenguaje y el ajuste mutuo juegan un papel infinitamente más importante que el Parlamento, las leyes o los reglamentos.

Las pruebas que Isidoro trata de esgrimir para mostrar que sólo los valores dotados de poder estatistas triunfan es simplemente pueril: En definitiva: en toda época y lugar están presentes todos los valores imaginables, pero eso no significa que sean en toda época principales, hegemónicos o siquiera defendibles.

Por supuesto, los valores liberales siempre han estado más o menos presentes en la sociedad y nunca han triunfado. Pero ello no se debe a que no hubieran tomado el poder del Estado, sino a que eran minoritarios en la sociedad. El hecho de que el minarquismo no haya triunfado jamás no se debe a no haber controlado las instituciones estatistas, sino a que nunca ha sido realmente predominante. O dicho de otro modo, que no todos los valores hayan triunfado siempre no prueba que sólo los valores situados en la cúspide del poder sean valor útiles o viables, sino que sólo los valores hegemónicos conforman la convivencia social, sea a través del Estado o no; la acción colectiva no requiere del Estado, sino de una colectividad suficiente.

Esta idea de Isidoro, con todo, nos sirve para constatar su mentalidad constructivista: sólo aquellos valores que dirigen el Estado, que se imponen por la fuerza, tienen influencia alguna en la sociedad. Las convicciones sociales deben actuar mediante el Estado para ser efectivas, la persuasión, la presión o el ajuste mutuo no sirven. Sólo la fuerza es capaz de dotar de moralidad al hombre.

Aun así, sinceramente, la prueba definitiva de que Isidoro tiene razón nos la da él mismo: No hacen falta pruebas de laboratorio para respaldar estos asertos sino simplemente estar de acuerdo con ellos. Genial: para que un aserto sea verdad sólo tienes que estar de acuerdo con él. No hace falta demostrar nada, sólo tener fe y recurrir al dogma. Tienes la lección bien aprendida.

Pero, sigamos el rocambolesco planteamiento de Isidoro, a saber, que la coordinación de la defensa sólo puede llevarse a cabo a través del Estado. En otras palabras, sólo el Estado puede ejecutar una acción bélica exitosa. ¿Qué le ocurriría entonces al Estado mínimo si las estructuras coercitivas se totalizaran? ¿Podría la gente resistirlo o debería plegarse ante ese hecho? ¿A través de qué mecanismos podrían defenderse si han sido expulsados del ruedo estatal?

Y lo que es peor para el planteamiento de Isidoro, si el ejército es el garante último del Estado y de la defensa de la población y, según tú, no existen incentivos para que nadie defienda a otro mientras pueda expoliarlo de manera mucho más rentable, ¿por qué el ejército de un Estado mínimo no se totalizaría para explotar más severamente a su población? (recordemos que ésta no puede reaccionar porque, según tú, sólo las instituciones coercitivas cuentan y éstas están tomadas por el Estado).

En definitiva, recapitulemos el argumento de Isidoro:

a)      Sólo el Estado ofrece una defensa eficaz.

b)      Las convicciones sólo son efectivas a través del Estado.

c)      Conclusión: cualquier convicción que llegue a controlar el Estado no podrá ser rechazada por la población, ya que sólo será efectiva la convicción del Estado frente a las de la población.

Si unimos c) a otro de sus supuestos anteriores:

d)      El negocio de la destrucción es siempre más rentable que el de la defensa; cualquier persona con más poder que otra preferirá esclavizarla y expoliarla antes que cobrarle una cuota por defenderla frente a otros agresores.

Así, tenemos que las convicciones expoliadoras del ejército siempre prevalecerán sobre las opiniones liberales –e irrelevantes- de la población. El ejército simplemente no estará dispuesto a defender a la población a cambio de un salario mensual si puede explotarla y esclavizarla; y la población, por c), no podrá hacer prevalecer sus convicciones frente a las del ejército. En definitiva, el Estado mínimo que defiende Isidoro es imposible.

Isidoro contempla un supuesto adicional más tarde: que la población se organice formando otro Estado a través del que poder actuar colectivamente y defenderse. Luego analizaremos la consistencia de esta afirmación.

34. Quinta contradicción que Isidoro niega: la violencia en la conformación del monopolio

Nuevamente Isidoro sostuvo dos tesis contradictorias. Por un lado, que en una sociedad anarquista las empresas terminarían integrándose en un trust (algo así como el monopolio único marxista) y conformando un monopolio de la violencia y, por otro, que ese proceso sería sanguinario (el ciclo imperialista y demás). Obviamente no pueden darse ambos fenómenos: si se llega a un acuerdo colusorio (trust) no habrá guerras empresas y si hay guerra será que no se ha alcanzado acuerdo o que se ha roto.

¿Forma de salir del enredo? Diciendo que cuando habló de violencia y guerra no se refería a guerras entre empresas, sino a guerras entre el monopolio y la población: El trust materialmente nunca existe, es imposible: hay mercado negro siempre. El trust que aparece en el caso analizado habría de pugnar con todos los que no conviniesen en adherirse. No ha lugar el, de repente, contraponer trust y guerra. El trust es un mero nombre para denotar una intención: unificar la extorsión-defensa bajo un determinado mando. En dicho sentido trust y guerra van de la mano sin ser en caso alguno antagonistas. Contradicción inventada...

Isidoro nuevamente tiene que desviar el tema para salvar sus contradicciones. Es como si yo digo: “A puede golpear a B en el momento X o puede no golpearle, pero no puede golpearle y no golpearle al mismo tiempo X. Y tú respondes: No, B puede ser golpeado y no golpeado al mismo tiempo. Es simple: A no le golpea y C le golpea.”

Por supuesto que podría haber violencia al margen de los acuerdos alcanzados entre las empresas, tanto violencia interna (la población) como externa (de otras agencias que no participan en el trust), pero esa violencia es INDEPENDIENTE al proceso de formación del Estado. La población siempre puede levantarse contra el Estado y otros Estados siempre pueden intentar conquistarlo; pero ello con irrelevancia de que se esté formando el Estado (trust) o no.

Y aquí hallamos una nueva contradicción de Isidoro, si el trust materialmente nunca existe, es imposible, entonces el Estado no puede considerarse como un monopolio de la violencia, sino como un intento continuado por lograrla. Tú mismo reconoces que el trust es el estado de facto. Pero entonces, si el trust está asociado directamente con la violencia (especialmente, según tú, con la violencia interna de resistencia), ¿en qué sentido puedes afirmar que el Estado termina con el ciclo de la violencia? Sólo terminará con ella cuando la población decida voluntariamente someterse al Estado, pero de nuevo, esto no tiene NADA que ver con la configuración de una estructura estatal concreta, sino con las convicciones hegemónicas en la sociedad (¿debemos aceptar el Estado de bienestar? ¿son tolerables los impuestos? ¿la expropiación forzosa es necesaria para la construcción de carreteras?) que tú mismo has tildado de irrelevantes mientras que no se coordinen con el Estado al que, en teoría, deberían enfrentarse.

Por supuesto, puedes intentar conciliar esta contradicción diciendo que el Estado construye los mecanismos para dar participación a las distintas convicciones y que, desde esa perspectiva, las convicciones sí quedan coordinadas por el Estado y éste termina con el ciclo de la violencia (el cambio de gobierno tranquilo).

Pero, de nuevo, esto SÓLO será así si las convicciones mayoritarias aceptan que el mecanismo de participación estatista es legítimo y conveniente. En otro caso, la gente se seguirá levantando contra esos mecanismos y el Estado, per se, no pondrá fin a ningún ciclo de violencia: será sólo un estadio más.

Para solventar todo esto, Isidoro tiene que suponer que cualquier rebelión interna tiene lugar a través de la conformación de otro Estado, pero ello sólo nos abre nuevas contradicciones. 

35. Sexta contradicción que Isidoro niega: Cómo lograr que las convicciones prevalezcan

Recapitulemos el argumentario isidoriano. El Estado es bueno porque pone fin a la violencia, en su ausencia tenemos una guerra permanente. El trust es un proceso de conformación del Estado y está asociado a la guerra porque hay gente que se opondrá a su consolidación.

Problema: Si se entiende el trust como un proceso de nacimiento del Estado que resulta violento porque la gente se opone a él, entonces cualquier oposición interna al Estado resultará igualmente en violencia y ello significará que el Estado no sirve para poner fin a la violencia. Sólo las convicciones de la mayoría de la población serán las que decidan si un Estado permanece o desaparece, y ello sin necesidad de introducirse en las instituciones del Estado, ya que son un prius.

Si esto es así, entonces las convicciones no necesitan del Estado para coordinarse y pueden del mismo modo controlar las derivas totalitarias de un sistema de libre empresa. Pero esto no puede ser admitido por Isidoro, quien ya sentenció contradictoriamente que los ciudadanos sí pueden defenderse pero los clientes no.

Solución aparente propuesta por Isidoro: Las convicciones pueden rebelarse contra el Estado mediante la creación de un nuevo Estado interior: Los clientes pueden evitar que sus empresas les opriman del mismo modo en que lo evitarían frente a un estado; constituyendo una oposición política organizada, esto es: darse a sí mismos un órgano ejecutor, un órgano de compulsión (…) Una clientela que prevee el trust, como he dicho, se organizaría como ente coercitivo: estado. Un trust que aspira a dominar el mercado de la soberanía o a ganar una guerra imposible sin dirección única se organizaría como un ente coercitivo: estado. Así de fácil.

El problema es que esto choca de lleno con la definición de Estado. Hemos dicho que el Estado es el monopolio territorial de la violencia: nadie más puede ejercer la violencia sistemática sobre un territorio. Así mismo, has afirmado que sin instituciones estatales las convicciones nunca podrán defenderse frente a enemigos organizados; esto es los ciudadanos sólo pueden acabar con un Estado opresor si se organizan de manera centralizada y coercitiva.

Pero la constitución de un Estado dentro de otro Estado ¡negaría la naturaleza del segundo! Si puedes organizar un nuevo Estado es que no existía un auténtico monopolio o, mejor dicho, que el antiguo monopolio ha dejado de serlo. Y si el Estado puede dejar de ser monopolio de la violencia, ¿cómo va a poner fin al círculo de la violencia? ¿Por qué iba a ser un árbitro último y no sólo un obstáculo para su continuación?

De hecho, y esto es lo más curioso, la garantía última de la libertad no se encuentra en el Estado, sino en la supresión del Estado (esto es, del monopolio de la violencia). En última instancia, la libertad sólo queda garantizada por la posibilidad de repudiar el Estado, de quitarle la condición de árbitro último y de seguir con el ciclo de la violencia.

Tú asumes alegremente que este proceso sólo puede realizarse creando un nuevo Estado interior; esto es, un mando centralizado y coercitivo. Pero evidentemente esto es una afirmación puramente arbitraria. Por lo general, incluso los Estados, tienen un núcleo de adhesión voluntaria, ya que en caso contrario nos hallaríamos ante estados unipersonales. Las rebeliones, del mismo modo, muy rara vez surgen de la esclavización de un ejército entero por parte de una sola persona; más bien hay una confabulación entre un grupo de personas que convencen a las restantes para que se levanten contra la opresión del Estado.

El hecho de que durante la rebelión se pueden producir episodios estatistas (por ejemplo, que el ejército voluntario expolie a la población que reside en las áreas que va conquistando) ya es un añadido que en absoluto demuestra su necesidad. De hecho, si la rebelión inicial se produce con éxito a través de la libre voluntad de las partes, no puede concluirse que el éxito de la rebelión depende de la coacción.

Más bien cabe pensar que el éxito de al rebelión sólo dependerá de la coacción cuando ésta aspire a convertirse en un nuevo Estado, esto es, a someter y subyugar grupos sociales opuestos a la rebelión. Pero esto sólo demuestra que todo Estado se basa en la coacción, no que las rebeliones antiestatistas necesiten de la coacción y de su conversión en un Estado.

En definitiva, las convicciones sí tienen importancia al margen de su participación activa en el Estado. La dirección única, como ya hemos visto detalladamente, no requiere de coacción (los trabajadores de una empresa están sometidos a dirección única a través de contratos voluntarios). Los individuos pueden coordinarse (o confabularse) sin necesidad de una superestructura estatal que los tutele y dirija y, por tanto, el criterio de que sólo a través de la coacción puede triunfar una rebelión, es erróneo.

Nuevas reflexiones sobre la defensa privada: Respuesta a Iracundo (IV)

23. Cuarta contradicción que Isidoro niega: la disuasión

Recordemos que Isidoro beatificó las guerras entre Estados porque su fuerte potencial destructivo disuadía de que los Estados quisieran recurrir a guerras. Recordemos sus palabras: el potencial destructor al que llegaron las naciones obtuvo finalmente un logro de la humanidad: la disuasión de la mutua destrucción asegurada.

Sin embargo, cosas de la vida, después de esto, negó que la disuasión pudiera funcionar en el caso de las empresas privadas de seguridad, aun cuando él mismo había asegurado que las guerras entre empresas serían más sangrientas que entre Estados: No sé si sabrás, Rallo, que una ciudad bajo ataque en el que existan no ya dos, sino tres o cuatro facciones en liza tiene tradicionalmente la desgracia de convertirse en lo más parecido a una carnicería. Una guerra entre señores de la guerra con medios contemporáneos sería, en ese sentido: brutal.

Huelga decir que no estoy de acuerdo en este último comentario, pero la contradicción parece evidente. De nuevo sacamos a relucir las dobles varas de medir: el Estado es bueno porque sus guerras son menos destructivas que las de las empresas privadas. El Estado es bueno porque sus guerras son suficientemente destructivas porque permiten disuadir al enemigo, a diferencia de las guerras entre empresas privadas.

O una cosa o la otra Isidoro. O las empresas son más destructivas y, por tanto, disuadirán más que los Estados, o los Estados son más destructivos y, por tanto, sus guerras serán más cruentas.

Sin embargo, Isidoro no desiste en su intento de cuadrar el círculo: Hay una diferencia tangible entre la violencia sin medida aplicada en todas direcciones y la agresión organizada. La primera trae siempre crueldad sin cuento y la segunda puede traerla. La violencia en todas direcciones, la lucha esquizofrénica de facciones, no disuade en absoluto a nadie: nos dice más bien que nos unamos a la locura (ejemplo claro el de las bandas juveniles: o te unes a una o disponte a desaparecer).

La improvisación sobre ideas preconcebidas va alcanzando límites insuperables. La disuasión es un mecanismo mental que opera ex ante al inicio de la agresión; una persona es disuadida cuando la previsión del resultado le hace repeler el riesgo de que se produzca. Si yo sé que una guerra entre empresas producirá una violencia esquizofrénica, intentaré evitar formar parte de esa guerra. El hecho de que las bombas atómicas destruyeran indiscriminadamente al enemigo de una forma cruenta y esquizofrénica –dada su incapacidad para distinguir entre militares y civiles- no significa que no significa que su tenencia no fuera un mecanismo disuasorio: la posibilidad de una guerra nuclear reprimía la tentación de iniciar la agresión.

Me temo que Isidoro, conscientemente o no, confunde disuasión con represalias. En efecto, las represalias sólo tienen éxito (vengar una agresión pasada y prevenir una futura) cuando son organizadas. Si no puedes controlar la ocurrencia de esas represalias, obviamente no hay incentivos para ceder, puesto que la cesión no asegura el fin de las represalias incontroladas.

En este caso, si el escenario descrito por Isidoro para las guerras entre empresas fuera cierto, sí sería cierto que las represalias perderían eficacia en una sociedad anarquista. Sin embargo: a) ya expliqué más arriba como es posible crear una cadena de control durante las guerras para evitar saqueos y acciones indiscriminadas, b) esto no quita que Isidoro se esté contradiciendo: si las guerras entre empresas son más salvajes, entonces la disuasión operará más en una sociedad anarquista que en una estatista (con independencia de que las represalias pierdan o no utilidad).

¿Qué argumento proporciona en contra a este razonamiento? Pues simplemente que las compañías de seguridad están afectadas por una especie de locura y que no existen incentivos para terminar las guerras en ausencia de Estados: El problema no es sino el número de contendientes y su nula cohesión. Los múltiples bandos así como una violencia rayana en lo inhumano no disuaden sino que incitan. Un grupo poderoso, llamémosle estado, no necesita, aunque las haga, cometer atrocidades para disuadir precisamente en base a su poder. ¿Cuál es la perspectiva de una banda juvenil de un barrio de Los Ángeles? ¿Nula? Ningún bando puede destruir a los otros, simplemente disputan incansablemente por el control de éste o aquel lugar importándoles nada el que el conflicto sea continuo.

Afirmaciones completamente gratuitas. Primero, Isidoro ya establece que habrá muchos contendientes, cuando esto no tiene por qué ser el caso. Todo dependerá de la configuración histórica que se adopte por los consumidores; quizá tengamos una empresa o quizá 400. Imposible de determinar a priori. Segundo, que haya muchos contendientes no significa que no puedan estar cohesionado, como si las alianzas o las integraciones no fueran posibles. Tercero, la comparación de una empresa de seguridad con una banda juvenil es simplemente ridícula, especialmente sin con ello pretendes argumentar que tendríamos tantas empresas de seguridad como bandas juveniles. Si yo te digo que quien secuestra a una persona tiene una entidad similar al Estado inglés, supongo que te parecerá fuera de lugar. Cuarto, un grupo poderoso, en efecto, no necesita cometer atrocidades; de ahí que las empresas de seguridad (que no tus bandas juveniles) puedan disuadir sin cometer atrocidades, porque te recuerdo que las empresas de seguridad pueden ser grupos poderosos. Quinto, asumes a priori que ningún bando podrá destruir a otro, cuando esto no tiene por qué ser cierto; pontificas sobre unos hechos que pueden perfectamente tener una configuración distinta a la que describes. Sexto, aun cuando ningún bando pudiera destruir a otro, lo cierto es que, en este caso, se tendería a alcanzar una situación de paz entre los contendientes para evitar unos ulteriores costes de la guerra que no se verán correspondidos con beneficio alguno (dado que ningún bando puede ganar al otro). Algo muy similar sucede con los Estados; puesto que no van a destruirse entre ellos para no obtener ningún beneficio tangible, se termina imponiendo una coexistencia pacífica; por ejemplo, UK y España podrían iniciar una guerra por Gibraltar, pero las perspectivas de destrucción son tan enormes para un beneficio tan exiguo, que prefieren reconducir el conflicto por la vía diplomática. Exactamente esto podría suceder con las empresas de seguridad.

El otro gran argumento de Isidoro, como ya hemos dicho, pasa por la falta de incentivos para lograr la paz en ausencia de Estados: En cualquier caso nos movemos en un mundo de conflicto perpetuo en el que nadie disuade a nadie porque no hay nada seguro ni una conducta definida que uno pueda seguir para conservar no ya la libertad sino la propia vida: el terror.

Fijémonos en que el conflicto perpetuo es el punto de partida -y no de llegada- del análisis de Isidoro. La libertad y la vida son imposibles porque hay conflicto perpetuo y como la libertad y la vida son imposibles la paz no es alcanzable, ergo hay conflicto perpetuo. Es la magia de los razonamientos circulares y de las ideas preconcebidas.

24. Guerra perpetua

El razonamiento de Isidoro también asumía que la guerra entre agencias iba a ser necesariamente más larga que la guerra entre Estados. Yo le respondí que ello no tendría por qué ser así, dado que las agencias comprometen sus propios recursos, mientras que los Estados comprometen los ajenos. En otras palabras, si yo soy director de una empresa de seguridad cuyo sueldo depende en parte de un paquete de acciones, no estaré interesado en largas guerras que hagan descender su cotización. En cambio, si soy político me resulta indiferente la situación financiera en que se haya el Estado después del conflicto, ya que normalmente habré abandonado el cargo.

 Isidoro, de nuevo, recurre a la fe estatista: No veo por qué un estado democrático con unas instituciones liberales o simplemente no socialistas o nacionalistas agresivas va a desear un marco de guerra absurda o guerra continua. En “el ámbito privado” la guerra puede ser continua porque la expansión del negocio de la extorsión es un incentivo demasiado atractivo como para parar de agredir al vecino que no se avenga a “contratar”.

La técnica de Isidoro es la de siempre: “defino instituciones liberales como instituciones contrarias al totalitarismo”, “defiendo un Estado mínimo con instituciones liberales”, “me despreocupo de la posible degeneración de esas instituciones y de ese Estado mínimo porque mi defensa se circunscribe al caso de laboratorio”.

No te voy a pedir que demuestres que las instituciones liberales necesariamente reducen la violencia. Ahora bien, la reversibilidad de tus argumentos me sorprende nuevamente. Yo también puedo decirte: “no veo por qué unas agencias privadas con unas instituciones liberales va a desear un marco de guerra absurda”. ¿Verdad que eso no añadiría nada a mi argumentación?

Veamos, los políticos pueden desear una guerra precisamente para quebrar esas instituciones liberales que sirven de muro de contención para su intervencionismo. Olvidar este punto y dejarlo de lado en el análisis es tan ingenuo que me sorprende enormemente que no lo consideres. La guerra y la propaganda bélica a la que puede recurrir un Estado permiten corromper esas instituciones para luego proceder a la expansión sostenida del poder político. Los EEUU desde Lincoln son una clara evidencia.

Y la cuestión es cómo tus instituciones liberales impiden que ese comportamiento se reproduzca o, al menos, cómo lo impiden de una mejor manera que el mercado impide que se reproduzcan comportamientos análogos en el anarcocapitalismo. Pero de esto ni una palabra.

De hecho aludes que en el ámbito privado la expansión de los asideros fiscales en el ámbito internacional supone un incentivo casi irrefrenable para la guerra. Pero esto es del todo ridículo por varios motivos.

Primero, nuevamente muestras una gran carencia de conocimientos económicos. Sólo estás considerando el lado de los ingresos (las nuevas contribuciones), pero no el de los costes. Si para ganar 10 al año tengo que gastar 1000 en bombas, puede que la operación no resulte tan rentable. En el caso de una guerra, el monopolio mundial puede resultar una aspiración muy atractiva para forrarse, pero nadie está dispuesto a soportar los ingentes costes que ello supondría.

Segundo, el problema de invadir al tercero que no se aviene a contratar es que, por esa acción, puedes perder numerosos clientes que te estaban contratando pero que no quieren ser presa de un dictador. ¿También los invades a ellos? Sí, es posible, pero tienes un problema: estás multiplicando los frentes de batalla y la gente que te proporcionaba los recursos, al menos transitoriamente, ha menguada de manera significativa.

Tercero, tu mismo argumento se puede aplicar hoy a los Estados. ¿Por qué España no invade Marruecos? Ya ves, tiene millones de nuevos potenciales contribuyentes, pero deja correr la oportunidad. ¿Por las instituciones liberales? Aceptamos barco; ¿por qué Libia no invade Marruecos? ¿También por las instituciones liberales? Si es que Gadaffi es todo un ejemplo.

Pero sigamos con las contradicciones: Cuando el negocio es la violencia... eso que tú llamas recursos se relativiza enormemente. El eventual agotamiento del violento en un marco de todos contra todos significa su allanamiento frente a otros o su aniquilación. Cuando se juega la soberanía, la extorsión, se lucha hasta la disolución sin atender mucho a eso que podríamos denominar recursos. Muerte o rendición: así de sencillo.

Sí, han leído bien. El mismo que hace un rato afirmaba que las guerras entre empresas privadas serían totales y perpetuas porque había incentivos para ellos, ahora critica que el eventual agotamiento de recursos en las empresas pondría en peligro la libertad. De nuevo, tenemos la doble vara de medir: cuando se trata de criticar a las agencias privadas por ser demasiado ofensivas, se asume que los recursos con los que pueden ir a la guerra son ilimitados, cuando se trata de criticarlas por demasiado poco defensivas, pasamos a asumir que esos recursos se han vuelto súbitamente limitados.

En realidad, los recursos de las empresas no tienen por qué ser más limitados que los de un Estado (sobre todo en el caso de ciertos Estados), pero en cualquier caso soportarían directamente el coste de las guerras, cosa que no sucede en el caso de los Estados. Esto significa que su belicosidad se vería frenada (para evitar costes innecesarios) pero su capacidad defensiva no.

En el caso del Estado, en cambio, los costes pueden trasladarse sobre los contribuyentes, de modo que los impedimentos a una guerra prolongada son mucho menores (una alternativa a la guerra prolongada es una guerra prolongada de carácter intermitente, véase EEUU).

Por otro lado, Isidoro es tan consciente de que todo cuanto dice no tiene sentido desde un punto de vista económico que se apresura en modificar los términos. Recordemos la famosa destructividad que debía sustituir a la productividad; ahora nos dice que los recursos son irrelevantes, ya que la alternativa a la batalla es la sumisión. Bien, ¿y si se te agotan los recursos con que batallas? ¿Con la buena intención y el patriotismo? Venga hombre, un poco más de seriedad; los recursos son esenciales para el mantenimiento de la guerra. Como tu mismo dices, su agotamiento supone la derrota del combatiente; ¿cómo van a resultar irrelevantes en ese caso? ¿Se lucha sin atender a los recursos? ¿Entonces a qué atendemos? ¿Al colesterol de los soldados?

Colofón: Otra vez la naturaleza de la violencia es obstinadamente indiferente del mercadeo y de cualquier ficción imaginable de soberanía de los consumidores en dicho negocio.

Claro, la violencia hace que podamos disparar balas aun cuando hayamos agotado las balas o que podamos lanzar bombas cuando las hayamos despilfarrado todas. La naturaleza de la violencia hace que no sea necesario producir uniformes, tanques, artillería o aviones. Porque en la producción de armamento bélico se suspenden mágicamente las leyes económicas; lo importante ya no es si producimos tres tanques por hora en lugar de dos, sino solamente cuántos enemigos pueden destruir unos tanques que todavía no se han producido. Cómo llegar a los tanques es irrelevante, ya que el mercadeo no juega ningún papel; ni en la organización militar, empresarial o productiva.

25. A vueltas con el árbitro

Las dos paridas económicas anteriores (expansionismo continuo e irrelevancia de los recursos) las saldó Isidoro afirmando que no al no haber árbitros últimos entre empresas, sería imposible llegar a acuerdos y, por tanto, a la paz... aun cuando las empresas quisieran. Yo, obviamente, le pregunté en su momento quién era el árbitro último entre el Estado y la sociedad o entre los distintos Estados mundiales que no se encuentran en guerra, y la respuesta de Isidoro refleja nuevamente la inmensa fe que esta gente tiene en el buenismo estatal:

¿Quién habla de árbitros entre estados? Los estados pueden llegar a acuerdos entre sí y, por supuesto, hacerlos respetar en sus territorios respectivos, pero no necesitan de árbitros: basta la disuasión en lo atinente al derecho internacional básico, el ius cogens (No obstante existe un Tribunal Internacional de Arbitraje).

Aquí mezclas muchas cosas. Primero, quien ha hablado de árbitros entre Estados he sido yo, claro. Tu incoherencia te lleva a defender que el Estado puede ser un árbitro último pero la empresa no, curioso. Segundo, las empresas también pueden llegar a acuerdos con otras empresas y con sus clientes; por ejemplo, pueden aceptar someterse a la jurisdicción de un tercer órgano para solventar las eventuales discrepancias. Tercero, el ius cogens del derecho internacional público no está respaldado por ningún ejército, de modo que los Estados podrían decidir no someterse a él. Tú asumes que ello no sucederá, a pesar de que no existe un árbitro superior entre los distintos Estados y, en cambio, asumes que necesariamente sucederá entre empresas que tampoco posean un árbitro superior dotado del monopolio de la compulsión. Tu doble vara de medir es realmente sorprendente.

Sigamos con las incongruencias: Si son los individuos de to