Todo un hombre de Estado: Agosto 2005Bitácora de Juan Ramón Rallo Julián
31 de Agosto de 2005Otro día sin gobierno
Nueva Orleans es hoy una ciudad sin Estado. No es que hoy Nueva Orleans viva mejor que hace una semana; el Estado pesa, pero generalmente no tanto como un tornado. Mal que bien, la gente está acostumbrada a vivir y a convivir con el Estado. Los esclavos también estaban habituados a su situación, a pesar de puntuales revueltas de cuatro iluminados. Quien ha estado toda su vida encerrado entre cuatro paredes, se siente desconcertado al ver el mundo exterior. No está preparado, no sabe cómo actuar. Sin embargo, hay una diferencia importante entre que a la gente le cueste adaptarse y que la gente no pueda adaptarse. Cuando las instituciones a través de las que el hombre actúa desaparecen, otras nuevas comienzan a surgir. La desaparición del Estado no supone el caos eterno, sino el desconcierto momentáneo. Hace unas semanas, traduje un artículo de Michael Gilson de Lemos, Un día sin gobierno, donde explicaba claramente la costumbre de los antiguos tiranos de Mesopotamia por la cual el gobierno dejaba de funcionar durante un día al año. La función de esa anarquía impuesta y planificada, de esa anarquía estatalista, era convencer a la gente de que el Estado era imprescindible. O yo o el caos. Sin embargo, MG también explicaba que el ser humano conseguía adaptarse y superar tales problemas. La sociedad humana estaba compuesta de algo más que burocracias y redes políticas. El Estado se sustentaba sobre la sociedad, no la sociedad sobre el Estado: Existe un "gobierno" natural, aquello que Thomas Paine denominó sociedad, entre los seres humanos que es voluntario, descentralizado y surge de manera natural si así se le permite. Consiste no sólo en un conjunto de instituciones naturales, desde la familia hasta las asociaciones, sino que involucra a personas que eligen a otras que conocen personalmente. En Nueva Orleans estamos viendo cómo ese gobierno natural y voluntario está emergiendo, aun de forma precaria. El gobierno oficial, los salvadores monopolistas, se han mostrado incapaces de proteger a sus súbditos. Los saqueos se han generalizado y la defensa oficial es inexistente. Nueva Orleans no es sólo pasto de Katrina, sino también de los delincuentes. Según El Mundo: los agentes de la seguridad, agotados por las penosas condiciones y la acumulación del trabajo, no han podido hacer frente a los saqueadores. Siguiendo casi textualmente a MG, Eugenio Val lo explica en La Vanguardia: The Americans are not a people prone to complain or to wait for the State to solve their problems. The heirs of pioneers who suffered many setbacks, of millions of immigrants who arrived with the clothes on their backs, seasoned by furious nature, they normally accept with active resignation situations like those created by Hurricane Katrina and the frequent disasters caused by floods, extreme cold, tornadoes, droughts, and forest fires. The American character is pragmatic and solidarious, in addition to carrying optimism in its genes. It demands that the authorities contribute to alleviating misfortune, but it knows well that in the long run it is one's own efforts and those of the community one lives in which make the difference. This is why volunteerism at all levels is a national institution, as is taking up collections. A foreign observer is surprised at the speed and effectiveness with which they get to work. In American culture the idea of starting over from zero, of reinventing oneself, of moving thousands of kilometers to get a new job and overcome a crisis, does not frighten as much as in Europe. With this disposition, with the persistent idea that "we'll get out of this," it is easier to face the always painful loss of a home or destruction of a business. Están sin gobierno, pero no ingobernados. El periodista de El Mundo lo deja claro: En algunas zonas, los propietarios se han reunido y forman patrullas armadas para combatir a los ladrones. Los medios locales hablan de comerciantes apostados frente a sus tiendas con armas y carteles del tipo "Tú saqueas, yo disparo". Los ciudadanos están defendiendo sus propiedades. Los lazos comunitarios, pues, han servido, están sirviendo, para conseguir defender a los individuos en una situación donde el Estado -incluso el Estado- ha fracasado. No están mejor que antes, es indudable, están mejor que sin nada, esto es, con aquello que les ofrecía la omnipotente maquinaria estatal. Otro día sin gobierno. Otro día en el que el caos ha sido menor de lo que podía ser. No gracias al gobierno -acaso a pesar del gobierno- sino de las comunidades libres, de los lazos y relaciones voluntarias. No se trata de convertir en excepcional la normalidad, sino de permitir que las geniales iniciativas comunitarias que se desarrollan en un clima de excepcionalidad, se estabilicen, mejoren y perfeccionen en un clima de normalidad. Sólo así comprobaremos que si hay algo más catastrófico que sufrir un tornado es sufrir un tornado atrapados por un Estado que dice protegernos. Actualización: Vía vanguardist me entero de que la policía pública se ha unido a los saqueos. Menos mal que están para protegernos. El Estado saqueando. Vaya, nada nuevo, ¿no? ZP se vuelve liberal
Parece ser que ZP ha tenido un arrebato liberal y ha prohibido a Esperanza Aguirre crear una nueva cadena de televisión pública en Telemadrid. Estamos seguros de que esta decisión ha estado plenamente motivada por la prístina búsqueda de la libertad que define a nuestro presidente del gobierno; no podríamos pensar en ningún otro tipo motivación. En todo caso, hay que celebrar su decisión, cualesquiera fueren sus motivos. Eso sí, en coherencia habría que pedirle que por un lado, exigiera al gobierno catalán que cerrara al menos dos de sus televisiones autonómicas y, por otro, solicitar al andaluz que hiciera desaparecer uno de sus dos altavoces propagandísticos. No cabe dudar acerca del destino final de estas peticiones. Pero además ZP puede ejecutar por él mismo el ejercicio de rectitud y austeridad que reclama a los demás. ¿Por qué los contribuyentes españoles hemos de soportar una cadena de televisión pública nacional sumamente deficitaria y cuyo único objetivo es cantar las alabanzas de los distintos gobiernos centrales? Es más, puestos a reducir gastos en el campo audiovisual, ZP también podría eliminar las poco despreciables subvenciones que los directores españoles están recibiendo. Sabemos que "hay motivo" para que las reciban, pero los ciudadanos también tenemos motivos -y mejores- para conservar esa escandalosa redistribución de renta desde los trabajadores a los cineastas multimillonarios. ¿Y por qué no? Siguiendo en la línea de implantar mayor libertad en la comunicación, ZP podría cancelar la aprobación del Estatuto del Periodista y liberalizar el espacio radioeléctrico. De esta manera, no sólo Polanco podría abrir nuevos canales 4 y demás monsergas, todo españolito de a pie tendría la libertad de montar un medio de comunicación. ¿Cuántas radios y televisiones tienen hoy una situación de inestable alegalidad -o abierta ilegalidad- simplemente porque el poder político se niega reconocerlas y sancionarlas? Pero, ay, no sé por qué, pero no veo estas reformas como inminentes. Será que nuestro glorioso ZP tiene otros planes. No dudo de que, como político, serán los mejores para los españoles. Sobre todo, para algunos españoles. 30 de Agosto de 2005Utilidad marginal, réplica a Diego Guerrero (y IV): El alcance limitado
Terminamos hoy con la serie de posts (I, II y III) que hemos dedicado a comprobar la mala comprensión y peor refutación de Diego Guerrero sobre la utilidad marginal. La última parte de su crítica viene referida al "alcance limitado" de la utilidad marginal. Como en breve comprobaremos, no resultaba necesario incidir en este punto porque sus argumentos ya han sido suficientemente tratados en los posts anteriores. Aun así, reiteraremos los errores de Diego Guerrero. Es curioso como Guerrero, profundamente inseguro de la solidez de sus críticas anteriores, comienza diciendo: Incluso en el caso de que todas las críticas anteriores no fueran válidas. Efectivamente no lo son. La venda antes de la herida, pero después de la metedura de pata. Veamos qué nos ofrece Guerrero como argumento definitivo: Incluso en el caso de que todas las críticas anteriores no fueran válidas, aún quedaría una importante crítica a la que tendrían que hacer frente los teóricos de la utilidad. En realidad, todo su argumento se sostiene en parte porque se supone que al otro lado del mercado (frente a las empresas que constituyen la oferta) están los consumidores como colectivo de sujetos que experimentan placer. Bueno, aquí cabe recordar algunas cosillas. Básicamente que el proceso de mercado se basa en el appreisement empresarial y que esta fijación de precios serán exitosa en tanto sirva a los consumidores, esto es, en tanto el precio que tengan que pagar no supere a su utilidad marginal. El empresario no es un sujeto pasivo o reactivo, sino el verdadero protagonista del mercado. Como ya hemos explicado, son los empresarios quienes crean los precios de los bienes de consumo y las rentas de los factores productivos; pero no se trata de una creación caprichosa, sino que queda subordinada a la correcta satisfacción de los fines del consumidor. Pero debe tenerse en cuenta que, puesto que existe un mercado para cada mercancía, sea ésta final o intermedia, y dado que el producto interior bruto de cada país, o PIB, representa tan sólo el volumen de las llamadas transacciones "finales" de la economía, esta variable macroeconómica básica deja fuera el valor de todas las transacciones "intermedias", que cuantitativamente representan la mayor parte del total (en torno a un 60% como mínimo) y que se caracterizan precisamente por que en ellas no aparecen por ninguna parte los consumidores utilitaristas de la teoría neoclásica. En este punto debo darle totalmente la razón a Guerrero. Las medidas de Contabilidad Nacional como el PIB o el PNB, bajo el argumento de evitar la doble contabilización, dejan fuera de sus mediciones la mayor parte de la economía; esto es, todo el proceso de ahorro e inversión empresarial en capital circulante que todavía no han devenido bienes de consumo finales. Guerrero cita el ahorro y reinversión empresarial en bienes intermedios en torno al 60%. Es muy posible que sea superior, quizá del orden del 70% (atendiendo a las mediciones que efectúa Mark Skousen de su Renta Social Bruta). ¿Cuál es el objetivo de la Contabilidad Nacional? Obviamente hipertrofiar el papel y el peso del consumo en la economía. De representar, en realidad, poco más del 30%, gracias al PIB alcanza magnitudes del 66%. Esta manipulada realidad resulta harto útil a los keynesianos para reclamar medidas políticas que estimulen la "demanda agregada", como incrementos del gasto público o reducciones del tipo de interés. Si el consumo representa la mayor parte de la economía, parece lógico que sea su motor. Por tanto sí, debo coincidir con Guerrero que la economía neoclásica descansa en mediciones corruptas que le impiden contemplar que la parte más importante del capitalismo no es el "consumo" sino toda la estructura de bienes de capital que tiene que ser continuamente amortizada y rediseñada a través del cálculo y la función empresarial. Sin embargo las conclusiones que de este hecho saca Guerrero son muy insatisfactorias: Resulta, pues, que sólo en un 24% del total de las transacciones posibles está presente el famoso y soberano consumidor final de la teoría neoclásica, y sólo en esa pequeña minoría de casos podría éste aplicar su particular calculadora funcional-utilitarista para obtener el pretendido máximo placer. Son este tipo de afirmaciones las que demuestran que Guerrero no entiende ni una coma de cómo funciona el mercado. Ya lo explicamos en el tercer posts, pero lo repetiremos brevemente. El empresario establece un precio de mercado al que espera vender una cierta cantidad de mercancías; en ese sentido, paga a los factores productivos de acuerdo con su productividad marginal en la obtención de esos ingresos. El consumidor, aun cuando intervenga sólo como revisor final, sigue determinando el proceso de mercado, pues las malas evaluaciones sobre su utilidad dan al traste con todos los negocios previamente emprendidos. De la misma manera, los bienes intermedios de capital atraviesan distintas etapas hasta convertirse en un bien de consumo. Desde que se empieza a aplicar el trabajo en, por ejemplo, una mina de aluminio, hasta que éste se convierte en un coche, pueden pasar varios meses. Cada empresario está especializado verticalmente en una etapa de ese proceso: uno extrae el mineral, otro lo convierte en aluminio, otro le da la forma deseada, otro el color apetecido, otro lo transporta hasta la planta de ensamblaje... En cada estadio productivo, los precios de un empresarios suponen los costes de otro; el hecho de que los precios aumenten conforme el aluminio se va aproximando a su destino final (el automóvil) simplemente refleja la realidad denominada "interés". Conforme se acerca al fin último, el medio se valora en más. De hecho, ha transcurrido un período de tiempo durante el cual los distintos empresarios han ido pagando a los trabajadores "sin que el coche se haya vendido todavía". Pensémoslo un momento. El aluminio se extrae de la mina para, en última instancia, venderse en forma de automóvil. En teoría, hasta que no se vendiera el automóvil, los mineros no deberían poder cobrar, ya que el automóvil todavía no se ha "realizado" (vendido). Los distintos salarios que perciben antes de que su trabajo sea "útil" para el consumidor suponen un "adelanto" del empresario, un préstamo de dinero cuya maduración se obtendrá con la venta del producto (más el interés acumulado durante todo el tiempo). Imaginemos que el precio de estos bienes intermedios se vuelve excesivamente caro (porque por ejemplo un fabricante de chapas de aluminio deja de ser eficiente), el vendedor final de automóviles tendrá o bien que reducir beneficios (incluso quebrar), o bien aumentar el precio de los automóviles (con lo cual reducirá sus ventas hasta el punto de que, si no sigue satisfaciendo a los consumidores, no podrá recuperar la inversión inicial en factores productivos) o bien cambiar de proveedor a uno más barato. Normalmente, si la última opción está en pie, será la que se adoptará. El proveedor ineficiente quebrará por despilfarrar recursos para el consumidor. En caso de que el vendedor final y el proveedor ineficiente se aliaran contra los consumidores, estos no tendrían más que acudir a otro vendedor de automóviles que no tenga tratos especiales con proveedores ineficientes. En cualquier caso, pues, vemos que el appreisement empresarial, al basarse en la correcta anticipación de la utilidad marginal de los consumidores, sigue controlando el proceso de mercado. Por un lado, la remuneración de los factores productivos (trabajo y tierra) se fija en función de la productividad marginal sobre el montante de ingresos esperado y, por otro, el precio de los bienes de capital se determina conforme la utilidad marginal de los "clientes empresariales", que a su vez, viene limitada por que ese precio al entrar como coste contable no supere su precio final de consumo (que como ya hemos visto viene determinado por la utilidad marginal de los consumidores). Por último, Guerrero echa mano de un argumento típicamente galbraithiano rebozado con retórica marxistoide: Pero cabría todavía añadir otra duda: de este 24%, ?qué porcentaje representan realmente las compras "de placer" y qué porcentaje se lleva a cabo por consideraciones totalmente ajenas e independientes de ese sentimiento (como son las compras que se hacen por obligación o necesidad, entre ellas las necesarias para costear la reproducción de la propia fuerza de trabajo como mercancía), en cuyo caso si bien no se atenta contra la utilidad sí que se pone en entredicho que lo útil, lo funcional para la reproducción del sistema económico y social en su conjunto y en cuanto tal, pueda identificarse sin más con lo placentero y el óptimo social?. La utilidad marginal no supone una teoría acerca del placer o la necesidad, sino de la mejora de las situaciones previas. Uno puede mejorar su situación y aun así sentirse un desgraciado. Estos casos competen a la psicología no a la economía. Es indistinto que compras se realizan por placer y cuáles por necesidad para sobrevivir. ¿Es que caso la supervivencia no es también útil para el ser humano? ¿Es qué la supervivencia no es, de hecho, el primer fin de todo ser humano no suicida? No vamos a extendernos en refutar el supuesto determinismo publicitario de las compras del individuo -cuya crítica, por otro lado, puede consultarse aquí; insisto, aun en ese caso, la utilidad marginal sería el principio válido (incluso aunque los consumidores fueran autómatas de los capitalistas, el precio se determinaría por la utilidad marginal de los capitalistas). Hemos visto, pues, a lo largo de estos cuatro artículos que Guerrero ha sido incapaz de comprender los fundamentos de la subjetividad y del proceso de mercado. Creyendo primero que la utilidad se fijaba en función de placeres experimentados(y por tanto posteriores a la acción que motivó la adquisición), que los costes determinan los precios (cuando los costes SON precios) y que la soberanía del consumidor queda en entredicho por el simple hecho de que el proceso previo a la maduración en bienes de consumo final suponga la mayor parte de la economía "productiva". La utilidad marginal, para desgracia de todos los marxistas, sigue siendo la principal explicación para la formación de los precios. No hay vuelta de hoja; sólo ciertos prejuicios arrogantes impiden reconocerlo. 29 de Agosto de 2005Utilidad marginal, réplica a Diego Guerrero (III): Incosistencia lógica
Seguimos con la crítica a Diego Guerro en relación con su supuesta "refutación" de la utilidad marginal. En los dos posts anteriores examinamos sus objeciones basadas en la subjetividad y la superfluidad. Ahora estudiaremos su "incosistencia lógica". Se pregunta Guerrero: ¿cómo podría ser la utilidad marginal el fundamento último del precio si aquélla consiste en el placer experimentado por el sujeto en el consumo de la última unidad, y todo el mundo sabe que, al menos en esta forma social que llamamos capitalismo, para poder consumir con carácter general cualquier mercancía primero hay que haberla comprado y, por tanto, pagado su precio? Aquí Guerrero, por un lado, confunde utilidad con satisfacción a posteriori y, por un lado, ignora el proceso de mercado. Primero, como ya dijimos, la utilidad no consiste en ningún placer experimentado, sino en la expectativa de placer. Todas las unidades, al ser perfectamente intercambiables, tendrán la utilidad del fin marginal. No sólo eso, ya dijimos que cabía la existencia de utilidad sin consumo. En otras palabras, cuando yo adquiero una unidad adicional, el valor de todas las restantes unidades disminuye. ¿Por qué? Sencillamente porque las unidades son intercambiables y, por tanto, ya no hay última unidad, sino un stock de unidades que permiten satisfacer hasta determinado fin (fin marginal). Por ejemplo, si yo tengo cuatro sacos de cereales y el último lo dedico a alimentar a los cerdos, el valor de un saco de cereales es el de alimentar a los cerdos. Si adquiero un nuevo saco para darlo a los más necesitados, el valor de un saco -de cualquier saco- pasa a ser el de alimentar a los pobres. Todo ello aunque yo imprima en cada saco una etiqueta diciendo "Destinado al consumo humano", "Destinado a alimentar a los cerdos", etc... Y es que, si me roban el saco destinado a alimentar a mi familia, no por ello moriré de hambre, simplemente dejaré de ser caritativo con los pobres. Y todo ello sin perjuicio de que, una vez realizadas todas las acciones, obtenga más satisfacción en haber ayudado a los pobres que en haber alimentado a mis animales. Lo importante es el valor que influye y determina la acción, no la satisfacción experimentada una vez se haya actuado. En caso contrario explicaríamos los precios a partir de acciones que todavía no han acontecido. Por otro lado, Guerrero ignora cómo funciona el mercado. Cierto es que la utilidad determina el precio pero que, a su vez, el precio sirve para determinar la utilidad, pues un precio más bajo permite adquirir una mayor cantidad de productos y, por tanto, provocará una menor utilidad marginal. Sin embargo, aunque Guerrero así lo sugiera, el razonamiento circular es inexistente. Tenemos tres modalidades de formación de los precios en una economía libre. Negociación inter partes, el comprador fija el precio, el vendedor fija el precio. En la negociación inter partes, comprador y vendedor negocian un precio para el intercambio. Obviamente, este precio se situará entre el valor del fin inmediatamente anterior al que satisface el bien en cuestión para el comprador (de manera que si el precio se fija en una cantidad monetaria que sirva para conseguir fines de mayor valor obligaría al comprador a declinar la oferta) y el valor del fin inmediatamente superior al que satisface el bien en cuestión para el vendedor(de manera que si el precio se fija en una cantidad monetaria que sirva para conseguir fines de menor valor obligaría al vendedor a declinar su oferta). Cuál será el precio final es imposible de determinar para la ciencia económica; es más, no le interesa. Estamos ante cuestiones puramente históricas, no teóricas. Basta con afirmar que la transacción tendrá lugar entre esos dos límites, o no será. Otra forma, menos común -salvo en casos de ofertas públicas- es que el comprador fija el precio que está dispuesto a pagar. En ese caso, el primer vendedor que sea capaz de ofrecerle el bien en cuestión a ese precio efectuará la transacción. Como es obvio, puede que ningún comprador pueda satisfacer tal demanda. En ese caso, el potencial comprador deberá incrementar el precio que está dispuesto a pagar, ¿hasta qué límite? Nunca la utilidad del dinero que ofrezca podrá ser superior a la del fin que le permite satisfacer el bien que quiere adquirir. Por tanto, los precios que se formen estarán en función de la utilidad marginal del comprador (y si no se forman precios, ese bien estará dominado por la utilidad marginal del vendedor que será superior al precio ofertado por el comprador). Por último, el modo más frecuente de formación de precios en las economías capitalistas es el appreisement empresarial, esto es, el vendedor propone un precio y los consumidores demandan en función de ese precio. En estos casos, el precio de las transacciones que se realicen, como es lógico, no podrá superar la utilidad marginal del comprador. Si el vendedor fija un precio superior a ésta, no venderá los productos, se quedará con todos ellos. Por tanto, el correcto appreisment empresarial está estrechamente relacionado con fijar un precio inmediatamente por debajo de la utilidad marginal de los compradores a los que aspire. No sólo eso, como inmediatamente veremos, también se fundamenta en fijar una correcta remuneración para los factores productivos asociados con el proceso de producción. En todo caso, podemos sacar una conclusión común para los tres tipos de formación de precios: la propiedad privada es previa al precio. Tanto el comprador como el vendedor tienen que ofrecer algo a cambio de otro algo. Sin propiedad privada, el comprador no puede renunciar a nada para adquirir una determinada cantidad de productos. De ahí, que en ausencia de propiedad privada, no existan unidades marginales y, por tanto, ni precios, ni costes, ni necesidad de limitar la demanda. No es posible una asignación eficiente de los recursos ya que, como puso de manifiesto Mises, sin precios de mercado no es posible el cálculo económico. En cualquier caso, Guerrero extrae dos consecuencias de su inicial malinterpretación de la utilidad marginal. La primera es que si se quiere una definición verdaderamente general de la utilidad marginal, es decir completamente independiente de, y previa a, el precio de la mercancía, habría que decir que es el placer que el consumidor potencial imputa a la última unidad de mercancía potencialmente consumida cuando se plantea y valora las diferentes alternativas abstractas que se le ofrecen, desde consumo 0 a consumo infinito. Salvo en el matiz restrictivo de "consumidor", podemos decir que Guerrero entiende relativamente bien la idea de utilidad marginal. Es de extrañar, por tanto, que hasta ahora se haya limitado a atacar sus falsas interpretaciones de la misma. ¿En qué quedan las críticas precedentes si en este punto Guerrero modifica, en el camino correcto, la idea de utilidad marginal que previamente había atacado? ¿No sería necesario volver a iniciar el ataque en lo referente a la "subjetividad" y "superfluidad"? ¿O es que acaso los conceptos han dejado de importar? Pero, lo interesante es la segunda consecuencia: Pero, en segundo lugar, ahora se comprende por qué razón la teoría neoclásica del valor no puede renunciar al lado de la oferta en su fundamentación de los precios mercantiles, pues, al ser conscientes de la contradicción lógica que supone hacer depender lo previo (el precio) de algo que es posterior (el consumo), no tiene otro remedio que recurrir al coste de producción para explicar el nivel del precio. Lo siento pero no existe contradicción alguna, salvo en la teoría de Guerrero. Primero, porque a vuelto a las andadas, ¿no habíamos quedado que hablábamos de expectativas de consumo o de consumo potencial? ¿Cómo va a ser el consumo potencial posterior al precio? Segundo, porque recurrir al coste para explicar el precio sí es una contradicción lógica. Y es que, ¿qué son acaso los costes sino precios? Volvamos ahora al tercer método de formación de los precios que ya hemos explicado: el empresario propone y la demanda se fija en función del appreisement. Es posible que muchos, la gran mayoría, de los empresarios fijen sus precios añadiendo un cierto interés a los costes, pero ello en ningún momento significa que los precios se fijen en función de los costes, ya que precisamente el empresario confía en pagar esos costes porque supone que las ventas de sus productos le permitirán pagar a los factores productivos y obtener un cierto interés. Si las apreciaciones son erróneas (es decir, si el precio que espera que los consumidores paguen para poder financiar la producción supera la gran mayoría de las utilidades marginales de los consumidores), entonces el empresario no podrá pagar los salarios, los intereses y las rentas. Quebrará a menos que reduzca el precio. Y si al reducir el precio puede dar salida a la producción pero no puede pagar a sus factores productivos tanto como prometió (esto es, más de lo que les pagarían en otros usos alternativos), la producción se paralizará. Por tanto, la utilidad marginal sigue gobernando el valor de los bienes y servicios. Si el empresario paga más a los factores productivos que su productividad marginal, la empresa quebrará. Si les paga menos, simplemente no podrá contratarlos (pues otro empresario los contratará pagándoles un poco más hasta su productividad marginal). Y la productividad marginal es una productividad en términos de valor, esto es, sobre los ingresos adicionales que proporcionan; el ingreso viene determinado por el precio; y la utilidad marginal domina el precio. A pesar de todo ello, Guerrero concluye que ha sido posible hacer creer a muchos ingenuos que son los consumidores no sólo quienes determinan la cantidad consumida sino también quienes codeterminan el precio de las mercancías de acuerdo con el principio de su máxima utilidad. Por supuesto, los consumidores no eligen la cantidad que quieren consumir. Creo que pocos economistas afirman eso. Simplemente se afirma que la utilidad marginal determina el precio; pero la utilidad no es algo exclusivo de la demanda, sino también de la oferta. Es curioso como los marxistas pretenden endosarnos que los empresarios determinan el precio y, en cambio, no aplican esa misma lógica a los trabajadores. Si los que ofrecen las mercancías fijan, a través de sus costes, los precios en el mercado, los trabajadores, que ofrecen su trabajo, deberían fijar a través de su coste psicológico su salario. La realidad es muy otra. Ningún trabajador estará dispuesto a ofrecer su trabajo a no ser que el salario ofrecido supere el coste de oportunidad de su tiempo de trabajo (esto es, la utilidad que obtendría durante el tiempo en que está trabajando en caso de que no lo hiciera). Pero tampoco ningún empresario pagará al trabajador más que su utilidad marginal, que normalmente viene a coincidir con su productividad marginal (tenemos que considerar que, en ocasiones, hay factores afectivos en la relación contractual; por ejemplo, mi padre puede contratarme pagándome más que mi productividad; un empresario puede apiadarse de un hombre que lleva 40 años trabajando en su empresa y no rebajarle tanto el salario como debiera...). Por tanto, nuevamente, de manera necesaria, el salario se fijará entre esos dos límites. Pero, como ya hemos visto, ¿qué es la productividad marginal sino el valor de los bienes adicionales producidos que se destinarán a la venta? ¿Y cuál será, pues, para el empresario el valor de esos bienes sino el precio al que se puedan vender? Por tanto, la productividad marginal será el ingreso adicional que proporcionarán los trabajadores al empresario. Pero ese ingreso, como también hemos dicho, depende del precio que, a su vez, no puede superar la utilidad marginal de los consumidores que adquieren los productos. De la misma manera, ningún empresario estará dispuesto a vender la mercancía por debajo de sus costes, pero ningún comprador estará dispuesto a adquirirla por encima de su utilidad. La diferencia es que el vendedor terminará desapareciendo si no satisface la demanda, esto es, si no rebaja el precio ligeramente por debajo de la utilidad marginal de los compradores. Explicar, como pretende hacer Guerrero, el precio en función de los costes tiene las incoherencias lógicas que ya hemos apuntado: los costes son precios y, por tanto, esos precios están pendientes de explicación. Böhm-Bawerk solía poner un ejemplo bastante ilustrativo. Imaginemos una locomotora que tiene cuatro vagones. ¿Por qué se mueven los vagones? Porque la locomotora se mueve. Ahora bien, muchos podrían decir, ¿por qué se mueve el cuarto vagón? Aparentemente porque se mueve el tercero; es decir, estarían explicando los precios (cuarto vagón) en función de los costes (primer, segundo y tercer vagón) y no de la utilidad (locomotora). No obstante, el problema sigue en pie. ¿Por qué se mueve el tercer vagón? Porque se mueve el segundo. ¿Y por qué se mueve el segundo? Porque se mueve el primer. Pero, ¿por qué se mueve el primero? Aquí los defensores de la teoría del precio-coste no tienen respuesta; la locomotora mueve el primer vagón que a su vez mueve a los restantes. La utilidad es el determinante último de los precios. Aquí hay que matizar dos puntos: el papel de la productividad marginal y por qué en muchas ocasiones el precio final coincide con la suma de sus costes. Primero, si la productividad marginal de los factores productivos es muy baja, los precios serán más altos, pues habrá menos productos disponibles y, por tanto, la utilidad marginal será mayor. Si súbitamente los precios del petróleo se doblan, lo que ocurre es que sufrimos una escasez de petróleo. Algunos fines tendrán que abandonarse y la cantidad de medios destinados a otros tendrá que reducirse. Si ello es así, los precios subirán; podemos producir menos que antes, todo es más caro y somos más pobres. Pero insisto, el precio del petróleo sigue dominado por su utilidad marginal. El petróleo se demanda para dar satisfacción a ciertos fines. Precisamente el fin marginal de entre esos fines determinará su precio. Y esto implica que si hoy olvidáramos cómo utilizar el petróleo para satisfacer nuestros fines, su precio sería nulo, por muy poca que fuera su oferta. Segundo, la observación de que el precio suele coincidir con la suma de los costes tiene una explicación muy sencilla. Ya hemos visto cómo se fija el precio de los factores productivos. Imaginemos que, por distintos motivos (por ejemplo, una mejora tecnológica) el precio final de un producto es muy superior a la suma de sus costes. Si ello es así, aparecerán beneficios extraordinarios. En otras palabras, o bien el propio empresario o bien otros empresarios, tendrán incentivos para ampliar la producción de esos productos, rebajar el precio y disminuir los beneficios extraordinarios. Al final, pues, cuando el valor del producto final supera a la utilidad de los factores productivos, o bien parte de esos factores productivos se retiran a otras líneas productivas (con lo cual se incrementa la productividad de los restantes) o bien se incrementa el número de productos finales (con lo cual el precio del bien se reduce). En todo caso, el resultado será que la suma de los costes más el interés será igual al precio. Nuevamente, pues, comprobamos que la "inconsistencia lógica" sólo está del lado de Guerrero y de sus prejuicios. Pretender explicar el precio a partir de los costes, cuando los costes no son más que precios, simplemente vuelve a plantear el problema inicial. La utilidad marginal sigue explicando perfectamente estos procesos de mercado, a pesar de que Guerrero sea incapaz de entenderlos o, como hemos visto en este artículo, mienta descaradamente sobre su desarrollo teórico; acaso para refutar teorías que ningún marginalista sostiene. Sanidad sin medicinas
Cuba tiene un buen sistema de bibliotecas (aunque sin un duro para libros) pero eso no importa, es la peor dictadura del mundo porque Castro se define comunista. Cuba tiene un buen sistema de panaderías (aunque sin un duro para pan) pero eso no importa, es la peor dictadura del mundo porque Castro se define comunista. Cuba tiene un buen sistema de educación (aunque sin un duro para escuelas) pero eso no importa, es la peor dictadura del mundo porque Castro se define comunista. Cuba tiene un buen sistema de Internet (aunque sin un duro para conexiones) pero eso no importa, es la peor dictadura del mundo porque Castro se define comunista. Cuba tiene un buen sistema sanitario y educativo (aunque sin un duro para medicinas) pero eso no importa, es la peor dictadura del mundo porque Castro se define comunista. (aquí). En efecto, quizá todo ello no importe porque Castro se define como un dictador comunista. (Vía Hispalibertas y Dodgson). 28 de Agosto de 2005Objeciones socialistas al agua privada
Lord Acton ha depotricado en su bitácora contra lo que él denomina "anarco-liberales". En su opinión, los anarco-liberales estamos más cerca de de las juventudes hitlerianas que del liberalismo. ¿Razón? "Para un liberal lo único que debe hacerle perder el sueño es la defensa de los intereses y derechos del individuo" y, en cambio, los anarco-liberales idolatran el Gran Mercado como esencia que trasciende la naturaleza de los objetos y los hechos Aquí llegamos a un punto curioso. Primero, se nos acusa de defender "el Gran Mercado" (sic) cuando, no hace mucho, escribí: Y es que quienes inundan el mercado con bienes y servicios que mejoran la calidad de vida de todas las personas no son abstractas e inaprensibles fuerzas cósmicas, sino empresarios concretos, tangibles y, en multitud de ocasiones, desconocidos para el gran público (...) El automaticismo y el mecanicismo con los que se pretende representar los procesos sociales sólo tienen el objetivo de eliminar la figura central del empresario, menospreciando su fundamental papel en la economía y dando pie a que ese "secundario papel" pueda ser asumido sin demasiadas complicaciones por el Estado En otras palabras, "en Gran Mercado" o "las fuerzas del mercado" no son nada; lo que se esconde detrás de ellas son personas y propiedades en muchos casos coaccionadas por el Estado (por ejemplo, la prohibición de comerciar con droga no es un atentado contra "el mercado", sino contra la libertad y la propiedad de miles de personas). Segundo, precisamente por ello, como liberales, defendemos, como no podía ser de otra forma, los derechos del individuo, en concreto, la vida, la libertad, la propiedad privada y sus derivaciones lógicas. Erróneo es señalar, como hace Lord Acton, que los liberales debemos defender "los intereses" del individuo. Ya que la cuestión entonces es, ¿qué intereses? ¿de qué individuos? El Derecho salvaguarda la legitimidad de determinadas acciones del individuo, no sus intereses. Los intereses aparecen dentro del marco jurídico salvaguardado y su satisfacción dependerá, lógicamente, de su legitimidad. El Derecho no salvaguarda los intereses de asesinos, ladrones y políticos. Sus intereses son intereses que ejercen la violencia sobre el resto de las personas. Se expolia a unos para beneficio de otros. Nada liberal. El blogger, como ejemplo de su simplona afirmación, comenta mi reseña sobre el libro Water for Sale de Segerfeldt, en Libertad Digital. En concreto, al autor le molesta que acuse de socialistas a quienes defienden que los recursos naturales y básicos deben estar controlados por el Estado. Probablemente no lo sean. Yendo un poco más al fondo del asunto. Como ya comenté en la reseña, Segerfeldt, apostatando de toda su exposición anterior, termina defendiendo un régimen de concesiones para la distribución del agua. No es que Segerfeldt considere imposible la propiedad y gestión privada del agua, simplemente termina decantándose, por el momento, por las concesiones. Aún así, el blogger se encoleriza: Lo que a nuestro comentaristale parece insuficiente porque el agua debe pasar a manos privadas aunque se cree un monopolio natural, ya que la competencia se establecería con las aguas embotelladas. Simplemente ridículo como argumentación técnica y peligroso como dogma político. Se vuelve a crear la falsa apariencia de que si las leyes del mercado no lo regulan todo entonces el individuo no es libre. Falso. La argumentación no pasa de trivial demagogia y torpe manipulación. Primero, porque no dije que la competencia se establecería "solamente" con las botellas de agua, sino también con la "potencial" competencia. Segundo, no se puede decir que la competencia del agua suministrada con el agua embotellada es "ridícula", cuando líneas más abajo se sostiene el disparate de que una empresa o grupo de empresas que controlasen el mercado podrían chantajear a los Estados -bueno, quizás pretendan eliminarlos como paso previo- y a los consumidores, estableciendo una dependencia que los convertiría en los amos del mundo ya que Sin agua no hay vida, por lo que de poco sirve la libertad.. Esto es el clímax del disparate. Difícilmente puede sostenerse que la competencia del agua embotellada es "ridícula", cuando uno se está preocupando de que los monopolios naturales sobre la distribución permitirían acabar con la "vida humana". ¿Es que el agua embotellada no sirve para vivir? ¿Es que acaso el agua embotellada destinada al consumo vital es irrelevante pero el monopolio sobre la distribución concede una completa omnipotencia? Difícilmente puedo concebir que un monopolio sobre las cañerías del agua pueda matar de sed a una población si tienen agua Font Vella en el supermercado a 30 céntimos la botella. Pero es que aparte Lord Acton (el blogger, no el insigne pensador) desconoce por completo el tema del que está hablando. Como explico en el artículo, el gran problema del agua no es su escasez material, sino su escasez económica. Cada individuo de media puede consumir al día unos 19000 litros de agua. Hoy en día, el consumo no llega a los 1300 litros diarios, ¡tremenda escasez! Es más, reduciendo el 10% el uso agrícola del agua doblaríamos la cantidad existente para el consumo humano. Pero claro, ello no impide a Lord Acton pontificar que Lo esencial de estos bienes escasos hace imprescindible, y así lo entiende Segerfeld, que el dominio del agua sea básicamente público, ya que todos tienen derecho a disfrutar de su uso. Me resulta graciosa la gente que habla de libros que no ha leído. Primero, el autor es Segerfeldt, no Segerfeld. Segundo e importante, ¿cómo puede decir Lord Acton que el argumento de Segerfeldt es que el agua es un derecho y, por tanto, tiene que ser pública? Cito a Segerfeldt: Incluso si aceptamos que el agua es un derecho humano, este enfoque no implica que el agua deba ser ofrecida por el gobierno (...) De nuevo podemos emplear la analogía de la comida. La comida es necesaria para la vida, pero nadie seriamente cree que toda la comida deba ser propiedad del gobierno y distribuida por él (de hecho, porque la comida se ha considerado una mercancía, el mundo ha sido capaz de producir más y más hasta alimentar a más gente que en toda la historia) De la misma manera, no hay ningún argumento basado en los derechos que justifique la gestión pública del agua ¿Dónde dice Segerfeldt que porque el agua es un derecho, su dominio deba ser público? Incluso ahora podemos volver a una frasecita anterior de Lord Acton: Se vuelve a crear la falsa apariencia de que si las leyes del mercado no lo regulan todo entonces el individuo no es libre. Falso ¿Qué son las leyes del mercado? ¿Ponerle precio a los bienes escasos? Algunos no han abandonado todavía los paraísos de Hesíodo. Repito, el agua no es materialmente escasa, lo es económicamente. No hay suficientes conexiones y redes de tuberías para proveer a todo el mundo de agua. Y el problema principal NO está en el consumo de agua para sobrevivir, sino en sus usos agrícolas. Nos negamos a ponerle precio al agua, ¿resultado? Los campos en lugar de emprender sistemas de goteo se riegan por inundación, los acuíferos se sobreexplotan y se salinizan. Reducimos nuestras disponibilidades de agua. Las leyes del mercado simplemente establecen que el ser humano tiene derecho a apropiarse de aquellos bienes que no han sido usados por nada antes. Sin propiedad sobre el agua no hay incentivos para desarrollar toda la estructura logística. Es más, ese incentivo puede existir bajo un sistema de concesiones, pero nuevamente la cuestión es, ¿qué incentivos tiene la empresa concesionaria para hacer inversiones cuyo vencimiento vaya más allá del tiempo de la concesión? Imaginemos que dispongo de un acuífero que requiere de cuidados continuos. (Por ejemplo, contención de las filtraciones de agua salada). Toda la infraestructura destinada a protegerlo terminará depreciándose. Si se deprecia cada quince años y tenemos una licencia para 20, es obvio que la empresa no sustituirá todo el equipo una vez depreciado, sólo lo parcheará durante cinco años. De la misma manera, los incentivos para excavar y descubrir nuevos acuíferos son nulos en caso de que no me pueda apropiar de ellos. ¿Para qué querría hacerlo? ¿Para qué invertir? Después, Lord Acton se enrola en unas consideraciones realmente pintorescas: Mi libertad se encuentra limitada por la libertad de mi vecino. Si al hombre se le niega el acceso al agua con arreglo a unos principios metafísicos que inspiran el movimiento natural de las cosas, entonces de poco habrán servido la Ilustración y el progreso científico, los nuevos chamanes nos habrán devuelto a las tinieblas de la caverna. Simplemente me voy a remitir a citar parte de mi artículo sobre el agua: Si Crusoe afirmara tener un derecho al consumo de agua ello implicaría que tiene derecho a no realizar el fatigoso esfuerzo de trasladarse diariamente al río. Pero, como es obvio, todos podemos darnos cuenta de que, por mucho que reclame semejante derecho, el agua no acudirá a él por arte de magia. Si Crusoe se empecinara en exigirle al río que le trajera el agua, simplemente moriría deshidratado En otras palabras, si el vecino de Lord Acton excava un pozo y se apropia del acuífero, nuestro autor se cree legitimado a nacionalizarlo o, incluso, a que el Estado le otorgue a otra empresa su gestión. El problema con este modo de pensar es el que ya apuntó Bastiat. Si no se garantiza la propiedad privada, nos quedaremos sin propiedad y sin pozo. Y es que nadie excavará pozos sabiendo que se los expropiarán. Por tanto, la escasez de agua emerge crudamente. Los socialistas piensan que no hay agua; en realidad no hay pozos e incluso más propio sería decir que no hay incentivos para construir pozos. Los incentivos se los han zampado los socialistas con su asesina retórica. No deja de sorprenderme la última observación de Lord Acton: El agua es en España un problema grave que debe tratarse con seriedad. No estriba el problema en el modelo de gestión, pública o privada, sino en la burda manipulación de los sátrapas regionales y de políticos irresponsables que han utilizado el agua, aprovechándose de los sentimientos más primarios, como si se tratara de un bien patrimonial o privado que pertenece a la tribu. Precisamente los políticos han podido utilizar de esa forma toda el agua porque no es propiedad de nadie. Las causas de la escasez de agua en España son simplemente que la demanda supera a la oferta dado los bajos precios. La gente, los agricultores, quieren mantener cultivos ineficientes a costa de los bajos precios del agua y esos mismos bajos precios -unido a la falta de propiedad- impiden que la oferta de agua se incremente (por ejemplo extrayéndola de los ríos y acuíferos o desalinizando allí donde sea rentable). El problema, nuevamente, es que el agua no es de nadie pero todo el mundo quiere tener control sobre ella. Un razonamiento típicamente nazionalizador y socialista. ¿Por dónde paraban las juventudes hitlerianas? Pero ya la repanocha lo tenemos en su último ejemplo: Imagínense por un momento que el agua estuviese en manos de Polanco, ni el derecho al pataleo nos quedaría. Imagínense que todas las panaderías estuvieran en poder de Polanco. Cachis, tengo problemas en entender cómo un solo individuo va a apropiarse de todas las reservas de agua del mundo. ¿Alguien cree que una persona puede quedarse con toda la tierra, todos los ríos y todos los mares sin la concesión directa del Estado? Eso sí: Por ello, es el carácter público del agua el que debería prevalecer en la toma de decisiones y no supeditarlas a los acuerdos, alianzas y/o estrategias parlamentarias, pero para ello se requiere un cambio en la ley electoral y en el modelo de competencias del Estado que aísle a los partidarios de la segregación y la desmembración de la nación. Todos estos razonamientos son tan pésimos y (por tanto) socialistas que uno simplemente se asusta. ¿El carácter público del agua tiene que prevalecer sobre los que quieren "desmembrar la nación"? Qué manía tienen algunos de politizar el tema del agua. Al ojo con el razonamiento, para conseguir "agua para todos" hay que cambiar la ley electoral y "aislar" a los segregadores. ¿De dónde vienes? Manzanas traigo. Por desgracia si Carod Rovira tiene alguna competencia en impedir que el agua del Ebro llegue a Valencia se debe, en primer lugar, a que el agua es pública y, por tanto, gestión y dominio exclusivo de gente como ZP y Carod. Casualmente, el agua embotellada de Viladrau o Sacalm (ambas de manantiales catalanes) llegan y se distribuyen sin ningún tipo de problemas en Valencia. Es más, tenemos tanta como queremos. No hay escasez, no hay "deltas" en peligro. No hay demagogia de por medio. No hay propiedad pública. Con estos ejemplos Lord Acton demuestra que no ha entendido nada. No se trata de entregar a las empresas "el agua" en general, sino de que los individuos se conviertan en propietarios de los pozos, acuíferos, ríos y lagos. Tanta demagogia al principio para terminar de una manera tan deprimente. Y yo que me he quedado con las ganas de saber qué tiene que ver la privatización del agua con el anarcocapitalismo. 27 de Agosto de 2005Utilidad marginal, réplica a Diego Guerrero (II): La superfluidad
Continuamos analizando las críticas de Guerrero a la utilidad la marginal, en concreto, la segunda: superfluidad. Para Guerrero: A los que consideran que la concepción ordinalista de la utilidad supone cierto paso adelante sobre la concepción cardinalista habría que recordarles además que por esta vía de los avances incrementales se ha llegado tan lejos en las aportaciones realizadas desde dentro de la lógica de esta teoría como para hacer del concepto mismo de utilidad algo completamente superfluo. Esto es lo que ha sucedido en el cuerpo de la teoría neoclásica del valor al menos desde 1938, año en que Paul Samuelson creara la "teoría de la preferencia revelada", haciendo innecesaria la utilización de concepto de utilidad alguno (si bien es verdad que manteniendo básicamente los mismos supuestos de racionalidad y comportamiento de los consumidores que en las versiones anteriores) para derivar curvas decrecientes de demanda. Antes que nada hay que explicar qué entiende el profesor Samuelson por preferencia revelada. Si tenemos dos bienes, A y B, y observamos que el individuo escoge A antes que B, eso significa que "revela" su preferencia por A. La idea, a pesar de ser de Samuelson, es bastante buena. De hecho coincide en buena parte con el concepto rothbardiano de "preferencia demostrada". Sin embargo, entre ambos existe una diferencia fundamental que hace del análisis de Samuelson un juguete defectuoso y "sin utilidad" (salvo para gente como el profesor Guerrero que quieran utilizarlo en sus fines manipuladores en contra de la utilidad marginal). Samuelson asume una constancia de preferencias en las elecciones del consumidor, de manera que si prefiero A a B, seguiré prefiriendo A a B. Rothbard no va tan lejos, de ahí que su concepto de preferencia demostrada siga siendo válido. Para el economista austriaco, la única manera de conocer cuáles son las preferencias de los individuos es observando sus elecciones. Una vez hecha la elección entre A y B podremos decir, solamente, que el individuo prefirió A a B en ese justo momento. La diferencia es importante porque nos ayudará a ver parte de los errores de Guerrero. Primero, no se puede atribuir la preferencia revelada de Samuelson como una consecuencia lógica de un avance sin rumbo en la superación del cardinalismo. Que el cardinalismo sea falso, no implica que el ordinalismo también lo sea o que deba ser sustituido por cada nueva idea más reciente. Segundo, aun en el caso de la preferencia revelada, el concepto de la utilidad NO es superfluo en absoluta. Si yo elijo A a B es porque prefiero A a B, ¿y qué significa preferir? Que A me proporciona mayor utilidad que B. En caso contrario, si la utilidad no siguiera siendo un concepto fundamental para explicar los fenómenos económicos habría que fundamentar la elección otros supuestos o, simplemente, decir que se trata de elecciones aleatorias. Tercero, la preferencia revelada, como ya hemos visto, no sirve para establecer curvas de demanda; al menos curvas de demanda capaces de efectuar predicciones apodícticas sobre la elección futura. Dado que no hay constancia entre las utilidades, no podemos afirmar que lo que ocurrió seguirá ocurriendo. Puede tener su función para derivar curvas de demanda históricas, estudiando qué decidieron consumir los individuos, pero no como instrumento teórico. Cuarto, precisamente por ello la elección concreta nos resulta de poco interés en la teoría económica. La preferencia demostrada de Rothbard sólo es un elemento de observación y de determinación de la elección a posteriori. La teoría económica es a priori, trata de las implicaciones lógicas y abstractas del ser humano. La curva de demanda es siempre decreciente, no por preferencias reveladas concretas, sino por la utilidad marginal decreciente, esto es, tal como se incrementa el precio la cantidad demanda de bienes se reduce porque el coste de oportunidad en concepto de fines alternativos supera la consecución de los fines conseguidos a través de ese bien. Lo único que realmente necesitamos saber para todo ello es lo siguiente: a) el valor es la significación de un fin, b) la unidades iguales de un mismo medio permiten conseguir fines de una menor importancia (ordinalismo), c) por tanto, los medios adicionales, al estar afectos a fines menos importantes, tendrán un valor decreciente (utilidad marginal decreciente). En realidad, para un viaje así no hacían falta tales alforjas: si de lo que se trataba era de derivar una curva de demanda de mercado con pendiente negativa, sólo hubiera hecho falta aplicar el nuevo instrumental matemático y gráfico que se generalizó en la profesión económica desde finales del siglo pasado al razonamiento económico que se utilizaba con anterioridad como consecuencia de las enseñanzas de los clásicos y de Marx. Porque para los clásicos estaba fuera de duda que la demanda -aunque ellos no usaran esta terminología- tendría que ser una función negativa o decreciente del precio. ¿Es todo ello superfluo como asegura Guerrero? Difícilmente. Sin utilidad marginal la demanda de agua y alimento serían infinitas, no habría división del trabajo ni especialización. La utilidad marginal es el punto de partida de toda la ciencia económica; fue el punto de inflexión y cambio. Los economistas clásicos, aun con sus grandes aportaciones, estuvieron siempre obsesionados por resolver la paradoja del agua y los diamantes, lo cual distorsionó en buena medida todo su desarrollo teórico subsiguiente. Es más, la cuestión no es cuántas alforjas hacen falta para llegar a determinadas conclusiones, sino cuál es la verdad. La ciencia económica tiene que llegar a conclusiones certeras y realistas. Tiene que desentrañar cuáles son las consecuencias de la acción humana en general. Pero es curioso cómo Guerrero pretende demostrar la pendiente negativa de la demanda sin recurrir a la utilidad marginal decreciente: Y ello porque, estando el mercado de un determinado producto dispuesto a absorber la cantidad x al precio p como resultado de una práctica de conducta habitual y estable de sus consumidores -consumidores que, no debe olvidarse, no siempre son los individuos, sino que la mayor parte de las veces son empresas-, cualquier rebaja del precio desde p hasta p' produciría que, ceteris paribus, la renta liberada en el consumo de la misma cantidad x al nuevo precio p' habría de traducirse en un aumento en la cantidad demandada de la mercancía en cuestión, aunque sólo fuera porque parte de esa renta, o más exactamente de la fracción consumida de la misma, se destinaría a dicha mercancía (incluso si a escala social se hiciera en una proporción inferior a la precedente) Guerrero confunde los términos. Su descripción no explica por qué la demanda tiene pendiente negativa, sino el denominado efecto renta. En pocas palabras, el efecto renta viene a decir que toda rebaja del precio de un bien ocasionará una expansión de la demanda con cargo al nuevo poder adquisitivo. Esto es, si el precio baja de 100 a 50, me ahorro 50 euros que ahora puedo gastar y antes no. Sin embargo, el efecto renta presupone las curvas de demanda con pendiente negativa, no las explica. Es decir, si la demanda no tuviera pendiente negativa, ¡una reducción del precio supondría una reducción de la demanda! Conviene, antes de seguir, hacer una matización sobre los bienes Giffen. En economía neoclásica, la ley de la demanda según la cual un aumento del precio produce una reducción de la cantidad demandada, es generalmente malinterpretada. Según los neoclásicos, una reducción del precio produce dos efectos: efecto sustitución y efecto renta. El efecto renta ya lo hemos explicado, el efecto sustitución señala que, dado que el precio de ese bien ha disminuido, se ha abaratado también respecto a otros bienes, con lo cual tenderá a incrementarse la demanda de ese bien, disminuyendo la de otros. Agregando el efecto sustitución y el efecto renta, generalmente, tenemos un incremento de la demanda ante disminuciones del precio. Pero, a veces, el efecto renta puede ser negativo. Es el caso de los denominados bienes inferiores; si yo compro un bien por mi poca renta, la reducción del precio de ese bien me enriquece y ello podría provocar que migrara a otros bienes de mayor calidad. Por ejemplo, si el pollo tiene un precio de 1000, yo tengo una renta de 10000 y antes la consumía entera comprando diez pollos, si ahora el precio cae a 200, puede que decida comprar solamente cinco pollos y un faisán con un precio de 9000. Generalmente, el efecto renta es insuficiente para vencer el efecto sustitución, pero cuando esto sucede estamos ante los bienes Giffen, esto es, bienes cuya curva de demanda es positiva (cuanto menor es su precio, menos consumo). En realidad, esto supone una incomprensión de la ley de la demanda, por asentarla sobre la constancia de las valoraciones. Primero, como hemos dicho, es la existencia y dominio de los medios la que nos permite dirigirnos hacia los fines. Un medio adicional, permite conseguir el fin marginal. De la misma manera, el aumento de nuestra riqueza nos permite alcanzar fines que antes no podíamos. En este sentido, el efecto renta puede ser suficientemente grande como para habilitar nuevos fines que no son marginales, sino muy importantes. Imaginemos un señor cuyo sueño vital es viajar a la luna, sin embargo no tiene suficiente dinero para ello aunque renuncie a todos los placeres de la vida actual. Sin embargo, imaginemos que se produce un descenso en el precio de todas las mercancías, de manera que, al final, renunciando a casi todos sus bienes, puede viajar a la luna. Ello no iría en contra de la ley de la demanda; el hecho de que bajara el precio de todo y disminuyera su cantidad demanda sería perfectamente lógico. Segundo, en muchos casos una disminución del precio puede suponer una modificación de la visión subjetiva del producto. Imaginemos que un señor compra un bien "a causa de su elevado precio". La ley de la demanda y la utilidad marginal no dejan de aplicarse por el hecho de que, al caer el precio, el señor deje de comprar ese bien; y es que la causa que fundamentaba su adquisición ha desaparecido. Aunque físicamente es el mismo bien, en la apreciación subjetiva del individuo no (no sirve al fin, por ejemplo, de fardar ante sus amigos de poder adquisitivo). Tercero, la ley de la demanda, como todas las leyes económicas, relacionan hechos visibles con hechos no visibles, con hechos que no han ocurrido. Si hoy baja el precio y mañana disminuye la cantidad demandada, en ningún caso ello contradice la ley de la demanda. Las valoraciones pueden haber cambiado. En conclusión, si los bienes Giffen refutaran la ley de la demanda, como hemos dicho, su demanda debería aumentar conforme su precio sube, lo cual es simplemente absurdo. El empresario incrementaría su beneficio colocando precios astronómicos que todas las personas (o al menos aquellas para las que el bien fuera tipo "Giffen") estarían dispuestas a pagar. La existencia de bienes Giffen sería, pues, como un mágico conjuro que obligaría a ciertas personas a entregar todo su patrimonio a cambio del bien Giffen. Por tanto, estamos donde al principio. El efecto renta no prueba la ley de la demanda, sino que lo requiere. Ya hemos dicho que sin utilidad marginal decreciente, la demanda de los bienes con una elevada utilidad sería infinita. Cuanto más alto fuera el precio más estaríamos dispuestos a consumir, ello nos llevaría, probablemente, a que la cantidad adquirida para todos y cada uno de los bienes fuera 1. Y es que, ante cualquier precio, el consumidor SIEMPRE estaría dispuesto a pagar más (hasta el límite de su renta) para adquirir los bienes. Obviamente, ello sería así "sólo" desde el lado de la demanda, pero la ley de la utilidad marginal decreciente también opera en el caso de la oferta. Las cantidades sucesivas de bienes que tiene el empresario son valoradas cada vez menos (de todas formas, tengamos presente que la reducción de utilidad puede ser prácticamente nula, pero existe). Si no existiera la utilidad marginal decreciente en el caso de la oferta, el empresario nunca estaría dispuesto a vender sus mercancías, sino solamente a acumularlas, ya que cada mercancía adicional le proporcionaría mayor utilidad. Por tanto, la conclusión es que no habría transacción económica. Al final, negar la utilidad marginal decreciente es equivalente a negar la existencia de fines en la acción humana. Si existen fines estos tendrán que ordenarse de mayor a menor importancia para el sujeto, habida cuenta de la escasez de medios y tiempo. Por tanto, si negamos esa jerarquía estamos señalando que todos los fines son igualmente relevantes (esto es, igualmente irrevelantes) y que la acción humana no es teleológica, sino aleatoria, reactiva o dirigida. Tendríamos que pensar, por tanto, que Guerrero cuando pretende convencernos de que la utilidad marginal no existe lo hace "por casualidad"; podría estar escribiendo o cavando agujeros, no tiene preferencias. Es más, no le importaría haber abandonado su escritorio y autoflagelarse, ya que existe una indiferencia absoluta. Y es que, si existen fines, estos tendrá que clasificarse. Y si se clasifican, los medios adquirirán una importancia atendiendo a los fines (más o menos importantes) que permitan conseguir. Los adicionales medios se dirigirán, pues, a fines menos importantes (pues no tiene sentido pensar que los medios iniciales de los que dispondremos los dirigiremos a los fines que consideramos menos importantes). Todo esto no es superfluo y requiere alguna alforja más de las que Guerrero está dispuesto a reconocer. Pero claro, si la revolución marginalista hubiera ocurrido un poco antes, el marxismo ni hubiera nacido. Quizá por ello algunos están obsesionados con enterrarlo. Pero, siguiendo los consejos de Bujarin, primero deberían estar obsesionados en entederlo. Prefacio a la Edición Rusa de "Teoría Económica de la Clase Ociosa", por Nicolás Bujarin
Este libro se completó en otoño de 1914. Escribí la introducción en agosto y septiembre de ese año. He estado durante mucho tiempo ocupado en formular una crítica sistemática a la teoría económica de la nueva burguesía. Para conseguir este fin, me fui a Viena después de conseguir escapar con éxito de Siberia; allí asistí a las clases del profesor Böhm-Bawerk (1851-1914), de la Universidad de Viena. En la biblioteca de la Universidad de Viena, estudié con atención la bibliografía de los teóricos austriacos. No se me permitió, sin embargo, terminar mi trabajo en Viena, ya que el gobierno austriaco me encerró en una fortaleza justamente antes de que estallara la Guerra Mundial, con la excusa de retener mi manuscrito para un análisis cuidadoso. En Suiza, donde llegué después de que me deportaran de Austria, tuve la oportunidad de estudiar la Escuela de Lausanna (Walras), así como los economistas anteriores, a la biblioteca de la Universidad de Lausanna, y por lo tanto llegar hasta las raíces de la teoría de la utilidad marginal. En Lausanna, también efectué un estudio exhaustivo de los economistas anglo-americanos. Las actividades políticas me llevaron a Estocolmo, donde la Biblioteca Real y la biblioteca especial de economía del Instituto Comercial (Handelshögskolan) me proporcionaron la oportunidad de continuar con el estudio ulterior de la economía política burguesa. Después de que me arrestaran en Suecia y me deportaran a Noruega, llegué a la biblioteca del Instituto Nobel en Christiania; después llegué a los EEUU, donde tuve la oportunidad de estudiar, aun más profundamente, la bibliografía económica americana en la Biblioteca pública de Nueva York. Durante mucho tiempo, el manuscrito de este libro no puedo encontrarse en Christiania (ahora Olso), donde lo dejé, y ha sido gracias a los más decididos esfuerzos de mi amigo, el comunista noruego, Arvid C. Hansen, que me permitió encontrarlo y traerlo a la Rusia soviética en febrero de 1919. He añadido unas pocas notas y observaciones, en relación con la Escuela Anglo-Americana y las publicaciones más recientes. Esto hay que decir sobre la historia externa del libro. Sobre su sustancia, me gustaría hacer las siguientes observaciones: hasta el momento se han efectuado dos tipos de críticas al marxismo desde la más reciente economía política burguesa; o bien una crítica exclusivamente sociológica, o una crítica exclusivamente metodológica. Por ejemplo, se estableció que el sistema teórico en cuestión era el resultado de una psicológica de clase, proclive a ella; o se ha apuntado que ciertas bases metodológicas, determinados enfoques al problema no eran correctos, y se consideraban por tanto innecesario continuar con una crítica exhaustiva de las fases internas del sistema. Sin dudas, si empezamos del hecho de que sólo una teoría clasista del proletariado puede ser objetivamente correcta, la más simple revelación del carácter burgués de cualquier teoría es, hablando en términos precisos, suficiente para justificar su rechazo. En el fondo, ésta es una actitud correcta, ya que el marxismo fundamenta su validez general precisamente porque es la expresión teórica general de la clase más avanzada, cuyas "necesidades" de conocimiento son mucho más audaces que las de los conservadores y, por tanto, de la mentalidad de las mentes-estrechas propias de las clases gobernantes de la sociedad capitalista. Sin embargo, está claro que la validez de esta asunción debe probarse precisamente en la batalla entre las propias ideologías y, particularmente por una crítica lógica de nuestros oponentes. Una caracterización sociológica de una cierta teoría, por lo tanto, no elimina nuestra responsabilidad de mantener una guerra, incluso en el campo de una pura crítica lógica. Lo mismo es válido para la crítica del método. Para estar seguros, demostrar que el punto de partida de nuestras bases metodológicas es falta equivale a rechazar toda la estructura teórica erigida sobre esas bases. No obstante, la batalle entre ideologías requiere que la incorrección del método sea probada por las inferencias equivocadas del sistema, en cuya conexión podamos apuntar o bien las contradicciones internas del viejo sistema, o su inconclusión, y su incapacidad orgánica para abarcar y explicar un número importante de fenómenos desde nuestro punto de vista. Por lo tanto, el marxismo debe alumbrar una crítica exhaustiva a las últimas teorías, que debe incluir no sólo una crítica metodológica, sino también sociológica, así como una crítica al sistema completo tal y como ha sido desarrollado por sus posteriores ramificaciones. Fue por ello por lo que Marx dio con el problema representado por la economía política burguesa (en su Theorien ubre den Mehrwert, editado por Karl Kautsky, quinta edicición, 1923, 3 volúmenes). Si bien los marxistas han combatido por regla general las críticas sociológicas y metodológicas de la Escuela Austriaca, los oponentes burgueses de esta escuela nos han criticado principalmente por la falsedad de ciertas inferencias específicas. Solamente R. Stolzmann, en un trabajo casi exclusivo, ha intentado desarrollar una crítica completa a Böhm-Bawerk. Dado que ciertas ideas fundamentales de este autor coinciden con las marxistas, nuestra crítica a los austriacos se parece a la hecha por Stolzmann. He considerado mi deber apuntar semejanzas entre estas dos críticas incluso en los casos en que yo había llegado a las mismas conclusiones antes de leer el trabajo de Stolzmann. Sin embargo, a pesar de sus talentos, las bases del trabajo de Stolzmann se asientan en una concepción completamente equivocada de la sociedad como una "estructura finalista". No sin razón R. Liefmann, un seguidor muy importante de la Escuela Austriaca, cuya profundidad ha sido resaltada y cuyas peculiaridades son presentadas de manera más categórica, se defiende de Stolzmann atacando su teleología. Este punto de vista teleológico, junto con su enorme tono apologético, impide a Stolzmann construir un marco teórico adecuado para la crítica de la Escuela Austriaca. Sólo los marxistas pueden realizar esta tarea; por ello he escrito este libro. Nuestra elección de un adversario para nuestra ideología probablemente no requiere discusión, ya que es bien sabido que el enemigo más poderoso del marxismo es la Escuela Austriaca. Puede parece poco común que publicara el libro durante una guerra civil en Europa. Los marxistas, sin embargo, nunca han aceptado ninguna obligación de paralizar su trabajo teórico incluso durante las guerras de clases más violentas, en tanto les queden fuerzas físicas para continuar. Más seria es la objeción de que es estúpido refutar la teoría capitalista en un momento en que tanto los objetos como los sujetos de esa teoría están siendo destruidos por las llamas de la revolución comunista. Pero incluso esta objeción no se sostiene, ya que la crítica al sistema capitalista es de la mayor importancia para la adecuada comprensión de los acontecimientos de nuestro tiempo. Y, en tanto nuestra crítica de las teorías burguesas pueda allanar el camino para tal entendimiento, tal crítica tiene un valor teórico abstracto. Ahora unas breves palabras como forma de presentación. He desarrollado este trabajo con la mayor brevedad, razón por la cual probablemente mi exposición sea difícil. Por otro lado, he añadido citas desde los austriacos hasta los económicas matemáticos, los anglo-americanos... Existe un gran prejuicio en contra de este método en los círculos marxistas, que lo consideran simplemente como un símbolo de "rata de biblioteca". Sin embargo, lo considero necesario para presentar la evidencia de la bibliografía histórica del sujeto, que puede permitir al lector comprender mejor su modo de pensar. No es superfluo aprender cómo piensa el enemigo, y menos en nuestro país, donde es muy poco conocido. Mis notas en el apéndice también nos permiten realizar una crítica sistemática paralela de las otras ramificaciones de la filosofía teórica burguesa. En este punto, debo expresar mi gratitud con mi amigo Vuryi Leonidovich Pyatakov, con quien he discutido a menudo cuestiones de economía política teórica y que me ha proporcionado sugerencias muy válidas. Dédico el libro al Camarada N. L. Moscú, 28 de febrero de 1919 Nota: La lectura del presente texto debería ser complementada con este fabuloso artículo de Gabriel Calzada. 26 de Agosto de 2005Utilidad marginal, réplica a Diego Guerrero (I): La subjetividad
El economista marxista Diego Guerrero pretenden refutar la teoría de la utilidad marginal en su libro Competitividad: Teoría y Política (ver el epígrafe A.3. La teoría del valor basada en la utilidad marginal). Sin embargo, me temo que el intento resulta vano. En su opinión, la teoría del valor basada en la utilidad marginal acarrea cuatro problemas fundamentales: la subjetividad, la superfluidad, la inconsistencia lógica y el alcance limitado. Por su extensión dividiremos el asunto en varios posts, donde iremos tratando cada una de las cuatro críticas Subjetividad La primera apreciación que realiza Guerrero es la siguiente: El cambio más perceptible cuando se pasa del ámbito de las teorías basadas en el trabajo y la actividad laboral de la sociedad a las teorías que encuentran su fundamento en el principio de la utilidad o del placer experimentados en las actividades de consumo de la población consiste en pasar del campo de lo objetivo -ámbito natural de la ciencia- al de lo puramente subjetivo Lo cierto es que, realmente, la utilidad no se deriva del consumo, sino la consecución de los fines del actor. El consumo puede no ser la finalidad del actor y, por tanto, no es correcto su inicial afirmación. Pensemos en las personas austeras o en las que disfrutan de su actividad laboral. Si el sr. Guerrero fundamenta el valor en el placer proporcionado por el consumo, habrá que concluir que las "acciones" de estas personas no les son útiles en absoluto (pues no se dirigen a consumir, sino a alcanzar fines distintos del consumo) y la pregunta pertinente será, pues, ¿por qué actúan? Pero además, la siguiente afirmación acerca de pasar del ámbito objetivo al subjetivo también es falaz. Y es que el subjetivismo no elimina la objetividad de la ciencia, sino que la reafirma. La economía obtiene su objetividad reconocimiento la subjetividad del valor; y es que es un "hecho" objetivo que el valor es subjetivo. La economía no se pregunta por las "motivaciones" de ese valor, precisamente porque el ámbito de la formación de los fines en la mente humana corresponde a la psicología. Y es éste un punto que Guerrero parece no entender: Si nos movemos en el ámbito de los sentimientos psicológicos, o de las sensaciones experimentadas por sujetos individuales, parece que nos deslizáramos necesariamente fuera de la objetividad o intersubjetividad necesarias para el análisis científico. Por muy importante que sea el ámbito de lo subjetivo -y a él se refieren sentimientos tan decisivos en la vida humana como el amor, la amistad, el placer, el dolor, etc.-, no se puede, precisamente por su naturaleza subjetiva, y no-intersubjetiva, pretender alcanzar objetividad científica ni realizar medidas exactas que trasciendan el ámbito de las puras valoraciones individuales ¿Es que acaso esos sentimientos no son "hechos" tan objetivos como las "cantidad" de trabajo que pueda incorporar un bien? No sólo eso, la economía no pretende explicar el valor en sí mismo, sino las consecuencias de la acción humana dirigida por esos valores. El análisis científico de la economía no necesita más que estudiar estas implicaciones lógicas y necesarias del comportamiento humano. El problema es que el valor NO es mensurable; la voluntad de reducir el valor a un stándard supone una contradicción flagrante en tanto la utilidad de ese stándard adquiere un "valor". El valor no puede medirse a través del valor. No hay unidad de valor, en ningún caso. De hecho, como ya digo, para el desarrollo de la teoría económica, los datos "concretos" le resultan irrelevantes: "La praxeología estudia la acción humana como tal, de modo genérico y universal. No se ocupa de las circunstancias particulares de medio en que el hombre actúa ni del contenido concreto de las valoraciones que le impulsan a realizar determinados actos. Y en este caso podemos volver a afirmar que la naturaleza subjetiva del valor en todos los individuos es lo que, a su vez, nos permite configurarlo como una categoría del ser humano y, por tanto, de donde adquiere su carácter intersubjetivo. Partiendo del error de la necesidad de medición, Guerrero continúa: En consecuencia, cuando alguien pretende relacionar el valor de una mercancía con el placer que experimenta su consumidor al consumir la última unidad consumida de la misma (ésta es la definición más usual de la utilidad marginal), la primera pregunta que viene a la mente es: ?en qué unidades se mide ese placer? Por muchos intentos que haya habido en sentido contrario, es evidente que resulta completamente imposible encontrar una unidad de medida objetiva para algo que por definición es un sentimiento puramente subjetivo. Ni siquiera el propio sujeto que se supone experimenta este placer dispone de medio alguno para cuantificar de forma constante y no arbitraria su placer. Aquí hay una secuencia de saltos lógicos importantes. Primero, Guerrero demuestra no haber entendido nada cuando habla de valor "experimentado" "al consumir". El valor es lógicamente previo al acto de consumo, y es que nadie consume sin valorar la acción de consumo. El consumidor no está esperando a otorgar valor a un bien hasta que lo consume; esto es absurdo. El valor se otorga en función del valor "esperado", es siempre "ex ante"; no se experimenta nada, sino que se espera experimentar. Segundo, por ello mismo hablar del consumo de la "última unidad" es un sinsentido. Imaginemos un stock de cinco unidades; si la caricatura (no intencionada) que Guerrero efectúa de la utilidad marginal es que el valor se otorga conforme se consume, ¿cuál sería la unidad marginal? Cuando consuma una de ellas, el stock se reducirá en una unidad y, por tanto, el valor marginal aumentará. De manera que cada unidad tendría valor por sí misma y la paradoja del agua y los diamantes quedaría sin resolver. Pero me temo que ningún defensor serio de la utilidad marginal propuso tal dislate. Como hemos dicho, el valor se otorga en función de los fines. Si ello es así, un mayor número de unidades permite satisfacer un mayor número de fines que, necesariamente, ocuparán una posición jerárquica, de mayor a menor importancia. Una nueva unidad permite acceder a un nuevo fin, menos importante que el anterior y, en tanto las unidades son intercambiables (sino estaríamos hablando de bienes económicos distintos; nuevamente contemplamos la importancia de la subjetividad), cada una de las unidades tendrá para el individuo una utilidad igual al fin marginal para cuya consecución son necesarias. Cuando se consume una unidad, no sólo desaparece la unidad, sino también el fin para el cual servía. Si satisfacemos primero el fin menos importante, las cuatro unidades restantes incrementarán su valor, ya que el fin marginal tendrá ahora un mayor valor que antes; pero si acariciamos primero el fin más importante, el valor de las unidades no variará, ya que el fin marginal seguirá siendo el mismo. Tercero, Guerrero vuelve a introducir, torpemente, la necesidad de medición. Vamos a dar un paso más y a recordar el carácter "ordinal" de las comparaciones de utilidad. Al actor valora "más o menos" un fin que otro; un medio le resulta "más o menos" útil, pero de aquí no se sigue ni la posibilidad ni la necesidad de medición. A es mayor que B, pero no cinco o dos veces mayor; simplemente es más importante porque me satisface más. Cuarto, precisamente por ello, el sujeto no necesita cuantificar su placer. Lo único que requiere es ser capaz de discriminar cuáles son los fines prioritarios para modular su acción en consecuencia. No necesita ni constancia ni un patrón de medición. Basta con que su acción sea, en todo momento, la mejor, la más adecuada. Guerrero cree posible vencer estas dos últimas objeciones a través del siguiente argumento: Pero antes de continuar en la crítica hay que hacer frente a una posible objeción contra la misma. Frente a quien pudiera pensar que este tipo de crítica a la utilidad marginal podría evitarse acudiendo a una concepción ordinalista, en vez de cardinalista, de la utilidad, habría que alegar que, si bien es verdad que en el caso de las teorías ordinalistas nadie pretende cuantificar expresamente las cantidades absolutas de placer que experimenta el consumidor, lo cierto es que sí se supone posible y necesaria una cuantificación implícita de la misma, por lo que la crítica fundamental realizada en el párrafo anterior también es extensiva a esta versión de la teoría. Ninguna cuantificación es necesaria, si por cuantificar se entiende medir y por medir utilizar un patrón constante. Lo único que requiere el actor, como ya hemos dicho, es saber si aquel fin le proporcionará mayor satisfacción que aquel otro. Para ello no es necesario una medición, basta una comparación interna de satisfacciones esperadas. Aunque no pueda cuantificarlo, sé que me gusta más la carne que el pescado. ¿Cuánto más? Lo ignoro, pero ello no imposibilita mi conocimiento acerca de mis preferencias. El significado de ordinal es simple y sencillo: el primero antecede al segundo, ¿en función de que razón matemática? Ninguna, simplemente va antes. A continuación Guerrero da un nuevo salto de trampolín: En efecto: con independencia de otra línea de crítica ligada a la parcialidad del fundamento que se reivindica en estas teorías -ya que la utilidad sólo interviene para determinar la forma de la función de demanda del mercado, que luego debe completarse con la correspondiente función de oferta para determinar el valor de equilibrio de dicho mercado-, lo primero que hay que tener en cuenta es que la demanda total o agregada de mercado es la suma de las demandas individuales, y que, con independencia de los problemas ligados a la agregación de estas últimas, lo decisivo es que las demandas individuales resultan en rigor imposibles de obtener. Aquí hay dos críticas, una de pasada y otra que empieza a integrar el argumento de guerrero. Primero, Guerrero afirma que la utilidad sólo determina la "forma" de la función de demanda con el objetivo de determinar el "valor" de equilibrio. Cuidado con los conceptos; el precio no es valor, ni siquiera una medición del mismo. El precio es una "relación" de intercambio según la cual ambas partes subjetivamente creen estar recibiendo más de lo que están dando. Por tanto, difícilmente puede ser el valor de ninguna de ellas, pues no se intercambian iguales, sino desigualdades. Yo doy cinco euros por un libro porque considero que el valor del libro es superior al de los cinco euros. No doy cinco euros porque considere que el valor del libro son "cinco euros"; en ese caso, ¿para qué efectuar el intercambio? Aparte, hay una contradicción de fondo en decir que la utilidad determina la forma de la demanda. La única utilidad del actor es la marginal, ya lo hemos dejado arriba claro. Si ello es así, la utilidad dependerá de las unidades que pueda adquirir y éstas, a su vez, dependen del precio que, a su vez, depende de la demanda cuya forma teóricamente determina esa utilidad. Caemos en un razonamiento circular. La demanda no tiene una forma preestablecida; la demanda es una consecuencia de la utilidad y del coste de oportunidad. Para el actor individual no hay más: confronta el valor de los fines futuros satisfechos con el coste de satisfacerlos (es decir, con los otros fines a los que tendrá que renunciar). Para ello se emprende un proceso de negociación con la otra parte quien, a su vez, efectúa el mismo análisis. Atendiendo a los distintos estadios de la negociación, la demanda será mayor o menos atendiendo a la contraprestación exigida. En las sociedades modernas, esa contraprestación monetaria se mantiene estable por un tiempo, de manera que los consumidores calculan cuáles serán los fines a los que renunciarán a cambio de pagar el precio estipulado. Si éste es desbocado (esto es, el valor de los fines a los que se renuncia es mayor al de los que se espera conseguir con ese medio), la demanda caerá (se adquirirán unidades mientras el valor del fin adicional conseguido a través de una nueva unidad sea mayor que el valor del fin marginal al que se renuncia) y los precios se modificarán. Segundo, como hemos visto, no existe algo así como "demanda agregada" de mercado; eso son simplificaciones neoclásicas tan erróneas como nocivas. Las demandas no se agregan cruzándose con la oferta. El proceso de mercado es mucho más complejo. Requiere un proceso de negociación entre las partes que puede darse a través de la argumentación o de la propuesta de un precio. En todo caso, el empresario no podrá mantenerse por mucho tiempo en el mercado si no consigue producir aquello que realmente valoran los consumidores. Y es que el empresario tendrá que pagar a los factores productivos la productividad marginal descontada de la venta de ese bien. Si el bien no llega a venderse (por ser su precio demasiado elevado), sus costes superarán a sus ingresos y cerrará. Los empresarios que puedan pagar mayores rentas (por esperar percibir un mayor precio) y ACIERTEN, serán los que triunfarán en el mercado. Ésa es la competencia típica del proceso de mercado. Por último, Guerrero sostiene que su simplificación anterior sobre la utilidad marginal no se sostiene (algo que ya hemos visto sin necesidad de recurrir a sus argumentos). Sin embargo, a efectos dialécticos, vamos a considerar las subsiguientes objeciones como afrentas a una teoría de la utilidad marginal "correctamente" entendida. ¿Por qué no puede basarse la demanda del bien en la utilidad esperada de los medios adquiridos? cada persona (sea consumidor efectivo o no) debería conocer en cada momento una de estas dos cosas: 1) o bien el quantum de placer absoluto (medido en alguna unidad constante por lo que se refiere a sí mismo) que le proporcionaría cada una de las unidades sucesivas potencialmente consumibles, y por tanto la totalidad de las mismas, del bien en cuestión Como hemos dicho, ningún individuo necesita conocer el valor cardinal de sus fines, ni mucho menos de todos de ellos de manera agregada. La utilidad marginal simplemente establece que el valor de los medios irá reduciéndose conforme se persigan fines menos valorados hasta que llegará un punto en el que, adquirir una unidad adicional de ese medio, supondrá renunciar a otros fines que jerárquicamente se valoran más (de nuevo, cuánto más es una cuestión irrelevante para poder guiar la acción humana y, en concreto, para poder demandar). 2) o bien, si se renuncia a la perspectiva cardinalista, a cuanto equivale, o equivaldría, en términos de placer, el consumo de cada unidad del bien x en relación con el consumo de otras o las mismas cantidades de cualquier otro bien y (dando por descontado que este y se extiende de hecho a la totalidad de los demás bienes existentes). Me temo que Guerrero no abandona en absoluto la perspectiva cardinalista, al seguir buscando "equivalencias" de valor. Repetimos: sólo es necesario conocer la jerarquía de nuestros fines, algo que el actor conoce en cada instante perfectamente (lo cual no significa que permenezcan constantes), no su relación con otros fines. La relación entre un kilo de carne y 500 gramos es de 2 a 1. Esto nos resulta irrelevante para determinar si un fin es más apetecido que otro. Y, también conviene recordar, que Guerrero reduce inconvenientemente el ámbito del valor al "consumo". Lo que realmente necesita saber el actor es si el fin A que habilita el medio x es más importante que el fin B que habilita el medio y. Nada de relaciones entre hipotéticos consumos. Obviamente, atacando un muñeco de paja, Guerrero afirma que: Esto no se sostiene y no sólo por razones de falta de realismo: dado que los gustos y sentimientos de los consumidores varían constantemente, la sola existencia de precios estables de las mercancías sería una prueba en contra de la racionalidad de una teoría así, porque para obtener este resultado se tendría que dar la coincidencia de que a cada cambio en la función individual de utilidad de un sujeto habría de corresponder un cambio igual pero de signo opuesto en la función de algún otro sujeto para que, al unirse ambas en la función de demanda de mercado, esta última curva cruzase, ceteris paribus, a la función agregada de oferta precisamente en el mismo exacto lugar en que lo hacía anteriormente Primero, la hipótesis de que los gustos de los consumidores "varían constantemente" es demasiado arriesgada y, sobre todo, innecesaria. Pretender falsar la hipótesis de "gustos cambiantes" a través de la siguiente hipótesis "precios estables" es del todo lamentable. Uno esperaría un razonamiento teórico más aplicado, pues ¿en qué momento hemos abandonado la teoría para ponerse a hablar de la realidad que uno cree observar? En realidad, la estabilidad de precios es una superchería tremenda, pero ésta es otra discusión. Segundo, las variaciones individuales de la utilidad no dan lugar, como parece sugerir Guerrero, a variaciones del precio, precisamente porque entonces los pequeños cambios (compro una unidad más) darían lugar a grandes alteraciones (subo el precio, con lo cual la utilidad marginal de los restantes miles de consumidores queda por debajo). No es necesario que a cada cambio inidivudial le corresponda otro cambio individual en sentido opuesto para que los precios se mantengan constantes. Como hemos explicado, el proceso de mercado opera de otra forma; pagan a los factores sus productividades marginales descontadas sobre las ventas de los productos a un precio anticipado y, si el empresario acierta en su cálculo y en su anticipación, obtendrá un interés por la inversión en factores productivos. En caso contrario cosechará pérdidas que lo alejarán del mercado. De hecho, incluso los monumentales cambios de utilidad pueden NO dar lugar a una modificación de los precios; sin embargo, la consecuencia de esta mala gestión empresarial será su quiebra. Es decir, la utilidad marginal determina los precios, pero no a través de un mecanismo computerizado y funcionalista, sino del appreisement empresarial. Hasta aquí la primera objeción de Guerrero a la utilidad marginal, esto es, el problema de la subjetividad del valor. Como hemos visto, todas las objeciones eran más bien endebles y no han supuesto problemas considerables salvo para una caduca ideología neoclásica. La utilidad marginal correctamente entendida, tal como fue propuesta por sus impulsores, sigue siendo tan correcta como entonces. Próximamente destriparemos las restantes objeciones. 25 de Agosto de 2005Urrutia y el deficit de una teoría
En uno de los capítulos de "Economía en Porciones" de la ciberreferencia Juan Urrutia, se analiza la "obsesión" del antiguo presidente del gobierno, José María Aznar, por "prohibir" el déficit público. Dado que el texto pretende pasar como una interpretación libera de la Ley de Estabilidad Presupuestaria, conviene examinarlo y sacar las conclusiones pertinentes. Antes de empezar he de señalar que la Ley de Estabilidad Presupuestaria, que prohíbe el recurso al déficit, es una buena idea pero, a todas luces, insuficiente. Por un lado porque, como ya hemos visto, es una ley susceptible de cambio parlamentario que, por tanto, en nuestras democracias parlamentarias, sólo limita al gobierno en tanto él esté dispuesto a limitarse. En este sentido, la ley era innecesaria, bastaba la buena voluntad política. Por otro, incluso Llamazares podría cumplir semejante ley. Hay que recordar que para incrementar el gasto público no es necesario recurrir al déficit, basta con incrementar los impuestos. Por tanto, la ley de Estabilidad Presupuestario no es una garantía de control estatal; en definitiva, apela a un pueblo que, en caso de incurrir en enormes déficits permanecería silencioso, pero que se levantaría en contra del gobierno si esos déficits se compensarán con incrementos de impuestos. Dicho esto, he de decir que los argumentos de Urrutia están del todo mal orientados. Para explicar por qué no es recomendable "prohibir" el déficit público, recurre a una interesante analogía que, sin embargo, deja más flancos descubiertos que en un principio. Tras constatar que la inflación es mala y que el déficit también lo es (si bien por motivos incorrectos, como luego veremos), concluye: El paralelismo se rompe sin embargo en cuanto pensamos en la diferencia entre eliminar y prohibir. También pudo haberse prohibido la inflación; pero se optó por tratar de eliminarla: ¿porqué?, ¿cómo?. Porque prohibirla habría exigido unos controles de precios que ya se han mostrado por doquier como imposibles y nocivos. Pero tratar de eliminarla mediante una política monetaria restrictiva impuesta por el gobierno es también inútil precisamente por un problema de inconsistencia temporal o falta de credibilidad del gobierno. Es interesante esta inicial contradicción. Asumamos como hace Urrutia que inflación equivale a incremento de precios. Primero asegura que "también pudo haberse prohibido la inflación", entendiendo inflación como incremento de precios, pero luego asegura que los controles de precios son "imposibles". Entonces, ¿cómo puede poderse lo imPOSIBLE? Por tanto, quizá la diferencia entre por qué prohibir el déficit y no prohibir la inflación se haya en que lo primero es factible (aunque Urrutia, como ahora veremos, sostenga lo contrario) y lo segundo no. Sin embargo, abandonemos la hipótesis neoclásica de que inflación equivale a incremento de precios. Los "felices años 20" fue una época tremendamente inflacionaria y los precios no aumentaron. La razón es que, aunque la calidad del dinero, y por tanto su valor, empeoraban a un ritmo muy elevado, la utilidad marginal de una producción creciente hacía disminuir aun más su valor, de manera que el precio, como cruce de valoraciones, permanecía más o menos constante. O al revés, los precios pueden aumentar sin que se produzca ningún tipo de inflación. Si la producción de un país disminuye o sus productos son, de golpe, mucho más valorados, la gente estará dispuesta a entregar una mayor cantidad de dinero por las mismas unidades de un producto, sin que necesariamente la calidad del dinero haya disminuido. Juan Urrutia confunde inflación con las consecuencias habituales de la inflación. Sin duda, es imposible evitar la inflación una vez el agente encargado de emitir el dinero ya ha realizado las pertinentes acciones que le hacen perder credibilidad. Así, si el gobierno reduce el respaldo, incrementa la deuda, o defrauda a los acreedores, la confianza de la gente en el dinero será menor de lo que en otro caso hubiera sido y, por tanto, se producirá inflación. Sería inútil pretender controlarla, pues ello implicaría querer dominar las mentes y las apreciaciones subjetivas de las personas. Ahora bien, el argumento de la inconsistencia temporal no es sólido. Es cierto que un Banco Central nunca podrá evitar la inflación pues, en tanto monopolio, tendrá incentivos para incrementar el precio de sus servicios (el "impuesto inflacionario" del que habla Urrutia) o a disminuir su calidad (dando paso a una genuina inflación). No obstante, el problema de la inconsistencia temporal puede solucionarse sin demasiadas dificultades rompiendo el monopolio monetario, esto es, permitiendo la competencia entre las distintas divisas (y no, como propone Juan Urrutia, a través de la creación de un Banco Central independiente que sigue actuando como prestamista de última instancia ante las expansiones crediticias sin respaldo de la banca comercial). De esta manera, la gente sería consciente de que los emisores privados no tienen incentivos para defraudar a sus clientes pues, en ese caso, acudirían a la competencia. Es cierto que, aun así, el fraude sería posible, pero éste ya no estaría institucionalizado. De hecho, el consumidor libremente se dirigiría a aquellas monedas que le proporcionan una mayor "confianza" en su calidad; y este confianza es todo lo contrario a la inconsistencia temporal. La conclusión es que, obviamente, la inflación no puede prohibirse en tanto las apreciaciones subjetivas de la gente son libres. En ocasiones la confianza puede perderse por unas simples declaraciones desafortunadas. Ahora bien, sí es perfectamente posible prohibir numerosas prácticas que llevan a esa pérdida de confianza (como puede ser el fraude o el robo). Acto seguido, el economista se pregunta: ¿Por qué se opta por prohibir el déficit público en lugar de eliminarlo?. De hecho se podría eliminar el déficit de una forma análoga a la eliminación de la inflación por parte de un Banco Central Independiente. En efecto una especie de Agencia Central del Gasto, configurada como independiente, podría siempre eliminar gastos a su leal saber y entender si la recaudación prevista los hiciera generadores de déficit. ¿Por qué no se hace así y se opta por prohibirlo? Como ya digo, ni el Banco Central puede eliminar la inflación (pues niega el mismo concepto de confianza monetaria basado en la posibilidad de elección y discriminación entre monedas), ni una Agencia Central dependiente del Estado -que se asienta sobre el gasto del Estado- podría eliminar el déficit público. Tanto la Agencia como el déficit son aprobados y controlados por el Parlamento. Si el Parlamento desea incurrir en déficit lo tiene tan fácil como modificar los Estatutos de la Agencia o cerrarla. Urrutia parece coincidir, en última instancia, con este análisis al decir que su incapacidad descansaría en que La mayoría del gasto público lo es como resultado de alguna ley y por lo tanto su reducción exigiría una nueva ley o una modificación de la existente, cosas que una eventual agencia no podría ni siquiera proponer por muy independiente que fuera. De ahí que la eliminación del déficit tenga que hacerse mediante su prohibición por una ley que faculte al gobierno a tomar iniciativas legislativas que rebajen o eliminen la obligación de gastar impuesta por otra ley Si bien me resulta extraño imaginar un gobierno austero, respaldado por un Parlamento pródigo; el problema en ambos casos es que todas las agencias, burocracias y brazos ejecutivos SON Estado, y, por tanto, se controlarán a sí mismos mientras lo decidan. Los checks and balances internos son del todo ineficaces y terminan por solaparse unos con otros (aun cuando en muchos casos sean preferibles a una directa concentración de poder en un mismo órgano). ¿Es posible prohibir el déficit público? Tanto como eliminarlo. Creer que es posible eliminar el déficit en un período pero no prohibirlo en ese mismo período es ingenuo. Creer que es posible eliminar el déficit de manera sostenida y no prohibirlo de manera sostenida, es absurdo (tanto como la postura opuesta, esto es, creer que no es posible eliminar el déficit sin prohibirlo). Como ya digo la Ley de Estabilidad Presupuestaria es una buena declaración de intenciones; pero en tanto ley que regula al órgano emisor, papel mojado. Luego Urrutia pasa a preguntarse, no ya si es posible prohibirlo, sino si será posible y deseable eliminar el déficit. Sobre la posibilidad no voy a hacer un gran comentario: ya ha sido posible y, en tanto se trata de una decisión humana, lo contrario es perfectamente concebible y, por tanto, posible. Interesa más, sin embargo, examinar los argumentos de Urrutia acerca de la "conveniencia" de su eliminación: Aisladamente la contestación es afirmativo pues el gasto público está sobredimensionado y desincentiva a la iniciativa privada. No es mal comienzo, pero más que desincentivar la iniciativa privada hay que señalar que la destruye. Primero, el déficit es posible porque el gobierno obtiene de forma sibilina unos recursos que, de otra forma, hubieran ido a parar al sector privado. En ese sentido, cuando el gobierno gasta esos recursos no podrán ser invertidos por los empresarios. Por tanto, no se trata de que el empresario pierda los incentivos cuando contempla una corriente futura de impuestos muy elevada (que también), sino principalmente que los recursos con los que la iniciativa privada se hubiera llevado a cabo, están en manos del gobierno. Segundo, porque el pago de intereses por parte del gobierno a los suscriptores de deuda pública que posibilitan el déficit, se hace de forma pervertida. Un empresario privado devuelve el principal y los intereses a través de su inversión e incremento productivo. El Estado, en cambio, emplea esos recursos en gastos corrientes o en bienes de equipo sin rentabilidad en flujos monetarios (por ejemplo edificios para escuelas públicas), de manera que, en realidad, su déficit no se corresponde con una inversión al estilo privado, sino con un retraso del gasto. De esta manera, el principal y los intereses no se devuelven utilizando la propia rentabilidad de la inversión, sino expoliando a otros empresarios productivos de la economía vía impuestos. Por último, no deja de ser conveniente mencionar que un Estado muy endeudado es un Estado con una mayor apariencia de insolvente, lo cual, como hemos visto más arriba, provoca la pérdida de confianza en su moneda (una economía muy endeudada supone una producción futura castigada por los impuestos, de manera que tenderá a disminuir o crecer menos de lo que lo hubiera hecho; esto implica un incremento de los precios que, sin ser propiamente inflación, si disminuye la demanda y confianza presente en esa divisa, lo cual sí es inflación). Con todo, hasta aquí Urrutia se muestra favorable a eliminar el déficit. Sin embargo, como buen neoclásico, comienzan los peros a las medidas liberales: pero cuando la cuestión se plantea en una economía en la que ya hay una política monetaria antiinflacionista independiente, la respuesta es mucho más compleja y matizada.. Fíjense; por política antiinflacionista Urrutia se refiere, no a recuperar la credibilidad perdida en la moneda, sino utilizar los rudimentarios instrumentos de la teoría cuantitativa para pretender doblegar las apreciaciones de los individuos. En concreto, disminuir la oferta monetaria para que así su valor aumente. Sólo hay dos problemas. El primero, ¿qué confianza puede tener el público en que el defraudador se vuelva honrado a través de los mecanismos por los que antes ha defraudado? El segundo, ¿por qué Urrutia, si pretende combatir la inflación, considera al déficit (que como hemos dicho hace perder credibilidad a la moneda) como un problema? Él mismo contesta: Y esto porque un país así estará completamente inerme ante shocks asimétricos. Para verlo supongamos que o todos los países están en equilibrio sin inflación, con déficit públicos eliminados y con una balanza de pagos que solo refleja el equilibrio de exportación e importación para el tipo de cambio de equilibrio, tipo de cambio que, claro está, refleja la productividad relativa entre el extranjero y nuestro país. En esta situación supongamos un shock tecnológico en el extranjero que aumenta su productividad. El tipo de cambio se modifica, nuestra moneda se deprecia, las importaciones se hacen más caras y aumenta la inflación Primero, los tipos de cambio no reflejan productividades relativas. De hecho la productividad de cualquier actividad suele calcularse en unidades monetarias; por tanto, el valor del dinero es anterior a cualquier consideración sobre la productividad. En caso contrario entramos en un razonamiento circular. Si la productividad de un país determina el valor de la moneda, entonces esa moneda carece por completo de valor propio y la productividad no podría ser objeto de cálculo. Además, la moneda tiene muchas otras finalidades. Nadie puede creerse que el tipo de cambio entre el marco suizo y el akán ghanés refleja la productividad relativa entre ambos países. De la misma manera, si un empresario privado emite moneda respaldada por oro, sería absurdo pensar que el tipo de cambio entre la moneda privada y otra moneda nacional viene determinada por la productividad relativa del emisor (¿productividad en qué?). Otra cosa es que la productividad influya en la evolución del tipo de cambio. Dado que la moneda cuyo país ha sufrido el shock tecnológico puede ahora adquirir una mayor cantidad de bienes y servicios, sus tenedores estarán dispuestos a ofrecer una menor cantidad por divisas extranjeras (que pueden adquirir, en los países donde son de curso legal, una menor cantidad de bienes). Aparte, los especuladores pueden prever incrementos futuros de la productividad, de manera que les interese conservar divisas a modo de inversión. Ahora bien, este proceso NO es inflacionario como afirma Urrutia. Primero, dice Urrutia que El tipo de cambio se modifica, nuestra moneda se deprecia, las importaciones se hacen más caras y aumenta la inflación; el problema es que el tipo de cambio se modifica en tanto ha habido un shock tecnológico que ha reducido los precios. Por tanto, aunque los europeos, por ejemplo, puedan comprar menos dólares que antes, con esa menor cantidad de dólares pueden adquirir más productos. En otras palabras, las importaciones no se encarecen (es posible que algunos bienes caigan de precio y en otros no; en éste último caso podría pensarse que el mayor tipo de cambio los encarece, sin embargo mediante un arbitraje interno, estos problemas desaparecen). Segundo, si EEUU ve incrementada su productividad su poder de compra aumentará, de manera que adquirirán mayor cantidad de bienes y servicios europeos |